Clarissa Rymer 56 años más tarde. El sol calienta mi piel de manera deliciosa, a mis 74 años y viviendo en Londres, este es un lujo que no me puedo permitir todos los días. Me acomodo mejor sobre mi silla playera y disfruto de la vista que tengo en frente. Mis nietos corren entre si disfrutando de la playa, mis hijos caminan de la mano con sus parejas o se broncean bajo el sol, y mi esposo permanece a mi lado acariciando mi mano distraídamente mientras bebe una limonada con la parsimonia de un bebe aprendiendo a comer. Pese a los años, no ha perdido esos gestos tiernos que siempre me inflan el pecho. Sigue siendo ese chico dulce y encantador que me sonrojaba y hacia reír cada dos por tres, los hoyuelos de sus mejillas se marcan más cada que sonríe debido a las arrugas que ha ido gana
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