Me desperté con la voz dulce de Milú cantándome el "Feliz cumpleaños".
Pero ¿qué tan feliz podía ser? Los años habían pasado, y yo seguía aquí, atrapada en la misma pesadilla.
—¡Felices 18 años! —gritó Milú con entusiasmo.
Ella era la poca humanidad que me quedaba, la única razón por la que no me había perdido por completo. Así que le sonreí y canté con ella, aunque fuera solo por un instante.
—Pide un deseo —me dijo con una chispa de emoción en los ojos.
La miré y, sin dudarlo, respondí:
—Que pase algo extraordinario… y que las dos podamos salir de aquí.
Su sonrisa se tornó triste. Una lágrima rodó por su mejilla mientras negaba con la cabeza.
—Mi niña… Aún sigues con esa esperanza.
No quería verla así, así que intenté bromear.
—Es mi deseo, y al ser un deseo, puede ser tan loco e irreal como yo quiera.
Reí, y ella me siguió con una risa suave, aunque en el fondo ambas sabíamos la verdad.
Comimos un pequeño pastel que Milú había conseguido. No quise preguntar qué tuvo que hacer para obtenerlo, pero lo agradecí en silencio. Por un momento, nos permitimos sentir algo parecido a la felicidad.
Sin embargo, como siempre en este lugar, la felicidad nunca duraba.
La puerta se abrió de golpe, y el gerente entró como si fuera el dueño de nuestras almas.
—¡Feliz cumpleaños, mi girasol!
Aquí, todas teníamos un apodo. Milú era "Margarita" y yo… yo era "Girasol".
—Te traigo buenas noticias —dijo con una sonrisa que nunca presagiaba nada bueno—. A partir de hoy, servirás en la zona VIP.
Volteé a ver a Milú, y ella sonrió con algo parecido a alivio.
Trabajar en la zona VIP era un privilegio. No todas tenían la oportunidad de estar ahí. Era donde atendían a hombres importantes, aquellos que buscaban placer sin necesidad de recurrir a la violencia. Rara vez lastimaban a una chica.
Sí… era lo mejor que este infierno podía ofrecer.
El gerente llegó con varios vestuarios diseñados para resaltar mis curvas.
Pesaba 75 kilos y medía 1.65 metros, un poco más alta que la mayoría de las chicas de aquí. Mi vientre no era completamente plano, pero tenía una silueta proporcionada. Mis senos eran medianos, mi trasero bien formado y mis piernas gruesas y firmes. Los trajes que me entregó estaban diseñados para marcar mis mejores zonas, ajustándose perfectamente a mi cuerpo y dejando al descubierto más piel de la que me gustaría.
Cada noche, todas realizábamos un pequeño baile. El mejor postor se llevaba a la chica que más le interesara.
Cuando me preparé y asistí a la zona VIP por primera vez, me quedé congelada.
Había hombres de traje elegante, rodeados de lujo y humo de cigarros. Pero lo que más me inquietó fueron los otros… Aquellos con uniformes militares y máscaras que ocultaban sus rostros. Lo único visible de ellos eran sus ojos, oscuros, fríos, impenetrables.
Los que estaban allí solo para beber alzaban sus pasamontañas lo justo para dar un sorbo, luego volvían a cubrirse, como si mostrar demasiado de sí mismos fuera un pecado.
Aquí no me pidieron bailar. En su lugar, me ordenaron desfilar.
Con cada paso, sentía la presión de todas esas miradas recorriendo mi cuerpo, evaluándome, deseándome. No recordaba haberme sentido tan nerviosa en años.
Algo me decía que esa noche sería diferente. Y que, quizá, no para bien.
Cuando llegué al frente de la pasarela, la puerta se abrió de golpe.
Un hombre entró.
Era el más grande y musculoso que había visto en mi vida. Vestía el mismo uniforme militar que los demás, pero el suyo era completamente n***o. Su presencia se sentía diferente, imponente. Su pasamontañas tenía dibujada una calavera, lo que lo hacía aún más intimidante.
Su mirada se clavó en mí.
Me congelé por un instante, incapaz de apartar la vista. Su postura era rígida, su aura, dominante. Pero lo que más me perturbaba era la intensidad con la que me observaba, como si pudiera ver a través de mí, como si mis ropas no significaran nada ante sus ojos de rayos X.
Apenas logré recuperar el control y terminar mi desfile, pero antes de bajar, volví a mirarlo.
Seguía allí, de pie, sin moverse, sin dejar de observarme.
Me senté junto a Milú, tratando de calmar mi respiración acelerada.
—Tranquila —susurró—, aquí todo es diferente.
—¿Por qué todos están enmascarados? —pregunté, sin poder ocultar mi inquietud.
Milú me sonrió con complicidad.
—Estamos cerca de una base militar importante. Sus mejores guerreros de élite vienen aquí a relajarse.
Tragué saliva.
—Vi a un hombre enorme…
Milú levantó una ceja y sonrió de lado.
—Oh… Ese es el capitán de todos. Él nunca pide chicas. Solo viene, toma unos tragos y supervisa que los demás se comporten.
Mis manos se crisparon sobre mis piernas.