La mañana comenzó con el gorgojo de Albert, que completamente despierto pataleaba alegremente en su cuna. Dayanna tardó unos instantes en darse cuenta de porque estaba durmiendo en esa habitación. Sintió que algo se rompía en su interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocos instantes, experimentó una gran calma, se sentía vacía, hueca, casi sin vida.
Se levantó y frunció el ceño al darse cuenta de que llevaba la misma ropa del día anterior. Se llevó la mano a la cabeza, la cual le dolía horrorosamente de la tanto llorar la noche anterior. Se miró al espejo, tenía un aspecto desastroso y se sentía muy mal consigo mismo. Ni siquiera se había molestado en quitarse las zapatillas de deporte para dormir. Se sentó en la cama y se las quitó. En aquel momento, el niño se dió cuenta de su presencia y exclamó un gritito de alegría.
Dayanna se inclinó sobre la cuna. La sonrisa de su hijo fue como un bálsamo para su triste corazón. Por unos instantes, se sumergió en la alegría que suponía disfrutar de su pequeño niño. Le dió unos golpecitos en el vientre y murmuró las cosas típicas que las madres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellos y sus hijos entienden.
Aquello le pertenecía, se dijo. No importa que cosas quisieran arrebatarle o concederle la vida, jamás podría quitarle el amor de sus hijos. "Esto", se dijo, "es sólo mío". Al, estaba empapado. Dayanna le quitó el pañal antes de sacarlo de la cuna. El pequeño rubio siempre estaba alegre por las mañanas. No dejó de gorjear y moverse cuando lo llevó al baño para limpiarlo y refrescarlo.
Lo sacó, lo envolvió en una toalla y volvió a su habitación para vestirlo. Normalmente, lo habría llevado a la cocina para darle el desayuno sin siquiera vestirlo y sin vestirse ella misma. Normalmente lo hacía cuando los niños se habían ido al colegio y su marido a trabajar, pero no podía despertar a sus dos niños mayores con aquél aspecto. Le preguntarían porque tenía una pinta tan desastrosa sin el menor pudor. En especial James, quién parecía no tener filtro ni medir sus palabras.
Hizo acopio de valor y abrió la puerta de su habitación. Sabía que Daniel estaría medio dormido, al menos no tendría que verle la cara tan temprano por la mañana. Entró sin hacer ruido y miró hacía la cama, sumida en la penumbra del amanecer. No estaba allí. Oyó ruido en el baño y Daniel apareció al cabo de un instante. Llevaba una camisa blanca y pantalones grises. En cuanto vió a su joven esposa, se detuvo bruscamente, quedándose petrificado en su sitio.
Desde que lo conocía, Dayanna nunca se había sentido tan vulnerable en su presencia. Era consciente de su desamparado aspecto: de sus ojos enrojecidos por el llanto, de la palidez de su semblante y de sus cabellos enredados. También estaba alerta ante él. Observaba lo alto que era, la fortaleza de su cuerpo y sus músculos esbeltos. El ancho pecho, las caderas estrechas y las piernas largas y poderosas...
Tragó saliva y levantó la vista. Cruzaron una mirada, ella lo recorrió de pies a cabeza. Daniel tampoco tenía buen aspecto. Parecía cansado, como si no hubiera dormido mucho. Debía haber estado pensando, tratando de encontrar una solución, la salida a una situación imposible. Era una de sus virtudes convertir los fracasos en éxitos. Era la causa principal de su prosperidad.
Acababa de afeitarse, su barbilla parecía limpia y suave. Dayanna absorbió el familiar aroma de su loción de afeitar y se dió cuenta de que sus sentidos respondían y su corazón se aceleraba desenfrenadamente. La atracción s****l no conocía límites, reconoció amargamente. Incluso en aquellos instantes, sin dejar de odiarlo y despreciarlo, sabía que era el hombre que había amado ciegamente durante muchos años.
Se acerco a la cama, apoyó la rodilla en el colchón y dejo a Al sobre la colcha. Entonces se dió cuenta de que Daniel no durmió en aquella cama, la única evidencia de que la había utilizado era la huella de su cuerpo sobre el edredón de color magenta. Al, se puso a patalear, tratando de captar la atención de su padre, que, sin embargo, no apartaba los ojos de Dayanna. El niño gritó con frustración y se puso colorado del esfuerzo de tratar de sentarse sobre la cama. Dayanna sonrió al ver sus dificultades y le tendió una mano, que el niño usó para equilibrarse.
Daniel se acercó al otro lado de la cama e, inconscientemente, estiró el brazo para ayudar a Al. ㅡ¡Pa! ㅡDijo el bebé triunfalmente, librándose de ambas manos para prestar toda su atención a la colcha. Dayanna mantuvo la vista fija en su hijo, dándose cuenta de que Daniel no aparta los ojos de ella, haciéndola sentir demasiado nerviosa e incómoda.
ㅡDayanna, por favor, mírame ㅡdijo Daniel con una súplica que conmovió las entrañas de la rubia.
ㅡNo ㅡrespondió en un susurro, tratando de mantener la calma. No se atrevía a mirarlo a la cara, no cuando se sentía tan jodidamente en su presencia.
Daniel dió un prolongado suspiro. Levantó a su hijo, le dió un beso en la mejilla y lo volvió a dejar sobre la cama. Dayanna iba a levantarse, pero el hombre fue más rápido que la joven. La agarró por la cintura y tiró de ella hasta que pudo estrecharla entre sus brazos.
A Dayanna le dieron ganas de sumergirse en el calor que Daniel le ofrecía. Se puso tensa y tuvo que hacer esfuerzos por no llorar, pero todos los esfuerzos terminaron siendo completamente inútiles.
ㅡNo llores ㅡle suplicó Daniel con voz ronca.
Era lo peor que podía haber dicho, porque al ver el gesto de ternura de Daniel, Dayanna comenzó a sollozar sobre su hombro, el pelinegro la estrechó con fuerza y enterró su cabeza entre sus cabellos, aspirando el suave aroma a shampoo de manzana, el favorito de su esposa.
ㅡLo siento. ㅡDijo una y otra vez. ㅡLo siento, lo siento, lo siento tanto... ㅡPero no era suficiente. No podía ser suficiente. Daniel había acabado con todo. El amor, la fe, la confianza, el respeto, todo se había desvanecido, y las disculpas no iban a devolvérselo.
ㅡEstoy bien ㅡmurmuró Dayanna, haciendo un esfuerzo monumental por recobrar la calma y apartarse de él. Pero el hombre la estrechó con fuerza. No deseaba separarse de ella, no deseaba perderla.
ㅡSe que te he hecho mucho daño. ㅡDijo, tratando de contener sus propias lágrimas. Dayanna podía sentir la tensión de su pecho, el ritmo errático de su corazón. ㅡPero no tomes ninguna decisión precipitada mientras... Mientras lo tenemos todo para ser felices si nos das otra oportunidad. No lo tires todo por la borda solo porque he cometido un error estúpido. ¡No puedes tirarlo todo por la borda!
ㅡNo he sido yo quien lo a hecho, Daniel ㅡreplicó Dayanna. Aquella vez, Daniel dejó que se separara de él. Tenía una mirada triste y desolada. Dayanna, buscando algo que ponerse, fue del armario a la cómoda y de vuelta al armario, sin saber realmente lo que estaba eligiendo, cogiendo las primeras prendas a la vista.
Había pasado muchos años comprendiendo sus ambiciones, teniendo una fe ciega en él. Mucho años guardándole en casa, esperando sus caricias como un perro o un gato, como una mascota mientras él alimentaba en casa sus necesidades básicas: comida, bebida y un paseo de vez en cuando y ella, a pesar de todo, lo había aceptado con alegría por que lo amaba. "¡Que criatura más patética eres!" se dijo.
Albert dejó escapar un chillido. Los dos dieron un respingo. El niño, aburrido de jugar solo, reclamaba su desayuno. Dayanna se quedó inmóvil en el centro de la habitación, con la ropa en las manos, preguntándose que hacer a continuación. Vestirse o atender a Al. Era una elección muy sencilla, pero no parecía en condiciones de tomarla. Fue Daniel quien finalmente levanto al niño.
ㅡYo me ocupo de él. Vístete tranquilamente, todavía es temprano ㅡdijo y se marchó por la puerta, Dayanna suspiró, sintiendo que la tensión de la habitación se relajaba.
El desayuno fue horrible. Dayanna veía una provocación en cada gesto. En Lily por que comía demasiado, en James por que se comió los cereales con muy poca leche, ella misma llenó demasiado la cafetera y su café estaba demasiado amargo. Al final, se enfadó consigo misma por reaccionar contra todo, frustrada por no saber lidiar con su propia desgracia. La tomo con James por que había dejado encendido el ordenador la noche anterior, con todos los juegos esparcidos sobre la alfombra. Cuando terminó de reñirlo, el pobre niño estaba pálido y rígido, Lily sorprendida, Albert callado y Daniel...
Daniel simplemente estaba sombrío, rígido en su sitio. El resto del desayuno transcurrió en silencio. Los niños se mostraron visiblemente aliviados cuando su padre los mandó a recoger sus cosas para irse al colegio.
ㅡ¡No tenias por que tratar así a James! ㅡLe espetó Daniel en cuanto James y Lily no podían oírlo. ㅡ¡Sabes muy bien que normalmente es muy ordenado! Vas a convertirlos en un manojo de nervios si no pones más cuidado a la hora de corregirlos. Son unos niños estupendos y se comportan muy bien la mayor parte del tiempo. ¡No voy a dejar que te la tomes con ellos porque estés enfadada conmigo! —Exclamó con voz severa.
Dayanna se dió la vuelta hecho una furia. ㅡ¿Y desde cuando estás aquí el tiempo suficiente para saber cómo se comportan? ㅡLe dijo, viendo con gran satisfacción como se ponía tieso como un clavo. ㅡLos ves durante el desayuno, ¡pero solo cuando dejas de leer tu precioso Financial Times! ¡La mayoría del tiempo ni siquiera te acuerdas de que tienes tres hijos! Los... Los quieres como quieres a esa maldita pintura de Lowry que compraste, eso cuando piensas en ellos. ¡Así que no me digas como tengo que educar a mis hijos cuando como padre eres un completo inútil! —Gritó histérica al borde del llanto.
¿Qué le ocurría? Se preguntó dando un paso atrás mientras Daniel se ponía de pie y se acercaba a ella.
ㅡMe puedes acusar de muchas cosas, Dayanna. ㅡDijo Daniel entre dientes. ㅡY, probablemente, la mayoría de ellas me las merezco, ¡pero no me puedes acusar de no querer a nuestros hijos! ¡Eso no te lo voy a permitir!
ㅡ¿De verdad? ㅡLe preguntó Dayanna con sarcasmo. ㅡ¡En primer lugar, te diré que solo te casaste conmigo porque estaba embarazada de James! ¡Incluso Al fue un error al que te costó acostumbrarte! ¡Admítelo!
Daniel dió un puñetazo sobre la mesa con tanta brusquedad que las tazas saltaron. Dayanna parpadeo al verlo levantar la mesa, apartarla para levantarse y acercarse a ella. La violencia casi se podía palpar. A la rubia se le secó la garganta al ver cómo Daniel se acercaba a ella con la intención, creía ella, de estrangularla.
En el último momento, cambio de opinión y la agarró por los hombros. Dayanna se dió cuenta de que estaba temblando. ㅡEs demasiado pequeño para comprender lo que estás diciendo ㅡdijo con una voz ronca y señalando a Albert con la cabeza ㅡpero si James o Lilly te oyen, si les das alguna razón para que piensen que no los quiero, te juro que...
No terminó la frase. No hacía falta, Dayanna sabía exactamente como continuaba. Daniel siguió mirándola por unos instantes, luego la soltó y salió de la cocina echo una completa furia. La rubia tragó saliva y dió un profundo suspiro, y solo entonces, se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Sólo por pura necesidad de consuelo, levanto a Al y lo meció en sus brazos.
Se avergonzaba de sí misma. Y también estaba furiosa, porque, al haberle gritado de aquella manera, le había dado el derecho de meterse con ella. Cuando, hasta ese momento, era ella quién tenía todo el derecho de meterse con él, por que era él quién había fallado, no ella. Daniel acababa de dar vuelta la situación, dejándola fácilmente a ella como la bruja de un cuento, mientras que él era la pobre víctima.