NO ME GUSTA COMPARTIR

1174 Words
Estaba sentada, esperando a que todas terminaran de modelar. Milú me había dicho que hasta que el último desfile no terminara, los clientes no comenzaban a elegir. Pero entonces, el gerente entró con su sonrisa habitual y me hizo una señal. Me puse de pie de inmediato y lo seguí. Me llevó a una habitación espectacular, mucho más lujosa que cualquiera en la que había estado antes. Me indicó que me quedara de pie, posando de manera sensual, esperando a mi cliente. El tiempo pareció ralentizarse. Sentí mi propia respiración, la forma en que mi pecho subía y bajaba con cada inhalación. Mis manos temblaban apenas, pero me obligué a mantener la compostura. Cinco minutos después, la puerta se abrió. Y él entró. Era el mismo hombre que había visto antes. El capitán. Su presencia llenó la habitación al instante, como si el aire se hiciera más denso solo con su llegada. Cerró la puerta con calma y se quedó de pie un momento, observándome. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, pero no era solo miedo. Era algo más. Algo desconocido y peligroso. Se sentó en un gran sillón de cuero, extendiendo sus largas piernas. A pesar de estar relajado, su presencia seguía siendo abrumadora. Calculé que medía al menos 1.90, y mi cuerpo, aunque no era delgado, se sintió pequeño en comparación. Entonces habló. Su voz era grave, profunda, con una autoridad natural que hacía que cada palabra se clavara en mi piel como una orden silenciosa. —¿Eres nueva? Mi garganta se secó. ¿Me estaba preguntando eso en serio? —No, señor. Solo que antes estaba en otra área —respondí con la voz más firme que pude. Él movió la pierna lentamente, una señal clara de que quería que me acercara. Tragué saliva y caminé con cuidado, sintiendo su mirada recorrer cada centímetro de mi cuerpo. Cuando estuve lo suficientemente cerca, tomó mi muñeca con una fuerza controlada y me jaló hacia él. Un jadeo escapó de mis labios cuando caí sobre su regazo. —Desde ahora, solo me atenderás a mí. A nadie más. ¿Entendido? Lo miré sorprendida. No sabía si eso era posible, si siquiera podía elegir algo así. —No me gusta compartir. Así que solo me vas a pertenecer a mí. Sus palabras me hicieron temblar. Su tono no dejaba espacio para la duda. Esto no era una sugerencia. Era una declaración. —Mi señor… No sé si eso esté permitido… No me dejó terminar. —Tú haz lo que yo te diga. Yo me encargaré del resto. Sus dedos rozaron mi muslo, apenas un toque, pero mi piel ardió como si me hubiera marcado. —Ahora dime tu nombre. Mi mente se nubló. No se suponía que debía decir mi verdadero nombre. Era una de las reglas más estrictas. Pero con él… con él no podía negarme. —Girasol… Su agarre en mi cintura se apretó. —Te pedí tu verdadero nombre. Un escalofrío me recorrió. Su voz… su presencia… todo en él me hacía sentir que estaba en un juego donde solo él conocía las reglas. —Alex… Mi señor… Pero por favor, no le diga a nadie… No dijo nada. No me prometió guardar el secreto, pero tampoco me dio razones para creer que lo usaría en mi contra. Solo se quedó en silencio, mirándome fijamente con esos ojos oscuros y penetrantes. —Desnúdate para mí. Mi respiración se volvió errática. Me levanté lentamente y llevé las manos a los tirantes de mi vestido. Comencé a moverme, deslizándolo con cuidado, dejando que mi piel quedara expuesta poco a poco. Bailé para él. Pero no sabía si le gustaba o no. Su maldito pasamontañas lo cubría todo… menos sus ojos. Y esos ojos me devoraban. El sonido metálico del cinturón al ser desabrochado resonó en la habitación, seguido por el suave desliz del cierre de su pantalón. Mi respiración se aceleró al darme cuenta de que todo en él era una amenaza, incluso el arma que acababa de dejar a un lado. —Ven por él —ordenó con esa voz profunda y oscura que parecía vibrar en el aire. Mi cuerpo respondió antes de que mi mente pudiera procesarlo. Me arrodillé entre sus piernas, sintiendo su mirada pesada sobre mí. Deslicé mis dedos sobre la tela de sus bóxers, notando el calor y la dureza que aguardaban debajo. Mi garganta se secó. Era grande, demasiado. Levanté la vista, buscando sus ojos. A través del pasamontañas, su mirada me devoraba, expectante, impaciente. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Saqué la lengua y rocé apenas su punta, probando, explorando. Un gruñido bajo salió de su pecho, un sonido primitivo que me encendió más de lo que debería. Me atreví a más, probando su reacción, descubriendo lo que le gustaba. Mis manos lo complementaban, intentando abarcar lo que mi boca no podía. Él exhaló un suspiro pesado, su mano se deslizó hasta mi cabello, aferrándose con firmeza, guiándome, controlándome. Cada sonido que escapaba de él era una confirmación de mi poder sobre él, pero al mismo tiempo, una advertencia: él seguía al mando. Estaba completamente concentrada en darle placer, en sentir cada reacción de su cuerpo, cuando de repente me apartó con facilidad y me alzó, acomodándome a horcajadas sobre él. Mi respiración se cortó cuando sentí su dureza rozando mi entrada. Gruñó al notar lo húmeda que estaba. —Respira, Alex. Tranquilízate, o te va a doler —su voz era un murmullo grave contra mi piel. Asentí e intenté calmar mi acelerado corazón. La anticipación me consumía. —Jamás había estado con un hombre tan grande —confesé sin pensar. Una risa ronca y burlona escapó de sus labios. —Y será el único que vas a tener. No volverás a probar otra v***a que no sea la mía, ¿entendido? Sus palabras fueron un golpe directo a mi interior. Antes de que pudiera procesarlas, me empaló de golpe. Un gemido ahogado escapó de mis labios al sentir el estiramiento, el leve ardor mezclándose con un placer abrumador. —No escuché si entendiste o no —su tono tenía un matiz peligroso. Antes de que pudiera responder, su mano descendió hasta mi trasero, dejando una nalgada firme que me hizo jadear. Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Qué demonios me pasaba? Jamás había sentido algo así con nadie. Había pasado años en este lugar, pero él… él era diferente. —S-sí, señor —murmuré, con la voz entrecortada. Gruñó en aprobación. —De ahora en adelante, te vas a referir a mí como "papi". Tragué saliva, sintiendo su dominio envolverme como un lazo invisible. —Sí, papi. —Buena chica. Sus manos se cerraron con fuerza alrededor de mis muslos antes de levantarme y comenzar a moverme sobre él. No había paciencia en sus movimientos, solo necesidad pura, salvaje, como si llevara demasiado tiempo sin aliviarse con una mujer. Y yo… yo estaba perdiéndome en su control, en la forma en que me hacía sentir cosas que nunca antes había experimentado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD