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Aurora Valmont observaba el gran salón repleto de personas que disfrutaban de la boda con cierto desdén.
Risas. Copas chocando. Música suave. Todo demasiado perfecto.
Miró el reloj por tercera vez en menos de diez minutos, preguntándose cuánto faltaba para que aquel martirio terminara y pudiera largarse de una vez. Porque sí, su madre prácticamente la había amenazado para que asistiera en su nombre.
Soltó un suspiro al notar una figura acercarse por su izquierda.
Su tío Víctor. Lucía una sonrisa impecable… aunque Aurora sabía perfectamente que era tan falsa como su entusiasmo por la boda.
—Me sorprende verte aquí —comentó él.
Se aclaró la garganta y se colocó a su lado, imitando su postura mientras observaba al resto de invitados. Aurora no respondió. Víctor mantuvo la sonrisa, como si el silencio fuera parte de una conversación agradable.
—Dime algo —continuó—. ¿Aún crees que eres capaz de dirigir Valmont Corp?
Aurora lo miró de reojo. Sintió cómo la sangre le hervía por dentro. Se mordió la lengua para no perder la calma y tomó una copa de licor cuando un mesero pasó cerca.
—A nadie le importa más esa empresa que a mí, querido tío.
Víctor soltó una carcajada. Como si Aurora acabara de contar el mejor chiste de la noche. Ella parpadeó, girándose completamente hacia él. Las primeras arrugas comenzaban a marcar su rostro. Su traje oscuro estaba perfectamente ajustado. Elegante. Impecable.
Nadie en ese salón imaginaría que, apenas unos días atrás, toda la familia había estado reunida en un velatorio despidiendo a su abuela. Pero a nadie parecía importarle su abuela. Solo la empresa. El dinero que generaba. El poder que representaba.
Su abuela había dejado algo más que una herencia. Había dejado una guerra. Una que Aurora habría aceptado… de no ser por la condición que venía con ella.
Casarse.
Aurora aún recordaba el momento en que el abogado leyó esa parte del testamento. Había pensado que se trataba de una broma cruel. Después de todo, había pasado años diciéndole a su abuela que nunca se casaría. Que prefería dedicar su vida a trabajar. A levantar la empresa. A demostrar que era capaz de mantener Valmont Corp en pie por sí sola.
Pero su abuela, incluso después de morir… Había encontrado la forma de desafiarla.
Aurora soltó un suspiro largo y dejó caer los hombros.
—Voy a tomar un poco de aire —dijo finalmente.
Víctor arqueó una ceja.
—Espero que eso no sea una excusa para escaparte a casa.
Aurora le dedicó una sonrisa forzada.
—Ni siquiera yo soy tan descortés.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó entre los invitados. La música seguía sonando, las risas llenaban el salón y el tintinear de las copas parecía demasiado fuerte para su estado de ánimo. Necesitaba salir de ahí.
Después de recorrer un pequeño pasillo, encontró un balcón discreto en el primer piso. Era extraño: para ser un primer piso, la altura era considerable. Desde allí se veía el jardín iluminado y las luces de la ciudad a lo lejos. Aurora apoyó las manos en la baranda y dejó escapar otro suspiro.
¿Por qué su abuela había pensado que era buena idea ponerla en contra de toda la familia?
La respuesta era obvia. Porque, para ellos, Aurora nunca había sido realmente parte de la familia. Ser adoptada había sido suficiente para que todos creyeran que nada de aquella herencia le pertenecía. Pero Aurora había sido la única que mostraba verdadera gratitud hacia su abuela. La única que entendía el esfuerzo que había puesto en levantar la corporación. Por algo había logrado dirigir uno de los pisos más importantes de Valmont Corp. No había sido un regalo. Había trabajado para ello. Ahora, sin embargo, todos parecían convencidos de que merecían la dirección de la empresa. No por compromiso sino por dinero.
Aurora frunció ligeramente el ceño. Lo del matrimonio seguía pareciéndole absurdo. Si su abuela le hubiera dado otra motivación, cualquier otra… Aurora habría aceptado sin dudar. Porque, aunque no quisiera construir una vida basada en una obligación, tampoco soportaba la idea de ver la empresa desmoronarse solo porque ella se negara a cumplir aquella condición.
Estaba tan concentrada en sus pensamientos que no notó la presencia a su lado. Hasta que una mano pasó frente a su rostro. Aurora dio un pequeño salto, apartándose instintivamente hacia el lado contrario.
—Tranquila —dijo una voz masculina entre divertida y calmada.
Frente a ella había un hombre joven. Alto. Traje oscuro perfectamente ajustado. Su postura era relajada, segura, como si el mundo entero fuera simplemente un lugar cómodo para él. Pero lo que más llamó la atención de Aurora fue su sonrisa. Demasiado blanca. Demasiado… atractiva.
Tremendamente sexy.
Aurora apartó la mirada casi de inmediato. Sus facciones eran marcadas, varoniles, el tipo de rostro que resultaba difícil de ignorar. Y aun así, algo en la forma en que sonreía la irritaba.
—Parecías muy concentrada —comentó él con ligereza—. ¿Algo interesante en qué pensar?
Aurora lo miró con frialdad.
—No es asunto suyo.
La sonrisa del hombre no desapareció. Al contrario. Parecía ligeramente más divertida.
Aurora resopló, girándose sobre sus talones.
—Buenas noches.
Comenzó a caminar de regreso hacia el interior del salón. No tenía intención de quedarse allí con un desconocido que parecía disfrutar demasiado de molestarla. Pero no llegó muy lejos. Una mano grande rodeó su muñeca. Aurora se detuvo en seco. Bajó la mirada, sorprendida. La mano que la sujetaba era enorme comparada con su muñeca. Firme, cálida. El contacto la puso inexplicablemente nerviosa.
—No es necesario que te vayas —dijo él con calma—. Puedes quedarte. No tengo problema en ignorarte.
Aurora levantó la mirada lentamente hacia él. Lo observó en silencio durante unos segundos, sin decir nada. Fue entonces cuando el hombre pareció darse cuenta de que aún la estaba sujetando. Carraspeó con cierta incomodidad y soltó su muñeca de inmediato.
—Lo siento.
Desvió la mirada hacia el cielo nocturno, como si aquello fuera lo más interesante del mundo. Aurora dudó un momento. Luego regresó caminando hasta el barandal donde había estado antes, quedando a su lado. El silencio se instaló entre ellos.
Por un momento ninguno habló. Aurora lo observó de reojo mientras él miraba las estrellas.
Era… demasiado atractivo. Nunca había visto a alguien así en las reuniones de su familia. No con esa presencia. No con esa seguridad tranquila. Sus facciones eran marcadas, masculinas de una manera que resultaba difícil de olvidar. Estaba segura de que nunca lo olvidaría.
Pero tampoco es como si Aurora asistiera a muchas de esas fiestas. Normalmente llegaba, entregaba el regalo… y se marchaba.
El hombre soltó una pequeña risa. Se giró hacia ella.
—Sabes —dijo—. Hay cosas más interesantes que mirarme a mí.
Aurora rodó los ojos de inmediato y volvió la vista hacia el jardín.
—No te emociones.
Su voz sonó más seca de lo que pretendía. El silencio regresó unos segundos más. Hasta que él habló otra vez.
—Es curioso.
Aurora lo miró.
—¿Qué cosa?
—Nunca te había visto antes.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Pensaba exactamente lo mismo.
El hombre se giró completamente hacia ella. Luego extendió su mano.
—Gael.
Aurora lo miró por un momento. Dudó. Pero finalmente tomó su mano.
—Aurora.
El gesto siguiente la tomó completamente por sorpresa.
Gael inclinó ligeramente la cabeza y llevó su mano hacia sus labios, rozando con suavidad la piel de sus nudillos en un gesto que parecía sacado de otra época. Aurora sintió un leve cosquilleo recorrerle el brazo. Cuando él soltó su mano, Aurora tardó un segundo en reaccionar.
—No sabía que todavía existían hombres que hicieran eso —murmuró, intentando sonar indiferente.
Gael sonrió apenas.
—Depende de la ocasión.
Un silencio breve cayó entre ambos.
Desde el interior del salón llegó el sonido de aplausos y música más fuerte. Probablemente los novios estaban anunciando algo nuevamente. Aurora miró hacia la puerta del balcón.
—Debería volver —dijo finalmente.
Gael asintió con tranquilidad.
—Entonces no te detendré.
Aurora dudó un momento antes de darse la vuelta. Caminó hacia el interior del salón intentando ignorar la extraña sensación que aquel encuentro le había dejado. Cuando entró, el ruido de la fiesta volvió a envolverla. Las conversaciones, las risas, el sonido de las copas chocando. Buscó a alguien familiar entre la multitud, pero en su lugar escuchó a dos hombres hablar cerca de la barra.
—Pensé que llegaría antes —dijo uno de ellos.
—Es normal —respondió el otro—. Después de todo, solo es quien quiere comprar Valmont Corp.
Aurora se detuvo. Su corazón dio un pequeño salto.
¿Quiere comprar… que?
—¿El inversionista? —preguntó el primero.
—Sí. Gael Salvatore.
Aurora sintió que el estómago se le tensaba. Lentamente levantó la mirada hacia la entrada principal del salón. Las puertas se abrieron en ese momento. Y el mismo hombre que minutos antes había besado su mano en el balcón… acababa de entrar. Como si aquella fuera la primera vez que pisaba la fiesta.
Aurora lo observó en silencio. Por un instante sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
No podía ser.
Aurora apretó la mandíbula mientras lo observaba saludar con naturalidad a varios invitados que se acercaban a él. Sonreía con facilidad. Seguro. Tranquilo. Como si no estuviera caminando directamente hacia el centro de una guerra familiar. Aurora sintió un nudo formarse en su estómago.
No puedo permitírselo, pensó. No después de todo lo que había hecho. No después de todo lo que su abuela había construido. Y definitivamente no después de ese maldito testamento.