Alex sintió un vuelco en el estómago, pero no era miedo. Era adrenalina pura. —¿Quieres que pelee con todos ellos? —preguntó, cruzándose de brazos. Dante sonrió de lado. —Quiero que aprendas a defenderte, que sientas la presión, que te acostumbres al peligro. Y quiero que todos sepan que eres mía. Alex bufó. —¿Eso último es lo que más te importa, verdad? Dante no respondió, solo le lanzó unos guantes de entrenamiento. —Póntelos. Ella los atrapó en el aire y los observó un momento antes de deslizar las manos dentro. Sabía que Dante no la subestimaba, pero tampoco iba a ponérselo fácil. —Bien, muñeca —dijo él, ajustándose los vendajes en las muñecas—. Primera regla: nunca bajes la guardia. Segunda: si caes, te levantas. Tercera… —Se acercó hasta quedar a centímetros de su rostro—. S

