No debería estar haciendo esto, no debería estar haciendo esto, no debería estar haciendo esto.
Y, sin embargo, mis dedos siguen escribiendo el nombre de Satanás en la barra de búsqueda de Google y haciendo clic en la pequeña lupa de la derecha. Miro a mi alrededor como si él pudiera ver lo que estoy haciendo bajo mis sábanas en la oscuridad y comodidad de mi propia habitación. Conociéndole, probablemente pueda con sus pequeños poderes malignos.
Hago clic en el primer enlace disponible en la parte superior de mi búsqueda y, como era de esperar, es un artículo sobre cómo Hudson se lesionó el hombro y perdió sus oportunidades con la NFL. Ocurrió solo un año después de que le eligieran para jugar como receptor en los Minnesota Vikings.
Hudson estaba arrasando en el equipo, era el nuevo chico de oro lleno de talento y potencial y prometía llegar a lo más alto algún día. Hudson había sido reclutado nada más salir de la universidad y, a pesar de ser el más joven de su equipo, era evidente que poseía una habilidad natural para este deporte. Muchas de sus portadas estaban relacionadas con su cuerpo y recuerdo pasar por el estado de Minnesota y ver sus músculos gloriosamente tensos y rasgados en cada puesto. Era nuestro héroe local.
Y entonces, un día en que los Minnesota Vikings se enfrentaban a los Chicago Bears, Hudson fue golpeado por un guardia izquierdo y el impacto contra el suelo fue lo bastante fuerte como para dislocarle el hombro. Ese día es tan vívido para mí, incluso ahora. Toda nuestra ciudad natal estaba viendo el partido, en todos los bares deportivos y en los bares normales lo retransmitían. Yo había estado viéndolo en secreto desde la cocina y fingiendo que no me importaba el partido, pero ni siquiera yo pude contener mi grito ahogado cuando Hudson cayó al suelo. Incluso en televisión parecía doloroso. Y entonces la cámara enfocó a Hudson, que estaba en el suelo y se agarraba el brazo con fuerza. Un compañero de equipo le quitó el casco y recuerdo cómo se me hizo un nudo en la garganta al ver la agonía palpable en su rostro, con la piel enrojecida y sudorosa y los ojos llenos de lágrimas no derramadas. Lo sacaron corriendo del campo y entonces todo el partido se fue al garete. Los Vikings perdieron los playoffs, Hudson tuvo que pasar por el quirófano por una rotura de ligamentos y el equipo fracasó en su clasificación para la Super Bowl.
Todos los ojos estaban puestos en Hudson después de aquello. Todos los medios de comunicación siguieron de cerca su recuperación mientras trabajaba con un fisioterapeuta. Pasaron unos meses agotadores hasta que recibimos la noticia de que Hudson sufría una inestabilidad permanente en el hombro y no podría volver a jugar profesionalmente.
Leer el artículo y retrotraerme a aquel momento de hace ocho años hace que el pecho se me retuerza de dolor. Siento un destello de culpabilidad por haberme burlado de su lesión la primera noche que nos vimos después de más de una década. Y entonces me colé en sus momentos sensuales y armé un nuevo revuelo. No he sido muy buena vecina, ¿verdad? ¿Y todo porque todavía estoy un poco amargada por mi amistad perdida con él?
Cierro el portátil con un suspiro y me pregunto si puedo hacer algo. Un gesto amable o algo así. Resisto las ganas de vomitar ante la sola perspectiva.
Al final me decido por una idea bastante decente. Nada demasiado grande ni demasiado pequeño. Arranco un trozo de papel del cuaderno de mi mesilla de noche y garabateo las palabras. Y por garabatear me refiero a hacer las palabras apenas inteligibles para que él no sepa qué demonios estoy diciendo y yo no tenga que hacer lo que me estoy obligando a hacer. Luego hago el corto trayecto entre nuestros apartamentos y deslizo la nota por su buzón. En cuanto sale, me pongo en marcha y cierro la puerta tras de mí. Esto ya es bastante duro. No necesito que Hudson me descubra en el acto y se regodee en mi cara.
Mi teléfono zumba en la encimera de la cocina y lo cojo, agradecida por la distracción. Contesto a la llamada con una sonrisa y, un momento después, aparecen las caras de mis padres, aplastadas mientras ambos intentan encajar en el encuadre. Adorables.
—¡Hola, chicos!— Me dejo caer en el sofá. —¿Qué tal?
—Ya era hora de que respondieras a nuestras llamadas—, me regaña mamá inmediatamente. De repente se acerca demasiado a la pantalla y lo único que veo es la esquina de sus gafas. —¿Esta cosa funciona bien?
La punta de la nariz de papá aparece en la esquina superior y puedo ver hasta su orificio nasal.
—¿Cariño? Cariño, comprueba el volumen, Rhonda.
—¿Es este?— La pantalla se apaga de repente.
—¿Qué has hecho? No, no, apagaste el teléfono. Ese es el botón de encendido.
—¿Por qué lo harían exactamente igual que el botón de volumen? Es ridículo.
—Tecnología, te digo. ¿Cómo vuelves a encender esta cosa?
—Estoy presionando. No funciona. ¡Gerald! Ayúdame.
—Chicos—, trato de llamar por encima de sus discusiones. —El botón de encendido está en el lado derecho del teléfono. Los botones de volumen están a la izquierda. Hay dos, ¿verdad? Golpea el lado donde sólo hay uno.
Hay más discusiones y luego los dos vuelven a la pantalla. Bueno, la mayoría. Sigue siendo el ojo de mamá y la fosa nasal de papá.
—¡Ahí están!— Papá aplaude. — Puedes. Oír. ¿Me?
Oh, Dios.
—Sí, papá. Te oigo bien.
Mamá grita de repente.
—¡Ahh! ¿Qué he hecho? ¿Qué ha sido eso? ¿He hecho una foto? Siena, está mostrando la foto y tu cara al mismo tiempo. ¡Creo que he roto el teléfono!
—¡Mamá, cálmate! Hiciste una captura de pantalla.
—¡No he hecho ninguna foto! ¿Por qué no desaparece la foto?
—Solo deslízala hacia la izquierda.
—¿Qué quiere decir con deslizar?— Las dos fosas nasales de papá entran en el encuadre. —Siena, cariño. ¿Puedes. Todavía. Oírme?
Dios mío. Me golpeo la cara con la mano. Cualquiera diría que acaban de descubrir los teléfonos o algo así. Les enseñé a usar FaceTime hace un año y cada llamada sigue siendo así.
—Mamá, mírame—. Les muestro mi dedo y lo muevo a un lado. —Eso es todo lo que tienes que hacer. Haz clic en la foto y desliza el dedo así.
Hay una pausa y luego:
—¡Siena! ¿Adónde ha ido? Era una foto muy bonita. ¿Puedes devolverla?
—Se guarda automáticamente en tu álbum de fotos.
—¿El de arriba? ¡Gerald! ¿No es increíble?
—No, mamá. El álbum de fotos de tu teléfono.
Papá suelta una risita.
—Rhonda, creo que es el álbum que tiene esa foto traviesa que me hiciste.
—¡Papá! Déjalo ya. Eso es TMI.
—¿Qué es un TMI?
—¡He oído hablar de eso!— Mamá interviene antes de que pueda responder. —Totalmente, imbéciles, idiotas.
—¡Siena!— Papá regaña. —No llames idiota a tu padre. ¿Qué te pasa?
Jesús, María y José. Cierro los ojos y cuento hasta tres. Son tus padres pase lo que pase, son tus padres pase lo que pase, son tus padres pase lo que pase.
—Hudson vive enfrente de mí—, suelto, sabiendo que eso les distraerá. No puedo creer que mis únicas opciones fueran seguir con ese festival de follar o admitir lo único que había planeado ocultarles. Pero funciona y mamá y papá se quedan boquiabiertos, con las caras juntas de nuevo mientras me miran con estrellas en los ojos.
—¡Bueno, lo haré!— ulula mamá. —¡Esto es el destino!
—Siempre me gustó ese chico—, asiente papá. —¿Cómo está ese hombro suyo?
—¡Siena! ¿Todavía le quieres?
—¡Mamá!— Me quedo boquiabierta. —¡Nunca le he querido!
—La pequeñaja estaba prendada—, añade papá con nostalgia, ignorándome. —¿Recuerdas cuando se sentaba en los escalones de nuestra entrada para poder pillarle 'accidentalmente' en sus carreras? ¿No era adorable, Rhonda?
—¡Mi bebé me va a dar nietos!
Oh. Mi. j***r. Dime que esto no está pasando. Balbuceo, totalmente perdida.
—¿Qué os pasa?
—Hablemos con el muchacho fornido—, declara papá con un horrible intento de acento británico. —Hace años que no viene a Minnesota. Le echamos de menos.
—¡No haré tal cosa! Apenas he tenido una conversación decente con él.
Mamá jadea de forma dramática.
—Siena, eso sí que es cruel. No me digas que seguís discutiendo.
—No lo están—, me defiendo con culpa.
—Rhonda, así es como ligan los chicos hoy en día. He oído que tiene algo que ver con la tensión s****l.
—¿Así que Hudson y tú tenéis tensión s****l? ¡Lo sabía!
Me hundo en el sofá, tapándome la cara ardiendo. Mátame. Mátame ya.
—Gerald, la avergonzamos. Prometiste que íbamos a ser los padres guays de esta llamada.
—¡Cariño, lo estoy intentando! ¡He mencionado el sexo!
—¡Chicos!— Estallé. Solo he estado lejos de mis padres durante dos semanas y de alguna manera he olvidado lo abrumadores que son. Todos mis amigos siempre los han adorado y estoy de acuerdo en que mis padres son cojonudos, pero cuando son tus padres... eso es otra historia.
—¿Qué tal el hospital?— pregunto en otro intento de cambiar de tema. ¿He mencionado, ya que mis padres son médicos? Papá es cirujano general y mamá es enfermera quirúrgica, y los dos han trabajado juntos durante años. Los dos son ridículamente listos y despistados a la vez, y no tengo ni idea de cómo funciona, pero así son ellos.
—Hoy no hay famosos—, me responde papá como yo esperaba.
Desde que trató al famoso boxeador Asher Pryce de una herida de bala, ha estado presumiendo de lo bueno que es y de lo —solicitado— que está. Lo cual es una total mentira, por supuesto. Papá lo trató hace tres años, mucho antes de que se hiciera famoso, así que no tiene ninguna credibilidad. Pero se lo permitimos porque es bastante guay y papá se va a jubilar pronto y considera ese momento un momento culminante de su carrera.
La conversación toma el rumbo que yo pretendía, por fin, y escucho a mis padres con una pequeña sonrisa en la cara. Dios, echo tanto de menos a estos locos idiotas. No es la primera vez que vivo sin ellos, pero sí la primera que no estoy a diez minutos o media hora en coche. Echo de menos Minnesota más de lo que pensaba. Pero la vida aquí ha sido... lo suficientemente interesante como para mantenerme ocupada.
Mis ojos buscan la puerta principal, preguntándome si la nota habrá llegado a su dueño. Luego me lo quito de la cabeza porque me prometí que no le daría mucha importancia. Hudson Rey no puede volver a ser un gran problema para mí.