Isla no encendió la luz al entrar en su apartamento.
No sabía por qué; solo que su cuerpo se lo pedía así: moverse despacio, escuchar primero, sentir el espacio antes de ocuparlo. Cerró la puerta con cuidado. El clic del pestillo sonó más fuerte de lo que debería en el silencio.
El lugar olía distinto.
No era un olor concreto — no era humo, ni perfume, ni comida — era… ajeno. Como si el aire hubiera sido desplazado por otra respiración.
Dejó el bolso sobre la consola sin hacer ruido. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra: la línea pálida de la ciudad entrando por los ventanales, el contorno del sofá, el reflejo apagado del vidrio de la mesa.
Todo parecía igual.
Y sin embargo, no lo era.
Avanzó un paso más y entonces lo vio.
El cuadro sobre la pared — una fotografía abstracta que había comprado en un viaje y que colgaba ligeramente torcida a propósito — estaba ahora perfectamente recta.
Isla sintió algo frío recorrerle el estómago.
Ella nunca la dejaba recta.
No se movió. No respiró. El apartamento se volvió enorme, lleno de posibles sombras. La idea no era que alguien hubiera robado algo. Era peor: alguien había estado allí… y había querido que ella lo supiera.
Fue a la cocina. Abrió un cajón. El cuchillo grande seguía en su sitio. Cerró.
Avanzó hacia el dormitorio.
La puerta estaba entornada.
Isla estaba segura de haberla cerrado.
Empujó apenas.
Nada.
La cama intacta. Las sábanas estiradas. La lámpara apagada.
Entonces lo vio.
Un teléfono.
No el suyo.
Uno n***o, delgado, apoyado exactamente en el centro de la cama, como una ofrenda.
Se acercó despacio.
No lo tocó de inmediato. Lo miró como se mira algo que puede explotar.
Finalmente lo tomó.
La pantalla se encendió sola.
Un mensaje.
¿Ya estás en casa?
No había número. No había nombre.
Isla tragó saliva y escribió:
—¿Quién es?
La respuesta llegó casi de inmediato.
—Alguien que quiere ayudarte.—Y alguien que quiere asegurarse de que entiendas.
Isla sintió una mezcla absurda de rabia y algo peor: la sensación de ser vista.
—¿Entraste en mi casa?
Tres puntos. Pausa.
—Sí.
No una disculpa. No una explicación.
Solo eso.
—No me gusta.
—Lo sé.
El pulgar de Isla tembló apenas.
—Entonces no lo hagas otra vez.
Otra pausa.
—No prometas cosas que no puedes controlar.
Isla cerró los ojos un segundo.
—Él no fue el primero que lo intentó.
Ella frunció el ceño.
—¿Quién?
—El que murió.
El aire se volvió espeso.
—No sabes nada de ese caso.
—Sé lo suficiente.
Isla se sentó en el borde de la cama sin darse cuenta.
—¿Qué quieres?
La respuesta tardó más.
—Quiero que aceptes defenderlo.—Y quiero que confíes en mí.
Isla soltó una risa breve, seca.
—Eso es gracioso.
—No intento ser gracioso.
Silencio.
—¿Te asusté?
—¿Eso te importa?
—Me importa lo suficiente como para no querer hacerlo otra vez.—Pero lo suficiente como para hacerlo si tengo que hacerlo.
Isla respiró hondo.
—¿Quién eres?
Los puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
—Alguien que no puede permitirse perderte.
El pulso de Isla se aceleró.
—No me conoces.
—Te conozco más de lo que crees.
—Eso no es tranquilizador.
—No intento tranquilizarte.—Intento quedarme.
Isla apretó el teléfono.
—Dame una razón para no llamar a la policía ahora mismo.
—Porque él muere mañana si no lo haces.
Isla se puso de pie.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo estuve allí cuando decidieron que moriría.
El silencio que siguió fue pesado.
—¿Estás de su lado o del mío?
La respuesta tardó.
—Esa es la pregunta correcta.
—Entonces respóndela.
Los puntos aparecieron. Se borraron.
La pantalla se oscureció.
Una última vibración.
—Todavía no.
Isla se quedó sola con un objeto que no era suyo, una amenaza sin rostro y una atracción sin nombre.
Y comprendió que la tormenta no había empezado afuera.
Había empezado dentro.