5.

1236 Words
5. En el Santa Teresita de los Ángeles yo me veía diferente. En un recreo, mientras merodeaba por el patio trasero, me encontré una pelota de esas que se usan en tenis. Estaba tirándola hacia la pared de la escuela cuando usé mucha fuerza y se fue hacia la calle. Quería recuperarla a toda costa. Fui hacia la puerta de calle para ver si me dejaban salir por la pelota. El portero ni siquiera me dio opción a explicarle la situación. —Le voy a pedir que se regrese al patio. Esta es un área restringida para las señoritas. —Pero tengo algo que preguntarle… —me excusé. —Las señoritas no hacen preguntas —dijo el conserje. Y yo pensaba que si no las hago ¿cómo me saco las dudas? Me aparté de la puerta. Tenía que apartarme de ahí de todas formas. —Solo deje que salga por mi pelota… —Regrese al patio o tendré que dar parte a la dirección —advirtió con impaciencia. Una regenta me vio volviendo y me llamó la atención. Pero como era la protegida del barón Aleksander Kowalsi solo me dio una advertencia. Pero yo estaba molesta por haber perdido la pelota de tenis. Yo era diferente a todas debido a muchos factores; por mi color de piel; era zamba a leguas, era diferente por mi dudosa procedencia, era diferente además porque era la protegida de la familia más influyente y poderosa de la ciudad, y quizás del país, como decían por ahí, y por el conjunto de todo eso muchas hablaban a mis espaldas. Lo que no sabían era que yo les escuchaba. Era lo único que no parecía importarles. —Mira… esa es la protegida de Aleksander Kowalski… —decía una chica que iba a la misma clase que yo. Me veía por encima de los hombros, mostrándose imponente hacia mí. Hablaban de mí, como si yo no estuviera escuchándole. —Dicen que su madre era una remera y que una noche fue a dejarla a la puerta de los Kowalski… —le contestó la que estaba a su lado. Ambas se la pasaban chismoseándose sobre la vida de todo el mundo. Yo sabía que nada de eso era cierto, y yo me mantenía portándome como era de esperarse de mí, y sobre todo no quería hacer quedar mal a Aleksander, y por eso no hacía nada, sin embargo, los chismes no paraban las habladurías, pero un día me harté y golpeé a la que se atrevía a repetir aquellas mentiras sobre mi mamita. Como era de esperar, me enviaron a rezar diez Ave María y como era la protegida de Aleksander Kowalski Piotrowski, no pudieron hacer nada más. Pero no gozaba de ese privilegio con mis compañeras, a solas, ellas se burlaban de mí en mi cara, y yo, no dudaba en pelearme con ellas, así me la pasaba día a día, hasta que irremediablemente la noticia llego a Aleksander. —¿Qué sucedió, Camila? —me veía entrando a la biblioteca, y vi un indicio de preocupación por mí. Quería tanto contarle lo que me ocurría en la escuela, que me apresuré hacia él. —¡No las soporto…! —dije, y me abracé a él, por suerte me rodeaba con sus fuertes brazos, y me daba abrazó también, me contuvo con brazos firmes. —Cuéntame —su tono era tan cálido como de nadie más. —Me molestan porque soy diferente… dicen que mi madre era una prostituta —solté de una sollozando. Su rostro cambió levemente al escucharme. —Tú sabes que no es así. —Extraño a mi mamá… ¿cuándo volverá? Me mordía la lengua, al darme cuenta que quizás entendía que no me gustaba estar con él. Aleksander llamó a la señora Clara y le dijo que me llevara a mi recámara. Al día siguiente no fui a la escuela. Como me quedé en la casa, y tenía permitido merodear por dónde quisiera, vi por primera vez, luego de un tiempo a Stefan, que era uno de los primos cercano de Aleksander. Tenía el pelo rojizo al igual que toda su familia, pero sus ojos eran oscuros, seguramente porque, como escuché decir a la señora Clara, su madre era una dama reconocida de Santa fe. Stefan era más joven que Aleksander, y solía venir cada tanto, con Aleksander se encerraban en el estudio y no salían hasta el almuerzo, pero ese día, lo vi tomando el desayuno a orillas de la piscina. Me miró en silencio, yo le saludé con la mano. —Tú debes ser la protegida de mi primo… ¿cómo era tu nombre? —su tono era algo indescifrable, no era amable, pero tampoco frío. —Camila. Stefan afirmó haciendo un movimiento con la cabeza al escuchar mi nombre y dejó de prestarme toda su atención. Me alejé suponiendo que quería estar solo, que por eso desayunaba en la parte alejada de la casa. Me escabullí al estudio de Aleksander para ver si podía hablar con él, pero la puerta estaba cerrada. Acerqué el oído y pude escuchar que hablaba con otra persona a la que no reconocía de nada. —Retiraré ahora mismo toda mi ayuda económica de su escuela de cuarta. Trataron mal a mi ahijada. No lo toleraré —dijo Aleksander, era la primera vez que lo escuchaba usar ese tono de voz. El hombre que le escuchaba tosió antes de contestar. —He conversado con la directora y niega las acusaciones de la señorita Camila —por su voz deduje que era mucho mayor, y que además padecía de alguna enfermedad que le impedía respirar como se debe. —Es lo que se espera de esa gente. Desde luego Camila dice la verdad —Aleksander confiaba plenamente en mí. —Está bien, cancelaré todas las concesiones que les hiciste. —Es lo que espero. Mientras tanto la señora Clara trataba de que me comportara todo el tiempo como ella esperaba. El hombre que salía de ahí me miró de reojo y pasó de largo. Entré aprovechando que tenía la puerta abierta. Aleksander me miraba con la mano en la barbilla. —Buscaremos una escuela digna, donde no tengas que vivir experiencias malas. Me acerqué a él y me senté en su pierna. —¿Y si me quedo en casa? —Debes recibir educación. Es necesario, querida. —No quiero. —Como falta poco para que termine el año, solicitaré una maestra privada. Le di un beso en agradecimiento. En eso entró Stefan, que parecía estar de malhumor. Nada raro en esos días. —Vaya, cuanto amor le tienes, primo, permíteme que te lo mencione, pero me recuerdas a mi tío, que en paz descanse… —soltó esas palabras llenas de veneno, pero Aleksander jamás se veía afectado por él. —Ve a jugar... —me dijo, Aleksander, y sabía que iba a tener una de sus largas conversaciones con él. ¡Cómo detestaba que hiciera eso! ¿Por qué Stefan tuvo que interrumpirnos? Hice un puchero y salí cerrando la puerta. Cuando nadie me veía solía arrancar una flor silvestre y me la colocaba en el cabello para que me contagiara su belleza y que de mi se enamore Aleksander. Cada noche cerraba los ojos y me quedaba soñando despierta, imaginando cómo sería nuestra vida cuando nos casemos.
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