BIANCA
Estaba sorprendida no solo por lo que había hecho, sino por lo que Lucas estaba diciendo ahora. La tensión en el aire era innegable mientras sus ojos verdes brillaban con un destello de desafío y complicidad.
—Tienes que irte —le respondí, intentando que mi voz sonara firme, a pesar del crujido de nervios en mi estómago.
—Es en serio, Bianca —dijo él, la insistencia en su voz solo aumentó la confusión en mi cabeza.
—¡Si mis padres regresan pronto! —lo solté, tratando de justificar la urgencia.
—Están en la iglesia. No regresarán —se rió con esa confianza que siempre me había irritado y atraído a partes iguales.
—¡Sí van a regresar! Solo fueron a hacer la oración de la mañana. Regresan en cualquier momento —repliqué, sintiendo la incomodidad asomarse en mis palabras.
—Bueno, pues vamos a esperarlos aquí —sugirió, cruzando los brazos detrás de su cabeza como si estuviera tan cómodo como en su propia sala de estar.
Me levanté de la cama, sintiendo cómo la presión se acumulaba en mi pecho.
—Vete de mi casa, maldición —le dije, más furiosa conmigo misma que con él.
Una sonrisa traviesa iluminó su rostro.
—Oh Dios, mira lo que me haces hacer —exclamé, sintiéndome atrapada entre el deseo y la razón.
—Te perdono que hayas mencionado al de allá arriba porque te ves hermosa maldiciendo —contestó, su tono jocoso iluminando la habitación con una chispa de tensión que no sabía cómo manejar.
—Vamos, sal de mi habitación —insistí, todavía intentando mantener la compostura.
—Está bien —dijo, aunque sabía que no sería tan fácil.
Se levantó de la cama y comenzó a caminar hacia la puerta, pero de pronto se detuvo cerca de mí. La cercanía me hizo replantear todo lo que había creído sobre ese momento, sobre nosotros.
—Déjame la ventana o la puerta de tu habitación abierta; esta noche voy a regresar —declaró, con seguridad que casi me asustó.
Su mirada penetrante se clavó en mí, desafiándome a rechazarlo. Mi corazón palpitaba, no solo por la adrenalina del momento, sino por la anticipación de lo que significaría esa decisión.
—¿Qué harías si no lo hago? —le reté, sabiendo que había un tanto de juego en nuestras palabras.
Se inclinó un poco más cerca, su aliento cálido acariciando mi piel.
—Descubrirás lo que ocurre cuando un ángel le cierra las puertas a un demonio decidido —respondió, la provocación palpable.
Finalmente, solo pude soltar un suspiro resignado mientras observaba cómo se alejaba, dejando una mezcla de ansiedad y emoción en el aire. Sabía que esa noche, sin importar qué decidiera, las cosas nunca volverían a ser las mismas entre nosotros.