Con este hombre, me estaban pasando cosas impensables. Sentí mi cuerpo tensarse, la presión creciente en mi vientre explotando en una oleada de placer abrumador. Esto era un orgasmo. Uno real. Mis gemidos resonaban en la habitación, descontrolados, sin la falsedad con la que había aprendido a fingir.
Pensé que con lo rápido y fuerte que me embestía, se vendría pronto, pero no. Seguía, sin tregua, como si mi cuerpo le perteneciera por completo. De repente, sin esfuerzo, me levantó en brazos y me llevó a la cama. Me acomodé instintivamente en cuatro, sabiendo que era una de las posiciones favoritas de los hombres.
Pero él no era como los demás.
Con un solo movimiento, me giró, dejándome de espaldas contra el colchón. Su cuerpo imponente se cernió sobre mí, sus ojos oscuros perforándome como un mandato silencioso.
—Jamás me des la espalda. Siempre tienes que mirarme a los ojos. ¿Entendido?
Asentí con rapidez, pero no fue suficiente. Su palma descendió con firmeza sobre mi trasero, dejando un ardor punzante que me hizo jadear.
—No te escuché.
—Sí, papi.
Gruñó con aprobación.
—Que no se te olvide. Quiero ver esa carita mientras me la follo.
Su voz ronca y dominante me hizo estremecer. Me abrió las piernas con facilidad, posicionándose entre ellas. En un solo movimiento, se enterró en mí nuevamente, llevándome al borde de la locura. Su ritmo era implacable, cada embestida más profunda, más intensa, más desesperada.
El placer me envolvía como fuego líquido. Justo cuando pensé que no podía más, sentí su cuerpo tensarse, su control desmoronándose. Con un gruñido bajo y gutural, se liberó dentro de mí, su calor inundándome mientras su respiración entrecortada se mezclaba con la mía.
Me quedé ahí, sintiendo el peso de su cuerpo aún sobre el mío, sin comprender del todo qué era lo que acababa de ocurrir.
Algo había cambiado. Algo en mí, en él… en todo.
Se levantó con la misma imponente presencia con la que había entrado y comenzó a acomodarse la ropa. Yo, aún en la cama, lo miraba, intentando comprender lo que acababa de suceder.
—Volveré en una semana. No dejes que nadie más te toque.
Su tono era más que una orden. Era un decreto.
—Sí, papi.
Se acercó de nuevo, agarrando mi barbilla entre sus dedos firmes. Su mirada intensa atrapó la mía antes de inclinarse hacia mí. Sentí su aliento caliente a través del pasamontañas cuando rozó mis labios con los suyos en un beso que no llegaba a ser un beso.
Lo quería sentir. Sin barreras. Sin tela de por medio. Pero si él no tomaba la iniciativa, yo no tenía permitido hacerlo.
Se alejó, su mirada penetrante aún clavada en la mía antes de desaparecer por la puerta.
Me quedé ahí, en la cama desordenada, con el cuerpo todavía tembloroso. Intentando procesar. Intentando entender qué me había hecho este hombre.
Cuando finalmente me levanté, me vestí en silencio y acomodé la habitación. Al salir, noté el salón vacío. ¿Qué hora era? ¿Cuánto tiempo habíamos pasado ahí dentro?
Con el ceño fruncido, caminé hacia los dormitorios. Al entrar, Milú me miró con preocupación.
—¿Qué pasó? ¿Por qué te demoraste tanto?
—Estaba con el Capitán —respondí con naturalidad, quitándome el traje para meterme a la ducha.
El grito de Milú retumbó en la habitación.
—¿¡CON QUIÉN!?
—Baja la voz.
Pero ella no bajó la voz. Me siguió hasta el baño, cerró la puerta detrás de ella y se cruzó de brazos mientras yo dejaba que el agua caliente resbalara por mi piel.
—No puede ser. Él nunca había pedido a nadie. Es… tétrico. Cuéntame qué pasó.
—Me dijo que no podía dejar que nadie más me tocara.
—Pero eso no está permitido. —La voz de Liliana se unió desde la puerta.
—Lo sé. Yo se lo dije, y él solo respondió que no me dejara tocar, que él se encargaría de todo.
Me enjuagué rápidamente y al salir, envuelta en una toalla, encontré a Liliana mirándome boquiabierta.
—Deja el drama. —Rodé los ojos mientras sacaba ropa limpia—. Mañana esperaré a ver qué me dice el Jardinero.
Así le llamábamos al gerente cuando hablábamos a solas, porque él nos ponía nombres de flores o plantas.
Me acosté, pero cada vez que cerraba los ojos, su mirada volvía a mí.
Negra. Intensa. Dominante.
Y me pregunté, por primera vez en mucho tiempo, si esto era solo el principio… o el principio de mi fin.