El negocio va... de maravilla hoy. Sé que tres clientes en cuatro horas no es lo mejor, pero comparado con el día de la inauguración, soy prácticamente una celebridad. Siena's Sweets lleva abierta una semana y sé que tengo un montón de trabajo que hacer antes de que esta pastelería alcance el éxito que quiero, pero es un trabajo que estoy dispuesta a hacer. Algún día lo conseguiré. Estoy segura de que lo haré.
Aun así, soy humano, así que mientras calculo mi saldo bancario actual y el dinero necesario para mantener esta tienda, no puedo evitar sentir un destello de nerviosismo. Estoy caminando sobre una delgada línea. Una línea muy fina. Si no consigo un montón de clientes y pronto voy a estar en un gran problema. Una cosa es empezar tu propio negocio, pero mantenerlo es algo totalmente distinto. Sobre todo cuando tienes una imagen en la cabeza de cómo esperas que sea tu negocio y la realidad no se parece en nada a eso. Es algo que te destroza el alma y es difícil no dudar de ti mismo. Es difícil alejar los pensamientos de fracaso.
Me quito la calculadora y me digo que ya es suficiente. Solo ha pasado una semana. Los propietarios de pequeñas empresas siempre hablan de que el primer año es el más duro. Llevo en esto la friolera de nueve días, así que tengo que aguantarme y prepararme para que las cosas vayan a peor. Esa es la realidad. Pero el año que viene por estas fechas toda esta panadería estará llena de clientes felices y alimentados. Me quedaré sin envases para entregas personales e incluso puede que tenga personal de cocina aparte de mí. Sí. Lo sé. Un día, sin embargo. Pero no hoy ni ninguno de los próximos días.
Abro mi teléfono, ya que no hay nadie aquí de todos modos, y navego por la cuenta de i********: de la panadería. Entonces me doy cuenta de que ya tengo setecientos cincuenta seguidores y sonrío, hago una captura de pantalla y la subo a mi historia. Pongo un pie de foto de agradecimiento y dejo que se cargue. Pero en cuanto hago clic en Actualizar, de repente tengo setecientos cuarenta y nueve seguidores. Se me cae la mandíbula. ¿Qué gilipollas no quiere verme ganar nunca? Borro la maldita historia con unas cuantas palabras elegidas y vuelvo a deshacerme del teléfono. Eso me pasa por haberme puesto a ello desde el principio. Fracaso.
Cuando miro el reloj me doy cuenta de que aún me quedan cuatro horas de turno. Me golpeo la cabeza contra el mostrador, acompañada de un gemido miserable. Odio que este sea el trabajo de mis sueños y que sea tan infeliz. No debería ser así, ¿verdad? La repostería me hace tan, tan feliz. Me recuerda a mi infancia y tuve una infancia realmente genial. Los problemas de peso siempre estuvieron ahí, sí, pero mi infancia fue mucho antes de darme cuenta de que el mundo estaba lleno de gilipollas y de verme a mí misma como algo que la sociedad nunca aceptaría. Para mí, era como cualquier otra persona. Yo era Siena, y a Siena siempre le gustó la repostería. Eran tiempos más felices y sencillos.
—A la mierda—murmuro, cogiendo mi delantal y atándomelo a la cintura. Hornear es lo que me hace feliz, así que eso es lo que voy a hacer. Y hornearé algo que no esté a la venta en la panadería. Probar nuevas recetas siempre me emociona y no me vendría mal un poco de emoción ahora mismo.
Mi mirada recorre la cocina y trato de recordarme a mí misma las cosas por las que debería estar agradecida. Esta cocina es de última generación y he invertido una gran parte de mis ahorros en ella. Los electrodomésticos de acero son el sueño húmedo de cualquier panadero, desde el horno doble hasta la batidora, pasando por el espacioso frigorífico en el que literalmente cabrían dos c*******s sin problema. Me emocioné mucho cuando esta cocina cobró vida tal y como la imaginaba. Ahora es mía y puedo usarla cuando quiera para hacer lo que quiera, así que ¿por qué demonios estaba enfurruñada a medio metro de ella dándole la espalda? No he usado esta cocina lo suficiente como se merece. Es hora de superar mi fiesta de lástima y apreciar lo que tengo delante.
Conecto mi teléfono al sistema de altavoces de la panadería y pongo a todo volumen California Girls de Katy Perry. Cuando decidí por primera vez que mi mudanza sería a California, me prometí a mí misma que pondría esta canción porque finalmente se aplicaría a mí. Sí, Katy Perry. Soy una California Girl y soy inolvidable. No sé si soy lo suficientemente caliente como para derretir el polo de un hombre, pero me gustaría pensar que al menos podría descongelarlo.
Me tomo la libertad de poner la canción en repeat, ya que soy la única aquí dentro y nadie puede juzgarme por escuchar la misma canción quince veces seguidas. Es decir, no exagero en absoluto porque consigo hacer una tanda de magdalenas y glaseado y la canción sigue en bucle. Aunque en algún momento un hombre gritó —¡cambia la puta canción!—, a lo que yo le hice el gesto del dedo corazón desde mi ventana. No es bueno para el negocio, pero se lo merecía y creo que Katy Perry se habría sentido orgullosa. También podría haber subido un poco el volumen. Demándame.
Hay que reconocer que lo llevo demasiado lejos. Cuando tengo una docena de magdalenas glaseadas y listas para servir, cojo dos y me las pongo en las tetas como Katy Perry en el vídeo musical. Luego las meneo y grito:
—¡SEXO! ¡EN LA PLAYA!
—¿Siena?
—¡Ahhh!— Lanzo las magdalenas al aire instintivamente. Lo único que puedo hacer es ver con pavor cómo Hudson y el hombre con el que está siguen con la mirada las magdalenas en el aire, inclinando la cabeza hacia arriba y volviendo a bajar simultáneamente como si estuviera ensayado. La cocina no es muy visible desde el mostrador, pero no hay duda de que el glaseado salpica cuando las magdalenas caen al suelo. Al menos no pueden ver las motas de rosa que ahora decoran mis zapatos.
—¿Qué te han hecho esas pobres magdalenas?—pregunta con una sonrisa el hombre que está al lado de Hudson, cuyos ojos brillan con evidente diversión.
Mi risa suena dolorida. Levanto un dedo y me tiro al suelo un instante después, arrastrándome hasta un paño de cocina e insultándome durante todo el camino.
Fabuloso. Fantástico. Dedo mi punto G fantástico.
Lo último que necesitaba era hacer el ridículo delante de Hudson después de nuestras dos últimas conversaciones desastrosas y eso es exactamente lo que hice. Hudson tres. Siena cero.
Me limpio los zapatos y el suelo lo más rápido que puedo antes de tirar la toalla. Luego hago una rápida comprobación de olfato. Quiero decir, Hudson ya tiene suficiente munición contra mí y no necesito hacerle más favores. Además, su amiga estaba ridículamente buena y yo he causado una primera impresión poco estelar, así que es hora de dar lo mejor de mí. Me desabrocho el botón superior de la blusa, me sacudo el pelo y me pongo en pie con toda la elegancia que puedo. Muevo las caderas mientras me dirijo al mostrador y esbozo una sonrisa que no siento, intentando no parecer el manojo de nervios que soy.
—Has venido de verdad—consigo decir apretando los dientes. Porque, ¿en serio? La única vez en mi vida que no quería que Hudson me escuchara y lo hace. Vive para hacerme la vida imposible, ese estúpido. Lo sé.
Una de sus cejas se levanta ante la expresión de mi cara.
—Por tu invitación. Por cierto, esa nota era un desastre. Yo escribía mejor que eso en el parvulario.
—Y aun así conseguiste leer lo que ponía—murmuro en voz baja antes de mirar al hombre que está a su lado. Mi sonrisa cambia a una más genuina. —Hola. Soy Siena.
—Soy Sawyer—. Su sonrisa con hoyuelos es adorable. Le doy la mano cuando me la tiende. —¿Siena como en Siena's Sweets?
—La misma—. Me señalo a mí misma. Sawyer me sigue con la mirada y no hay duda de que me aprecia. Pero es halagador porque no deja que su mirada se prolongue demasiado y su rostro está lleno de amabilidad cuando vuelve a mirarme.
—Si usted es el panadero aquí, entonces definitivamente tengo que probar sus productos.
Mis labios se crispan. Una insinuación nada sutil. Hudson no está muy impresionado y dice algo en voz baja con un tono áspero que hace que Sawyer ponga los ojos en blanco. Pero da un paso atrás para que Hudson se acerque en su lugar. Me preparo.
—Tu nota decía que tenías que darme algo—. Hudson va directo al grano. Me viene bien.
—Bien.—Cojo el paquete que contiene la media docena de magdalenas que he preparado. Se lo tiendo y fuerzo las palabras. Tengo que admitir que me dan arcadas, pero me las apaño. —Son para ti.
Hudson arquea una ceja.
—¿Por qué? ¿Qué les has puesto?
—¡Eh!— Frunzo el ceño, inmensamente ofendida. —Esto es una ofrenda de paz, colega. Por cuenta de la casa también. No te mataría ser amable al respecto.
—Genial. Sawyer se abalanza y coge uno. Pregunta alrededor de un bocado, —Puedo tener esto, ¿verdad?
—Considerando que está en tu boca no voy a pedir que me lo devuelvas.
No es que pudiera si quisiera. Ya ha engullido toda la maldita cosa y entra por un segundo. Estoy segura de que murmura que es mejor que me la chupen, pero no estoy segura. Vuelvo a mirar a Hudson expectante.
—¿Y bien?
—¿Cuál es el truco?— Mira las magdalenas que quedan como si estuvieran a punto de convertirse en serpientes y morderle los huevos. Dame un respiro.
—No hay trampa. Solo una ofrenda de paz, como dije. No hay razón para ser menos que civilizados el uno con el otro, ¿verdad? Nuestro pasado es pasado. Sin resentimientos.
—¿Os conocíais?— Sawyer pregunta con evidente sorpresa. —¿Salisteis juntos?
—¡No!—, espetamos Hudson y yo al mismo tiempo. Nos miramos el uno al otro, fulminándonos con la mirada, y luego volvemos a apartarla rápidamente. Hudson pone una cara que sugiere que acaba de comer mierda. No puedo estar muy lejos con la forma en que siento mi cara tirando de asco. Satán y yo, saliendo. Hay más posibilidades de que los cerdos vuelen.
—O-kay.— Sawyer nos mira con recelo. —Claramente, toqué un nervio ahí. Maldición, jefe. Y yo que pensaba que eras un c*****o sin emociones. Me alegro de haberme unido a ti hoy.
—¿Jefe?— Repito—¿Es tu jefe? Pobrecito. Toma otra, cariño.