9.
Ernestina era la más bonita, pero la del pelo hermoso era Lydia, y ambas eran amables, o al menos así se mostraban delante de Aleksander. Saludé y ocupé mi lugar habitual en la mesa.
—Es una preciosura… —dijo, la que se llamaba Ernestina, mientras que Lydia me miraba con discreción.
—Tiene ciertos rasgos hindúes… ¿Será que proviene de algún país del sur de Asia?
Aleksander se limitó a sonreír. Alzó la copa y brindaron. Yo, que tenía apenas catorce, alcé mi vaso de agua y brindé con ellos.
Siempre bajo la mirada atenta de la señora Clara.
—Nuestro padre te ha invitado a pasar las fiestas de fin de año. No sé si la pequeña podrá resistir el frío.
Quise decir que sí, que, en mi casa, cuando llegaba el invierno salía a jugar sin calzados, pero me mordí la lengua. Aleksander me miró y entendía lo que pasaba en mi cabeza.
—Desde luego —dijo él—, que le encantará conocer Tierra de fuego, ¿no es así, Camila?
Afirmé con la cabeza, ya que tenía un bocado grande de pavo en la boca. Debí llevarme un pedazo pequeño, así podría haber respondido.
A los días, Lydia, que no me agradaba ni un poquito tomó el tren y se largó, por suerte para mí, pero se quedaba con nosotros su hermana Ernestina.
Aleksander se encerró de nuevo en su estudio y quedamos las dos, junto a la señora Clara, solas.
—¡Pero si eres toda una damita! —me dijo ella al verme con el vestido rosa con encajes semi translúcidos. Pero lo que yo quería era que me crecieran las tetas, quería tener como las que tenía ella. Quería crecer rápidamente para que Aleksander se fijara en mí.
Ella me miraba con cierta admiración, y me hacía sentir bien.
—Nos divertiremos, ya verás que sí, ahora que me quedo por esta temporada…
Ernestina era una mujer divertida. Solía contarnos sobre todas sus salidas de paseo con sus galantes pretendientes.
—¿Aceptarás a alguno de ellos? —me puse las manos en las mejillas, soñando cómo sería estar en su lugar. Que todos los hombres distinguidos sueñes conmigo, era un imposible para mí.
—No lo creo… ninguno tiene lo que busco.
—¿Qué buscas? —estaba realmente intrigadísima, quería saber todo de la vida, a veces sentía que la vida se me estaba corriendo de las manos.
—Algo que tú no entenderías… eres muy pequeña aún…
—Dilo, por favor… no se lo contaré a nadie… —en ese momento habría dado todo por que me contara esas cosas de adultos, que solo podía leer en las novelas que me llegaban a las manos y que Aleksander ignoraba que leía por las noches.
—Está bien, busco que sea caliente en la cama… no importa si no tiene un título, o dinero, lo que en la vida realmente importa es que tu pareja sea complaciente…
—¿Qué es ser complaciente?
—Eso lo sabrás cuando tengas un novio —ahí terminaba la conversación. Pero yo me tenía muchas preguntas que hacerle...
Una tarde, Ernestina llegó de una salida a la ciudad y me trajo varias novelas para leer. No esperaba ese gesto de su parte y estaba realmente agradecida con ella. Como Aleksander no estaba, nos quedábamos, todas las tardes leyendo en la biblioteca.
Una de las novelas trataba de un príncipe que salía en la búsqueda de su amada, yo suspiraba por la historia, quería crecer ya mismo. Aleksander era mi príncipe y yo la princesa que esperaba por él. Ernestina tenía revistas de moda. Los vestidos y las prendas en las fotografías eran de ensueño. Quería verme como esas modelos.
Pero cuando me di cuenta que a Ernestina le interesaba Aleksander, comencé a hacerle maldades. Un día, mientras ella se daba un baño entré sin que me escuchara y a su champú le puse goma de pegar calzados que había encontrado en la cocina. El grito que dio al cielo al ver su dorado cabellos hechos una masa, me hizo dar cuenta que me había pasado de la raya. La señora Clara no sabía cómo explicarlo, y yo era inocente para los ojos de todos, o casi de todos…
Al final la señora Clara llamó al peluquero para que le arregle la cabellera, al final, al ver que no había mucho que hacer tuvo que cortarle los mechones, y usar peluca hasta que le creciera.
Ernestina no paraba de llorar por su hermoso cabello. Mientras yo la miraba desde la puerta, sabía que me había ganado su odio.
En mi interior tenía claro que Aleksander se daba cuenta que la responsable era yo, pero nunca hizo nada para frenarme. Siempre salía a mi defensa y todos lo sabían.
En cambio, la señora Clara estaba segura que era yo la que hacía esas cosas, y no me quitaba los ojos de encima, bueno, al menos trataba de que no pudiera hacerlas, pero siempre conseguía escabullirme de ella.
Ernestina se fue a la semana, y estoy segura que no pensaba regresar. Me sentí un poco triste por ella, al final, pero se marchó y nuevamente Aleksander puso toda su atención en mí.