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1202 Words
Al día siguiente May no terminaba de entender su nerviosismo. Había pasado largas horas en su casa dando vueltas sin hacer nada en especial, había intentado por todos los medios que aquel extraño que apenas conocía no se colara en sus pensamientos, aunque a decir verdad no era que intentara colarse, los ocupaba por completo. Se sentía ofuscada con ella misma, llevaba dos años silenciando cualquier sentimiento que intentara aflorar, había llorado demasiado y ya no deseaba volver a hacerlo. Sentir era algo que no se permitía, su vida se había transformado en acción. No podía perder tiempo en lamentar la situación de los niños del comedor, debía ayudarlos, si el gobernador no enviaba las partidas, debía solucionarlo, si el techo del comedor goteaba debía repararlo. Había aprendido a no detenerse ni siquiera a pensar, mucho menos a vivir. Solo satisfacía sus escasas necesidades, de vez en cuando, con alguno de sus conocidos, solo aquellos que tenían en claro que ni siquiera podían quedarse a dormir y continuaba con su vida automatizada. No volvía a pensar ni en ellos ni en lo ocurrido en la noche con la luz absolutamente apagada. Eran unos minutos de placer, llanos y limpios, sin vueltas, sin coqueteos, sin motivos ocultos, ni miradas indescifrables. Era sexo y punto. Justamente por eso no podía creer la jugada que su mente le estaba haciendo pasar. ¿Por qué seguía pensando en él? Apenas habían hablado, casi no la había mirado, mucho menos tocado, a excepción de ese beso de despedida tan inocente como perdurable. Había rememorado aquel contacto mil veces y siempre intentaba exprimirlo un poco más. ¿Por qué la había acompañado? ¿Por qué le había dado la impresión de que luchaba por no irse? ¿Por qué le había dicho que era una lástima que no pensara en él? Todas las preguntas eran laberintos sin salida, se volvian insignificantes y volvían a crecer en importancia casi a un ritmo constante. Se había probado todo el vestidor, solía usar siempre la misma ropa para ir al comedor y de repente tenía la necesidad de sentirse linda, pero sin exagerar. ¿Por qué? ¿Qué tenía este extraño para dar vuelta sus noches, llenar de insomnio sus madrugadas y revolucionar su metódica rutina de la mañana? Cuando la alarma de su teléfono sonó por tercera vez no tuvo más remedio que escoger, tomó los mismos jeans de siempre y en lugar de su enorme buzo se puso una remera de algodón en color celeste que intentaba ser informal pero se ajustaba a sus pechos dando la impresión de que eran más grandes. Con la aprobación del espejo salió hacia el comedor con paso más ligero del habitual. Se apresuró a abrir el lugar, acomodar todo y una vez más la calefacción se negó a encender. Volvió a llamar al sector encargado de las reparaciones del comedor y le respondieron que lo solucionarían a la brevedad, como si aquella mentira no les pesara. El tiempo comenzó a correr y la puerta no se dignaba a abrirse. Miró su reloj varias veces, estaba segura de haberle dicho el horario varias veces. ¿Dónde estaba? Presa de sus propios pensamientos se sorprendió cuando la cocinera Doña María la saludó. -¿Otra vez sin calefacción?- preguntó la mujer ajena a la decepción en los ojos verdes de May, quien demoró unos segundos en responder. -Así parece, voy a ver si puedo acercarme a la oficina a media mañana.- le respondió obligándose a volver a sus tareas habituales. Los niños no tardaron en llegar y el ajetreo combinado a sus risas y bromas la devolvieron poco a poco a la realidad. Él no iba a llegar. No podía hacer nada más que olvidar aquel inusual día para seguir adelante con su aburrida vida. No era la primera vez que alguien no cumplía su probation, de hecho era más habitual que así fuera. Los tiempos lentos de la justicia hacían que cuando llegaba la denuncia de la falta de cumplimiento las penas se hubiera cumplido y hubiera que comenzar de nuevo, así dilataban la condena varios años hasta que el mismo motivo parecía olvidado. Aquello comenzó a cobrar fuerza, sobre todo cuando Patricio no regresó ni ese día, ni los dos siguientes. May volvió lentamente a su ropa habitual, a sus gestos habituales y, lo que era más importante, a sus pensamientos habituales, sin extraños sexys con ojos enigmáticos. Tanto se convenció de que aquello no había ocurrido que todo pasó al rincón de los sueños, esos en los que era feliz, en los que nada había cambiado, en los que Mariana sonreía y le decía que se hacía demasiado problema por todo, en los que la perfección y dulzura de su hermana le dolían, aunque no tanto como el haberlas perdido. Sin querer caer en el pasado se concentró en su vida actual, acompañó a los chicos, escuchó sus problemas, sus historias, sus bromas y los despidió con cariño, con un abrazo especial al pequeño Kevin. Kevin era un niño de 10 años que había perdido a su padre en un episodio violento que no había querido indagar, no era extraño que hubiera sido algo fuera de la ley y creía que el porque solo sumaria más dolor al que el pequeño ya sentía. -¿Sabías que mi papá me dejó su guitarra?- le dijo el pequeño cuando los demás ya se habían ido. May sonrió y volvió a acercarse a él. -¡Que bueno! - le respondió con cuidado de no decir algo que cortara aquellas palabras. Kevin casi no había dicho nada desde aquella muerte y que lo hiciera era un gran paso. -Mas o menos.- le respondió el niño apesadumbrado. -¿Por qué decis eso? - le preguntó ella con genuina curiosidad. -Porque no tengo idea de como tocarla, lo intenté varias veces, pero es muy difícil.- le aclaró bajando sus pequeños ojos brillantes al suelo. May se agachó delante para tomar su mano y mirarlo. -Todo se puede aprender. - le dijo y cuando él pareció creerle continuó. -Te prometo que voy a buscar algún profesor que pueda venir al comedor, creo que a todos nos vendría bien un poco de música en este lugar ¿no te parece?- le dijo con entusiasmo y al ver que Kevin volvía a sonreír toda la emoción se vio reemplazada por el temor. ¿Por qué le prometía algo tan difícil? Su boca siempre era más rápida que su mente, le había prometido un profesor cuando ni siquiera podía reparar la calefacción. Estaba a punto de demostrar sus dudas cuando el pequeño la abrazó con fuerza. -Gracias May.- le dijo sin soltarla y entonces solo de una cosa estuvo segura, Kevin iba aprender a tocar la guitarra aunque tuviera que ser ella misma quien tuviera que ver mil horas de tutoriales en youtube. -Vamos Kevin, que llegamos tarde a la escuela.- dijo uno de los niños desde afuera y el pequeño corrió a su encuentro dejando a una May feliz de haber hecho algo bueno por él. -Espero que ahora sí estés pensando en mí.- dijo esa voz que creía olvidada pero recordaba demasiado bien al verla sonreír.
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