May aún se preguntaba porqué había aceptado. Habían sido unos escasos segundos de duda, pero suficientes como para que él no diera lugar a otra respuesta. La había ayudado a ordenar lo que faltaba y a cerrar el comedor con especial cuidado pero en silencio. Y asì continuaban. Habían caminado casi ocho cuadras, uno junto al otro, mirando a cualquier lugar menos a ellos mismos, con especial atención en no rozarse.
¿Qué estaba haciendo?, pensó May. Normalmente utilizaba su caminata de la tarde para escuchar música y no pensar. Esos minutos que le llevaba el trayecto desde el comedor hasta su casa eran prácticamente los únicos en los que se relajaba y ahora se habían convertido en los más tensionantes de su día. Ni siquiera perseguir a Jonathan y Emilio había liberado la adrenalina que corría por su cuerpo en ese momento.
¿Qué era lo que esperaba de ella? Apenas se habìan conocido unas horas antes, ¿Por qué la acompañaba a su a casa? A lo mejor quería que le perdonara la probation. No era la primera vez que alguien insinuaba algún tipo de intercambio, en su mayoría económico para que firmara los papeles y lo liberara de aquel menester. Al fin y al cabo ni siquiera sabía porqué debía cumplir con aquella condena.
No parecía un hombre de dinero, pero tampoco lo conocía en realidad.
Recordó esa sonrisa de lado y sus dedos largos alrededor de sus brazos y una nueva idea surgió en su mente. Si pensaba que iba a acostarse con él para salirse con la suya estaba muy equivocado.
-¿Se puede saber qué es lo que te enoja tanto?- le dijo él finalmente rompiendo el silencio.
La había visto de reojo y sus expresiones habían sido de lo más elocuentes. Le había parecido verla feliz, preocupada, sorprendida y ahora enojada.
May lo observó incrédula. Al final iba a creer que este hombre podía leer su mente.
-¿Quién te dijo que estoy enojada?- le respondió finalmente fingiéndose ofendida.
-Tu cara.- le respondió él mientras una sonrisa genuina volvía a sorprenderlo por segunda vez en un mismo día.
May lo imitó. Al fin y al cabo nadie podía leer la mente de nadie y todos sus supuestos parecieron perder peso con tan solo volver a mirar sus ojos.
-Estaba pensando, a veces me cuelgo cuando lo hago.- le respondió con sinceridad.
-Suele pasarme también.- respondió él apretando los labios como si estuviera debatiéndose entre entablar una conversación o continuar en silencio.
Normalmente hubiera escuchado su música a un volumen demasiado alto y hubiera caminado sin rumbo durante unas horas, pero debía admitir que incluso en silencio, la compañía de May era mucho más agradable.
-No pensé que mi cara reflejaba lo que pensaba, ahora voy a prestar más atención. - le dijo ella divertida.
-Entonces sí estabas enojada.- respondió él y frente a la elocuencia de sus ojos no tuvo más remedio que volver a sonreír.
-Espero que no hayas estado pensando en mi.- agregó y esos ojos verdes volvieron a delatarla en contra de su voluntad.
¿Qué le pasaba? Había sido una excelente abogada justamente por saber manejar sus expresiones y palabras, era buena fingiendo indiferencia y ahora se delataba a sí misma en frente de un desconocido, porque a decir verdad, aún era un desconocido.
-¿Estabas pensando en mí? ¿Que hice para enojarte tanto?- le preguntó entre halagado y preocupado.
May emitió una carcajada y su risa fue incluso más hermosa que sus sonrisas.
-Apenas te conozco, ¿cómo voy a estar enojada con vos? - Le respondió camuflando sus nervios con aquella risa.
-¿Pero sí pensabas en mí?- respondió Pato optando por la primera de sus emociones. Ella había aceptado caminar juntos y ahora estaba pensando en él, no debía importarle, pero le gustaba demasiado.
May alzó su mano y le dio un ligero empujón a modo de broma.
-¡Qué engreído señor Patricio! No estaba pensando en usted.- le dijo sin perder la sonrisa.
Pato volvió a sonreír pero eligió callar. Era demasiado peligroso entrar en aquel juego. No estaba allí para coquetear, ni siquiera debería estar allí. Por más que le gustara caminar a su lado, había sido demasiado tonto al sugerirlo.
Su mente comenzó a navegar a gran velocidad, ¿Y si creía que eso se repetiría cada día? ¿Y si se repetía cada día? Haber compartido un día con ella había cargado su mente de pensamientos que creía sepultados, ¿cómo iba a hacer para callarlos durante varios meses?
Sin embargo, ella había aceptado. Había dudado unos segundos, pero finalmente le había dicho que sí. ¿Lo habría hecho por lástima? Odiaba ese sentimiento. ¿Acaso habría leído el expediente?
La sombra oscura de un pasado demasiado cruel volvió a cargar sus ojos. Todo intento de sonrisa se vio obnubilado por el recuerdo. A lo mejor quería sacarle información, no era la primera vez que desconocidos intentaban sacarle detalles morbosos de aquella noche.
La miró de reojo, ella aún sonreía, sus mejillas estaban rozagantes y sus ojos brillaban en un intento de acompañar sus labios, pero aún así parecía triste. No sabía por qué pero intuía que algún secreto guardaban. Entonces no quiso que su oscuridad la alcanzara. No quería pensar mal de ella, tampoco podía dejarla acercarse demasiado, debía poner distancia lo más rápido posible.
-Bueno, acá me quedo yo.- le dijo para sorprenderlo. Habían caminado 20 cuadras juntos y ni siquiera lo había notado, el tiempo había pasado demasiado rápido y el movimiento de las manos de ella al compás del de los pies de él, no hacían más que confirmar que ninguno quería que terminara.
Ella volvió a sonreír y él la imitó una vez más. Una nueva duda tambaleó la estructura de May, a quien todo su cuerpo le suplicaba que lo invitara a pasar.
Él pareció percibirlo porque rápidamente dio un paso atrás. Estaba convencido de que si se acercaba terminaría lastimándola. No le importaba si ya conocía su pasado, lo que fuera que hubiera leído no se comparaba en nada con la oscuridad que llevaba dentro y eso era algo que no le deseaba a nadie.
Aquel gesto terminó por ofender a May, no iba a invitarlo, pero tampoco le gustaba que la rechazara incluso antes de insinuarlo y una vez más sus ojos verdes transmitieron su decepción.
-Es una lástima…- dijo él entonces en un intento desesperado por subsanar lo que fuera que hubiera hecho para decepcionarla. -¿Qué cosa?- le preguntó ella recuperando esa curiosidad que èl le despertaba.
-Que no estuvieras pensando en mí.- respondió y antes de ver su reacción se acercó y le dio un beso corto en la mejilla que terminó de desestabilizarla.
-Hasta mañana.- agregó mientras comenzaba a alejarse con paso ligero, no sin antes disfrutar de esos ojos verdes sonrientes y esa mano inocente sobre su mejilla, como si quisiera conservar aquel beso un rato más.