10.
En esa época, Aleksander iba y venía de sus viajes, por lo que sabía, estaba metido, como siempre en nuevos proyectos con el intendente de la ciudad y con empresas privadas, según escuchaba de él mismo y de las personas que venían a verlo, tenía como meta transformar cada uno de los edificios de la ciudad en modernos campus de comercio.
Ese año no era bueno para nadie, el frente frío enfermó a casi todos. Aleksander cayó, como nunca antes en cama, y se puso muy enfermo, comenzamos a temer que pudiera fallecer.
Ernestina volvió para cuidarle, y yo, la odiaba más que nunca, pero su presencia hacía falta en casa, pero no vino sola, esta vez su hermana, Lydia la acompañaba todo el tiempo, y parecía que tenía toda la intención de quedarse con ella. Ambas hermanas se encerraban largas horas con Aleksander, y me dejaban al margen de todo.
—¿Esta es la que te arruinó tu pelo?
—Es ella —confirmaba Ernestina, cuando me vio a la cara, con un gesto de indignación. Pero hablaban como si yo no pudiera entenderles, o que no hablara el mismo idioma que ellas.
—Ya tengo a dónde enviarla, nada más falta convencer a Aleksander. Tendrá que aceptar dado su cuadro de salud, no le quedará de otra —dijo con mucha seguridad.
Y eso es lo que pasó.
En ese tiempo todo me resultaba tan triste. Quería ver a Aleksander, pero no me lo permitían. La señora Clara no me explicaba nada, no me contestaba las preguntas que le hacía, así, al mes siguiente, en una mañana cálida, por órdenes de ellas la señora Clara me hizo las maletas.
—Llévala en tren —le ordenó Lydia.
Ese día subí por primera vez, luego de tanto tiempo en el tren. La señora Clara venía conmigo. El viaje resultó más aburrido de lo que yo me había podido imaginar. Siempre que lo veía pasar rugiendo como un león, solía imaginar que adentro era similar a un pasaje de sorpresas, muchas personas sonrientes, que charlaban y cantaban canciones de viajes. Pero la gente que veía o dormitaba o parecía adormecida por el calor que hacía desde enero, y yo, con ese vestido encima. Quería salir corriendo, quería ir a ver por las ventanas.
La señora Clara me detuvo antes que lo hiciera.
—No se mueva. No debe ensuciar el vestido. Debe llegar impecable.
—¿A dónde vamos?
—A su nueva escuela —eso no me lo esperaba. Pensé en Aleksander, no me había despedido de él.
—Aleksander…
—El señor no está bien de salud, las señoritas lo llevarán a que sea atendido en Santa Fe. En Saint Moris será tratado por los mejores especialistas.
Solté un suspiro pesado. Habría deseado poder verle antes de marcharme. Le extrañaría, ya le extrañaba demasiado…
Solo me quedaba ver por la ventanilla, ver los extensos páramos, el verde lejano de los árboles citadinos, estaba triste, me apartaban de mi amor, ¿qué sería de mí? ¿qué sería de él?
En cada parada subía un montón y al mismo tiempo descendían otros tantos. Me preguntaba si mi mamá habría hecho el mismo recorrido que hacía yo en ese momento.