Capítulo 3 — El pulso

331 Words
Dante siempre sabía cuándo Isla estaba pensando en él. No por algo místico. Porque la gente, cuando piensa en alguien con suficiente intensidad, se vuelve predecible. La pantalla seguía negra. Eso era bueno. Si hubiera respondido de inmediato, habría sido miedo puro. Impulso. Huida. El silencio era lucha. Y Isla Navarro luchaba. Dante se apoyó contra la pared fría de la sala de visitas, los brazos cruzados, el cuerpo quieto. El lugar tenía su propio pulso: pasos, llaves, metal, voces bajas. Todo repetición. Menos ella. Ella era interrupción. No por su belleza — aunque la tenía — sino por su manera de no moverse como el resto. Isla ocupaba el espacio como si lo reclamara. Eso era raro. Eso era peligroso. Eso era irresistible. La pantalla vibró. Dante esperó un segundo antes de mirar. —¿Estás jugando conmigo? Sonrió. —Estoy siendo honesto.—Eso suele parecer un juego. Ella tardó. —No me gusta no saber con quién hablo. —Eso tampoco te gusta en un juicio. —No compares esto con un juicio. —Tienes razón. Esto es más personal. —¿Por qué yo? —Porque eres la única que puede entrar donde yo no puedo. —¿Dónde? —En ti. Silencio. —Eso es arrogante. —Sí. —Y peligroso. —Sí. —Y no es una respuesta. —También es verdad. —¿Qué quieres de mí, Dante? —Que no me abandones antes de entender. —Eso no es justo. —Nunca dije que lo fuera. —¿Estás del lado del hombre que eres o del crimen que te trajo ahí? Dante respiró hondo. —Esa es la pregunta que nadie me hace. —Te la estoy haciendo yo. —Entonces eso te hace la persona correcta. Isla no respondió. Dante dejó el teléfono. Había algo más en juego ahora. No solo su libertad. Sino la posibilidad de que alguien lo mirara sin decidir aún si merecía caer. Y eso era adictivo.
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