8.
Una tarde llegaron dos mujeres sumamente elegantes, venían a verle a él. Tenían rasgos parecidos, asumí que eran parte de la familia Kowalski. Una tenía el pelo más brilloso que la otra, pero ella, en cambio era la más bonita de las dos. Ella tenía una forma de hablar tan refinado, y elegante, eso me descolocó, y comencé a sentir celos por ellas.
—Primo, permíteme colaborarte con la pequeña, está en riesgo tu buen nombre…
—No puede interesar menos, no me dejo llevar por las habladurías —les dijo Aleksander, sin mostrar interés por continuar con el tema. Pero, lo que no sabía él, era que ellas estaban ahí por pedido de Alexka, su madre, que había escuchado sobre los rumores.
La del pelo brilloso dijo:
—Lo sabemos, pero piensa en el futuro… si un día llegaras a conocer a una mujer que tenga tus altos estándares… podría ser perjudicial… Además… trae un tema…
—Nada de eso —dijo él, al momento de sorber el café tinto.
En ese momento, la que era más bonita, habló:
—Al menos deja que yo me quede por un tiempo para que se disipen… y las habladurías cedan.
La idea parecía agradarle a Aleksander. Pero no a mí.
—Siempre eres bienvenida, querida, pero no te agobies si en este tiempo no me ves. Estoy de lleno con un proyecto y no salgo de mi estudio.
—No será un problema por mí. Quiero ver al pequeño Estefan… sé que viene a visitarte a menudo.
—Verás a Estefan a los alrededores de la piscina. Tiene algo con ese lugar… supongo que le gusta… Ahora que lo pienso, a Camila le hará bien tu presencia.
Pero ella ignoró su último comentario.
—Me gustaría repetir tanto nuestras salidas —dijo ella, y yo imaginé todo lo peor. Aleksander no aceptaría su invitación. Estaba convencida
—Puedes contar con eso, querida. El mirador de la capilla es la mejor de toda Buenos Aires.
Al escucharle corrí a mi recámara a encerrarme. La odiaba a ella, y a Aleksander lo detestaba.
—Señorita, el señor la espera para el almuerzo.
—Dile que no iré…
—Eso es imposible, debe estar presente. La espera.
—No me importa, invéntate algo…
La pobre señora Clara soltaba improperios tan bajos que me daba risa, pero en ese momento no tenía ganas de verlos.
Luego de un rato, me escabullí hasta la cocina y me llevé una tijera. Iba a cortarme mis canelones que tanto le gustaban a él.
En ese momento entró a mi recámara. Tanta fue mi sorpresa, que al verle dejé que se me cayeran de la mano.
—¿Ibas a cortarlas? Con lo que me encantan…
Le miré sin decir ni pio.
En cambio, él, que parecía no entender nada de lo que me ocurría se sentó en mi cama.
Fui con él.
—Clara me dijo que te sentías enferma…
—Sí, algo así…
—¿Seguro comiste muchos budines…
—No, pero ya quisiera… en realidad la señora Clara apenas y me deja probarlos… yo le dije que me dabas permiso, pero insiste que engordaré.
—Eres una golosa… y como bien lo sé, te traje un paquete de turrones, pensaba dártelos en pascua, pero ahora me alegraría que los pruebes.
Me entusiasmé al escucharle. Aleksander se dio cuenta.
—Veo que te sientes mejor, ¿te apetece que vayamos a comer? Tenemos unas invitadas que esperan por nosotros.
—¿Quiénes son?
—Ernestina y Lydia… son unas primas lejanas, son agradables y se mueren por conocerte.
Me tomó de la mano y agregó.
—Sabes que eres mi favorita… No hay forma de que pueda alguien cambiar eso.
Me sonrojé. Él sabía que estaba celosa de ellas.