6.

563 Words
6. En los días en los que el calor del verano se acercaba, y los ánimos era alegres, la cocinera, una mujer rechoncha y amable, siempre que la visitaba me invitaba alguna golosina, tenía permitido traer a sus hijos: un par de gemelos; Rosita y Carlos, más o menos de mi edad. Ellos venían aprovechando que era semana santa y que no había clases en esos días. Solía encontrarlos siempre alrededor de la piscina. Ese día estaban ahí. —¿Qué hacen? —les pregunté, un día antes habían limpiado la piscina y ahora el agua estaba tan limpia y tentadora. —Decidir si nos lanzamos o no —contestó, Carlos, sin mirarme. —¿Saben nadar? —le pregunté yo. —Claro, de lo contrario no lo estaríamos pensando. —Yo no sé nadar —confesé, buscando su amistad. —¿Quieres que te enseñemos? propuso Carlos, ahora mirándome. —Sí. Pero no tengo traje de baño —les dije. —Yo tengo otro que ya no me hace, si quieres te lo presto —dijo esta vez, Rosita, que hasta ese momento no parecía prestarme atención. Acepté y ella fue a buscarlo. Me quedé a solas con su hermano. —¿Tú quién eres? —me preguntó. —Soy la novia de Aleksander —dije sin pensarlo dos veces. —¿Aleksander? ¿Te refieres al señor Aleksander Kowalski Piotrowski? —Sí. Carlos me miró con los ojos bien abiertos, pero no parecía dudarlo. Rosita volvió con el traje de baño. Detrás de los arbustos que habían alrededor de la piscina me desnudé y me lo puse. Me quedaba estrecho, de todos modos, me lo quedé, no tenía otra forma de entrar con ellos a la piscina y que me enseñaran. —Te queda chico —dijo Rosita. —¿Importa? —apretaba un poco sobre todo en las piernas, pero no me importaba realmente. —No. Ambos se metieron al agua y yo, les imité. Esa fue una mala decisión, pésima, porque pisé mal y me resbalé a la primera, y perdí la noción. Abrí los ojos y vi que Aleksander me tenía en sus brazos, hacía mucho frío y me aferraba a su calor. Luego supe por la señora Clara que estaba enfadada conmigo, que al ver que me ahogaba, entre Rosita y Carlos, me sacaron entre los dos y que luego fueron por ayuda. Aleksander, que salía al jardín, los escuchó y fue a buscarme en persona. Me llevó hasta mi cama. —Eres una traviesa, antes de entrar al agua asegúrate de que no puedas ahogarte… —¿Te asustaste por mí? —Sí. —¿Pensaste que morí? —Sí, pequeña. —¿Me quieres? —Claro que sí, pequeña diablilla. Tuve que mantener reposo, ya que, por la caída, tenía el pie lesionado, y no podía moverme de la cama. En esos días Aleksander se fue de viaje y no sabía cuándo volvería. Al menos me quedaba la compañía de mis nuevos amigos. Pero la señora Clara veía con malos ojos que me una a los juegos de mis dos nuevos amigos. —Las damas no corren como salvajes, señorita Camila, compórtese. —Así no es divertido. —Nadie dijo que lo fuera. De todas formas me di la forma de salir de su vista y regresaba para jugar con Rosita y su hermano. 
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