Dos años después Sus zapatos lustrados, su saco con los botones apretados, y sus gemelas de diamante en las muñecas, imponían el poderío del presidente. Llevaba su corbata recta, después de tantos intentos, y en sus manos llevaba un ramo de lirios en las manos, y una sonrisa para la mujer que estaba sentada detrás del recibidor. Habían sido dos años difíciles, de adaptarse, de comprender, que el futuro no se cambiaba sin una persona dispuesta a ejercer ese cambio. No fueron semanas, ni meses, ni años sencillos, pero cuando se acercó al recibidor con esa sonrisa presidencial, la mujer detrás, la misma de todos los días, se levantó para saludarlo con cortesía. —Señor presidente —saludó—. Tan puntual como siempre. Ella bajó la mirada al ramo de flores, y sonrió igual que siempre. —Veo qu

