El silencio dentro del auto era sofocante. Solo el ronroneo del motor llenaba el espacio, pero la verdadera tensión venía de la mirada de Dante sobre ella. Alex estaba sentada con la espalda rígida, los puños apretados sobre su regazo. Sabía que cualquier movimiento en falso podría desencadenar algo que no estaba lista para enfrentar. Dante, en cambio, parecía tranquilo. Su mano descansaba en su rodilla, su otra mano sostenía un vaso con whisky que giraba lentamente, viendo el líquido bailar con una calma inquietante. —¿Vas a quedarte callada toda la noche, Ángel? —su voz rasgó el aire entre ellos, profunda, peligrosa. Alex no respondió. Se mordió el labio con fuerza, su mente buscando una salida, un escape que sabía que no existía. Dante sonrió apenas. Como si leyera sus pensamientos

