BIANCA Habíamos caminado juntos por lo que parecían horas, aunque el tiempo siempre se distorsionaba cuando estaba con Lucas. Entre los árboles del bosque, el aire se sentía más denso, casi mágico, mientras avanzábamos hacia nuestro destino. Finalmente, llegamos al mismo lugar de siempre: frente al río, en lo más profundo del bosque, donde la luz de la luna apenas se colaba entre las hojas, reflejándose en las aguas tranquilas. Lucas se giró hacia mí, su sonrisa coqueta brillaba bajo la tenue luz. Esa sonrisa suya siempre me desarmaba. Parecía tan confiado, tan despreocupado, mientras yo sentía el peso de mil pensamientos en mi pecho. —¿Qué te parece si vamos a nadar un poco? —dijo, como si fuera lo más sencillo del mundo. De inmediato, mi mente me llevó a mi miedo. El miedo al agua,

