El día siguiente fue prácticamente una repetición del anterior, salvo que Brodie pasó una hora en el gimnasio de su sótano antes de ducharse y desayunar. Su carrera matutina no se había visto empañada por la lluvia torrencial, sino bendecida por el cielo azul y el cálido sol que era la norma en la región. A continuación, más recibos y facturas, el almuerzo y, por último, leer y contestar el correo electrónico. Pasó algún tiempo en Internet, leyendo información y orientación sobre las leyes españolas de concesión de licencias necesarias para poseer y dirigir un bar en la región de Almería. Al parecer, la licencia estaba vinculada al negocio, no al propietario, pero normalmente había que transferirla al nuevo dueño, con un coste de unos 600 euros. Un expatriado debía tener una Residencia, u

