La mañana en el comedor comenzó en aparente normalidad. May llegó temprano y acomodó los vasos y las sillas para el desayuno. Pato entró junto con Doña María y ambos la saludaron como de costumbre. Ni siquiera el cruce de miradas de los dos ofreció el tiempo para que algo del fin de semana quisiera rebelarse y gritar que nada era igual. Terminaron con las tareas casi sin cruzarse, ella cuidaba sus acciones, no quería que descubriera que deseaba correr a besarlo y abrazarlo, que se moría por decirle lo atractivo que estaba con aquella remera clara, menos aún que se había dado cuenta de que había emprolijado su barba. Por la tarde el pequeño Kevin llegó con su guitarra, el profesor había prometido llegar a las cinco de la tarde y media hora antes el niño manifestaba su ansiedad caminando

