capítulo 5
Al llegar el fin de semana, James y Lilly se dieron cuenta de que algo extraño sucedía. Y, como siempre, fue la observadora y parlanchina Lilly quien quiso saber qué era. Su hermano mayor le pegó por debajo de la mesa, pero la niña simplemente optó por ignorar las señales de advertencia de su hermano.
ㅡ¿Por qué estás durmiendo en la habitación de Albert, mami? ㅡPreguntó el domingo por la mañana mientras toda la familia estaba reunida en la cocina, desayunando.
La niña lo había descubierto porque aquella mañana Al había dormido hasta más tarde de lo acostumbrado, con lo cual, su mami también se había despertado tarde. Después de pasar varias noches durmiendo mal en una cama demasiado pequeña y atormentada por sus pensamientos, estaba exhausta; la noche anterior, para su alivio, había conciliado el sueño nada más meterse en la cama, y no se había despertado hasta que James entró en la habitación para despertarla.
Pero no se sentía mucho mejor que los días anteriores, porque, si dormir había servido para dar descanso a su cuerpo, más su mente no había reposado en absoluto. Sabía qué había soñado, pero desde luego sus sueños no habían aliviado el peso de su corazón, ni su rabia, ni su amargura. Incluso se aborrecía a sí misma por no hacer nada para remediar la situación. Daniel le había aconsejado que no tomara ninguna decisión hasta que no estuviera un poco más tranquila, hasta que dejara de ser la criatura patética en la que se había convertido, pero aquel consejo sólo le servía como excusa para no enfrentarse a la realidad.
Daniel no tenía mejor aspecto que ella en lo absoluto, su rostro reflejaba la misma tensión. Desde la noche fatídica de la llamada de Charlotte, había estado llegando a las seis y media todos los días. Dayanna sospechaba que se debía más a que lo había criticado como padre que al deseo de demostrarle que su aventura había terminado.
Llegaba a tiempo para bañar a los niños y meterlos en la cama mientras ella se encargaba de preparar la cena. En apariencia, su vida transcurría normalmente, y los dos hacían un gran esfuerzo para que los niños no se enteraran de sus problemas matrimoniales.
Cada noche, durante la cena, Daniel hacía algún intento por mantener una conversación, pero Dayanna permanecía en silencio, de modo que él desaparecía en su estudio en cuanto terminaban de cenar. Dayanna recogía la mesa y subía a acostarse a la habitación de Albert, sintiéndose cada día un poco más sola, un poco más deprimida, un poco más inútil y un poco más olvidada.
Saber que su marido la engañaba había supuesto para ella un golpe brutal que había conseguido anular su voluntad, de modo que su vida transcurría en una lenta monotonía y no se daba cuenta de lo que hacía. Daniel la observaba, serio y en silencio, esperando que Dayanna saliera de su letargo y estallara. Él solo esperaba que ella manifestara su malestar y desilusión, sin embargo, se mantenía encerrada dentro de si misma.
En aquellos momentos, la pregunta de su hija la devolvía a su cruda situación. Se sonrojó ligeramente, y se las ingenió para dar una respuesta coherente. ㅡA Albert le están saliendo los dientes otra vez. ㅡDaniel arrugó ligeramente el periódico que estaba leyendo y Dayanna se dió cuenta de que estaba escuchando. Y puede que también la estuviera mirando de reojo. La joven mujer no lo miró. En realidad, le importaba muy poco lo que su esposo pudiera estar haciendo en ese preciso momento.
Pelirroja y con ojos verdes, Lily tenía, además, la misma mirada inteligente de su padre. Asintió, como si comprendiera perfectamente lo que decía su madre. Los primeros dientes de Al habían sido un tormento para todos en las noches anteriores y ahora estaban brotando algunas de sus muelas. Aunque a Dayanna no se le había ocurrido irse a dormir a su habitación la vez anterior. Pero aquello no se le había ocurrido a Lily, por muy inteligente que fuera solo tenía cuatro años. La niña dejó de prestar atención a su madre por que ahora prestaba su total atención a su querido padre.
ㅡSeguro que echas de menos no poder abrazar a mami, ¿verdad, papá? ㅡDijo bajándose de la silla y acercándose a Daniel. ㅡSi me lo hubieras dicho, habría ido a darte un abrazo ㅡdijo y fue a sentarse sobre las rodillas de su padre, sabiendo que sería bien recibida.
La tensión se apoderó de la habitación.
ㅡMuchas gracias, mi reina. ㅡDijo Daniel mientras doblaba cuidadosamente el periódico para prestar atención a su hija. ㅡPero creo que puedo estar solo unos días más antes de que me sienta completamente triste.
Si aquel comentario iba dirigido a su esposa, Dayanna lo ignoró olímpicamente y siguió sentada bebiendo café, sin revelar el esfuerzo que le costaba mantenerse indiferente a los comentarios de su esposo.
Observó a Daniel, allí sentado, con su camisa azul oscuro, que dejaba al descubierto su pecho. Besó a Lilly en la mejilla y esbozó una sonrisa tan encantadora que a Dayanna se le hizo un nudo en el estómago, en ese momento sintió celos de su pequeña, por que ella podía tener la atención y sonrisas de su padre, aunque eran celos sanos por decirlo de algún modo, no veía aquellos gestos con malicia ni mucho menos, solo anhelaba la atención del único hombre al cual había amado.
¿Celos de su propia hija! ¿Cómo era posible tanta amargura? Quiso reír por lo patética de su situación. Sus ojos se humedecieron y suspiró pesadamente tratando de contener las lágrimas.
No pudo evitar dar un respingo mientras recogía los platos. Daniel la miró y ella le devolvió la mirada. Su esposo debió ver algo en sus ojos miel, porque frunció el ceño. Dayanna se dió la vuelta de inmediato, no deseaba mirarlo, no en un momento de tanta vulnerabilidad. Estaba incómoda y desconsolada.
Pero su marido y sus hijos parecieron ignorar su reacción. James intervino en la conversación que Daniel estaba teniendo con Lilly, e incluso Albert insistió en que le sacaran de su silla. Daniel lo sacó y lo sentó sobre sus rodillas, mientras el niño alegraba la conversación con sus particulares gorgojeos. Dayanna no pudo soportarlo. Había algo en aquella atmósfera de cariño que le ponía los nervios de punta. Se sentía incapaz de unirse a ellos, como habría hecho normalmente. Clarissa se lo impedía. Su imagen era como un muro infranqueable que la separaba de su familia, del afecto y el amor de los suyos.
Dejó de fregar los platos, porque corría el riesgo de romper alguno y salió de la cocina diciendo entre dientes...
ㅡVoy a hacer las camas.
Nadie la oyó y se sintió aún peor, más apartada de su familia. Aquella mujer sin rostro le estaba arrebatando todo.
Estaba en su dormitorio, el dormitorio de Daniel y ella, mirando al vacío, cuando entró su esposo. Con un gesto nervioso se dirigió al baño, tratando de aparentar que eso estaba haciendo cuando él abrió la puerta. Cuando salió, él seguía allí, al lado de la ventana y con las manos metidas en los bolsillos. Era alto y gallardo y en aquel momento, estaba tan atractivo que a Dayanna le daban ganas de tirarle algo, de hacer cualquier cosa para mitigar su profundo dolor. Por que a pesar de todo, lo amaba, lo amaba tanto que dolía.
Haciendo un esfuerzo por ignorar su presencia, comenzó a arreglar la habitación. Se acercó a la cama, que, desde la llamada de Charlotte, se había convertido en el mueble más odioso de la casa. Cada día era más difícil estirar las sábanas, ahuecar las almohadas, cubrirla con la colcha. Olía a Daniel, a su olor limpio y masculino. Despertaba sus sentidos, que creía dormidos. Al contrario de lo que había esperado, su deseo por Daniel no había disminuido, sino todo lo contrario. La traición de su esposo no había provocado más que la odiosa actitud de estar siempre pendiente de él. El odio alimentaba el deseo, y el deseo hacía su tormento todavía mayor.
Daniel se dió la vuelta lentamente y observó a Dayanna detenidamente, analizando cada facción de su angelical rostro o cada postura rígida de su pequeño cuerpo. Al cabo de un rato, cuando el silencio comenzaba a hacerse insoportable, se acercó a su esposa y se interpuso en su camino.
ㅡDayanna... ㅡDijo con suavidad.
Dayanna permaneció con la cabeza agachada, sin querer mirarlo a los ojos, no podía, mirarlo a los ojos dolía demasiado, más de lo que estaba dispuesta a aguantar en aquel instante.
ㅡ¿Te acuerdas de que tengo que pasar la semana que viene en Francia?
No, no se había acordado hasta aquel momento. Sintió una ira repentina al comprobar que Daniel anteponía sus negocios a su vida privada, cuando ésta estaba en crisis.
ㅡ¿Qué te meto en la maleta? —Preguntó en un tono seco y hostil, poco característico en ella.
¿Iba a ir Clarissa con él? ¿Iban a dormir en la misma habitación? ¿Iban a pasar toda una preciosa semana sin que nadie les interrumpiera? ¿Realmente era un viaje de negocios? Pensar en aquello le revolvía el estómago. Le palpitaba el corazón, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retroceder, para no apartarse de él, como la vil cobarde que era. Retroceder habría sido como otorgarle una especie de victoria, así que se quedó donde estaba, sin mirarlo, con el semblante pálido.
Físicamente, no habían estado más cerca desde la noche en que todo estallara por los aires. Dayanna sintió escalofríos.
ㅡCualquier cosa ㅡreplicó Daniel con impaciencia. Dayanna solía hacerle la maleta siempre que su marido se marchaba de viaje. Y le encantaba hacerlo, guardar sus camisas, contar los pares de calcetines, la ropa interior, meter algunos pañuelos, las corbatas y los trajes. Incluso en aquellos momentos, mientras rogaba que se apartara de su camino para poder alejarse de él y con ganas de decirle que se hiciera él la maleta, no podía evitar hacer, mentalmente, una lista con todo lo que necesitaba.
Daniel permaneció inmóvil, y la tensión entre ellos se hizo intolerable. No se atrevía a decir nada por miedo a que Dayanna lo utilizara en su contra.
ㅡ¿Vas a estar bien? ㅡPreguntó por fin. ㅡPuedo llamar a mi madre para que se quede contigo, si no quieres quedarte sola, si te hace falta compañía, o...
ㅡ¿Y por qué me iba a hacer falta compañía? ㅡLe espetó bruscamente Dayanna, dirigiéndole una mirada penetrante. ㅡNunca me ha hecho falta una niñera cuando te vas de viaje y no me va a hacer falta ahora.
Daniel apretó la mandíbula, pero mantuvo la tranquilidad.
ㅡYo no estaba poniendo en duda tu capacidad, ㅡdijo ㅡpero estás muy cansada y me preguntaba si, con todo lo que está pasando, no te vendría bien algo de ayuda.
"Muy cansada", se repitió Dayanna, no estaba sólo cansada, estaba agotada, arta y se sentía más sola que nunca, pero no era a su suegra a quién necesitaba.
ㅡ¿Tu secretaria, o abogada, o la puta mierda que sea, va contigo? ㅡDayanna se arrepintió de aquella pregunta nada más hacerla.
ㅡSí, pero...
ㅡEntonces no tengo por qué preocuparme por ti, ¿verdad? De seguro con ella vas a estar muy bien atendido. —Arrojó con amargura.
ㅡDayanna, ㅡdijo Daniel, dando un suspiro. —Clarissa no...
ㅡ¡No quiero saberlo! ㅡDijo Dayanna empujándolo, prefiriendo rozar su cuerpo a permanecer allí quieta por más tiempo, soportando aquella conversación que no les conduciría a ningún sitio.
ㅡEntonces, ¿para qué me lo preguntas? ㅡExclamó Daniel en voz alta e inmediatamente hizo un gran esfuerzo por controlarse ㅡ¡Dayanna, tenemos que hablar!
Dayanna estaba haciendo la cama. Apretaba los dientes y seguía con su trabajo porque era lo único que le quedaba por hacer. No quería hablar con él, no en ese momento al menos.
ㅡNo podemos seguir así. ㅡDijo Daniel ㅡ¡Tienes que darte cuenta! A Lilly le parece muy raro que duermas con Albert , lo que significa que, a partir de ahora va a estar pendiente de nosotros, va a vigilarte, a calcular los días que te quedas en la habitación del bebé...
ㅡY no debemos molestar a tu querida hija, ¿verdad? ¿Se supone que debemos fingir para que ella se sienta tranquila? ㅡExclamó Dayanna, y se avergonzó al instante. ¿Cómo podía sentir celos de su propia hija? Pero era cierto, estaba horriblemente celosa de su hija, porque tenía el amor de su padre, al igual que James y Albert. Por que nadie podía negar que Daniel los amaba y le dolía saber que la única que no tenía su amor era ella.
ㅡNo pienso responder a eso, Dayanna. ㅡdijo Daniel sobriamente. La rubia terminó de hacer la cama, podía marcharse, se sentía agotada de tanto discutir. ㅡDeja que te explique que Clarissa no... ㅡDijo Daniel desesperado.
ㅡ¿Qué vas a hacer hoy? ¿Vas a quedarte en casa? —Lo interrumpió de pronto.
ㅡSí ㅡdijo Daniel, completamente desconcertado. ㅡ¿Por qué?
ㅡPorque yo tengo que salir y si tú te vas a quedar, no tengo que llamar a tu madre para que se quede con los niños. —Sus palabras salieron más bruscas de lo que esperaba.
¿Por qué había dicho aquello? Dayanna no podía saberlo. Su decisión de salir no había sido una decisión consciente. Pero nada más decirlo pensó que pasar unas horas sola, completamente sola, era vital para su integridad mental. Necesitaba respirar un poco de aire fresco. Abrió el armario, impaciente por salir y alejarse de su familia, y sacó lo primero que encontró, su chaqueta negra impermeable. Daniel parecía un poco aturdido, y se limitó a quedarse allí de pie, observándola.
ㅡDayanna, ㅡdijo por fin ㅡsi quieres salir, sólo tienes que decirlo. Jamás te he prohibido nada y eso lo sabes...
Dayanna no atinaba a cerrar la cremallera y se estaba poniendo cada vez más nerviosa. "¿Es posible sofocar sus propias emociones?", se preguntaba. Porque creía que eso era precisamente lo que estaba haciendo.
ㅡDame diez minutos y me voy contigo...
¡Los zapatos! ¡No se había puesto los zapatos! Se inclinó y revolvió en la parte baja del armario. Daniel seguía quieto en el mismo sitio, cada vez más perplejo. Dayanna encontró sus botas de cuero negras y se sentó sobre la cama para ponérselas. Luego metió los pantalones en las botas con dedos temblorosos.
ㅡDayanna... ¡No hagas esto! ㅡDijo Daniel completamente angustiado al ver el estado en que se encontraba la rubia.
Daniel se dió cuenta de que estaba realmente afectado porque quisiera irse sola, su voz era grave y denotaba impaciencia.
ㅡNunca has salido sin nosotros, espera a que todos... ㅡDayanna apenas lo oía. Pero Daniel tenía razón, la joven mujer nunca había salido sola. Si no con él, con los niños, o con su madre. Durante toda su vida adulta, había vivido bajo el amparo protector de otros. Primero sus padres, luego sus amigos y finalmente, Daniel. Sobre todo, Daniel.
¡Pero por Dios, estaba a punto de cumplir veinticuatro años! Y allí estaba, convertida en ama de casa, cada día menos atractiva, con tres hijos y un marido que...
ㅡ¡Me voy sola! ¡No te va a pasar nada porque, por una vez, te quedes con los niños! —Exclamó histérica al borde del llanto.
ㅡ¡No me estoy quejando de eso! ㅡDijo Daniel, suspirando y acercándose a su esposa. ㅡPero, Dayanna, nunca habías...
ㅡ¡Exactamente! ㅡExclamó Dayanna, apartándose de él ㅡMientras tú te ocupabas de hacerte rico y de buscar una amante, yo estaba sentadita en esta maldita casa, muriéndome de asco entre estas cuatro paredes.
ㅡ¡No digas tonterías! ㅡDijo Daniel, agarrándola por la muñeca con más brusquedad de la necesaria. ㅡEsto es ridículo, te estás portando como una maldita niña malcriada.
ㅡPrecisamente, Daniel, de eso se trata, ¿no te das cuenta? ㅡDijo Dayanna, apelando a la comprensión a pesar de que lo que más deseaba era irse de allí cuanto antes. ㅡEso es exactamente lo que soy... Una niño. Una niña a la que han explotado, a la que han herido profundamente. No he crecido porque no me han dado la oportunidad de crecer. ¡Tenía diecisiete años cuando me casé contigo! ㅡLe gritó ㅡ¡No había terminado el colegio! y antes de que aparecieras tú, mis padres me tenían entre algodones. Dios mío, qué decepción debió ser para ellos descubrir que su dulce y pequeña hija se había estado acostando con el lobo feroz.
Daniel se rió con amargura. A Dayanna no le sorprendió, sabía que su calificación era tan acertada que no tenía más remedio que reírse si no quería llorar.
ㅡY quedé embarazada, ㅡprosiguió ㅡy cambié a unos padres por otros, tú y tu madre.
ㅡEso no es cierto, Dayanna. ㅡProtestó Daniel ㅡYo nunca te he visto como a una niña. Yo ...
ㅡ¡Mentira! ¡Eres un maldito hipócrita mentiroso! ¿Y sabes por qué sé que eres un mentiroso? Por el miedo que te da que yo quiera pasar algún tiempo sola.
ㅡ¡Esto es una locura! ㅡDijo Daniel, negando con la cabeza, como si no creyera que aquella conversación pudiera tener lugar.
ㅡ¿Una locura? ㅡRepitió Dayanna ㅡ¿Cómo crees que me siento sabiendo que he dejado que me hicieras todo esto? Lo único que hice fue sentarme y dejar que me trataras como te daba la gana... Y mira qué he conseguido. Veinticuatro años, tres hijos y un marido que se ha cansado de mí. Así que, por favor, deja que me vaya.
Con un sonoro sollozo que no pudo contener por más tiempo, se apartó de él y salió de la habitación lo más rápido que sus temblorosas piernas se lo permitieron. Corrió escaleras abajo, recogió el bolso de la mesita del recibidor y salió precipitadamente a la calle.
El Porsche de Daniel cerraba el paso a su jeep cheroke n***o, así que tuvo que irse a pie, alejándose de la moderna casa en la que vivían desde hacía cinco años. En una casa situada en una de las zonas más acomodadas de Londres. Aquella casa le encantaba porque les ofrecía mucho más espacio que el pequeño piso alquilado del centro de Londres en el que vivían anteriormente. Sin embargo, en aquellos momentos, lo único que quería era alejarse de allí lo más pronto posible.
Se apresuró por la acera, bajo la sombra de los árboles, sabiendo que Daniel no la seguiría. Todavía tenía que vestirse y vestir a los niños, así que no podría detenerla antes de que tomara el autobús. El primero que llegó se dirigía al centro de Londres.
Se sentó junto a la ventanilla y miró a través del cristal manchado de polvo y de gotas de barro. Se fijó en el parque al que solía llevar a los niños. ¿O eran ellos los que la llevaban a ella? No lo sabía, ya no estaba segura de nada.
Se subió el cuello de la chaqueta para protegerse del frío aire de septiembre, se metió las manos en los bolsillos y comenzó a pasear por Londres, cuyas calles siempre estaban solitarias los domingos por la tarde. Estaba perdida en un mar de tristeza. Un mar más profundo a medida que un ojo interior se abría cada vez más para mostrarle cómo era la verdadera Dayanna.
Una joven de veinticuatro años que se había estancado emocionalmente a la edad de diecisiete. Pensó que Daniel la amaba porque había hecho el amor con ella, y nunca se preguntó si la quería realmente. Pero había llegado la hora de hacerlo. Y aunque la idea la mortificaba, se daba cuenta de que sólo se había casado con ella para aceptar su responsabilidad por haberla dejado embarazada. No lo hizo por amor, tampoco por que pasar el resto de su vida a su lado fuera su deseo, solo lo hizo porque su sentido de la responsabilidad era más grande que todo, más grande incluso que su propia felicidad.
Puede que Daniel considerara que estaba en su derecho de llevar otra vida, aparte de la que ya llevaba con ella. No cabía duda, se trataba de eso. Su esposo quería llevar otra vida, una vida aparte de la que llevaba con ella, con una mujer a la que si amara de verdad.
Dayanna se dió cuenta, en aquellos momentos en que su vida estaba al borde del precipicio, de que Daniel nunca había compartido con ella aquella otra vida excitante y apresurada. Sólo había construido su matrimonio para ella, para que jugaran a ser esposos y padres de sus hijos, porque era lo que ella quería ser. Pero, ¿acaso se trataba sólo de un juego, de una fantasía? No lo sabía, no podía saberlo.
Caminó durante horas. Horas y horas, sin darse cuenta del tiempo que pasaba. Tristes horas de reflexión, contemplando la intensidad de su propio dolor. Hasta que el más completo agotamiento la obligó a regresar a casa. Estaba agotada y hacía frío, así que tomó un taxi, por que sus piernas ya no respondían.
De repente, su casa se convirtió en el único lugar del mundo en el que quería estar. Pero, al darse cuenta, experimentó una sensación de derrota, porque aquello significaba que sus horas de libertad no le habían hecho ningún bien.