4.

916 Words
4. Aleksander me había preguntado si quería seguir asistiendo a la misma escuela y yo le dije que sí, quería que mis amigas vieran que me había convertido en una princesa, y, sobre todo porque quería contarles todo de él. Cuando tuve que volver a las clases, mis amigas me veían con la boca abierta; yo llevaba encima zapatos nuevos, y un vestido de primera, y un par de guantes blancos de primera. —Pero ¿qué te ha pasado? ¿Tu madre trabaja para una  familia rica? —me dijo una de ellas. —No. —¡Cuéntanos! —se pusieron en torno mío, llenas de curiosidad por saber lo que me había ocurrido, y entonces les conté todo. —Vivo en la casa de Aleksander Kowalski. —No es cierto… —Que sí… Miren mi vestido… Es mi prometido… cuando cumpla la edad necesaria, nos casaremos. —Estas mintiendo, el barón ¿casarse con una zamba? Todo el mundo sabe que eso es imposible. Mis amigas se juntaban a mi alrededor para hablarles de cómo era mi vida en el palacio. Me gustaba verlas escuchándome, admirándome, envidiando mi nueva vida en la casa de Aleksander Kowalski. Pero un día, cuando llegué vi que Aleksander tenía una reunión con una mujer mayor, me di forma de burlar a la señora Clara y escuché por la puerta. Escuché risas. Parecía que se divertían. La señora Clara me encontró prendida a la puerta y me llamó la atención. Estaba pálida por la mala sorpresa. ¿Qué hacía a puertas cerradas con una mujer? Me sentí enferma. No quería comer. Aleksander al enterarse fue a verme. —No tiene fiebre —le dijo la señora Clara, que estaba al pie de la cama, mirándome con cara de no saber lo que pasa. Aleksander me tocó la frente. —¿Te duele algo? —me miraba a la cara y era como si un ángel me viera de cerca. Yo solo quería admirarle. La importancia que me daba era lo que yo quería para mi vida. Quería que siempre me mirara con esos ojos verdes, llenos de amor hacia mí. —Sí —le dije, aunque no me dolía nada, en realidad, y me toqué la panza. Aleksander se preocupó tanto que hizo llamar al doctor. El doctor ordenó un día de reposo, seguramente era por comer muchas golosinas. Era lo mejor que podía pasarme. Aleksander estaba esos días en casa. Vino a leerme varias fábulas de Esopo. Me gustaba verle, era tan guapo. Al ver que no negaba a probar el caldo de pollo vino a dármela él mismo. —Abre la boca… esto te hará sentir mejor… —me ofrecía la cuchara de caldo y yo comía, y cómo comía cuando era él quién me alimentaba. A todo esto, la señora Clara, que había intentado que coma, me ponía cara de indignación. —Ya te sentirás mejor, pequeña —me decía, al ver que comía y que mi rostro adquiría más color por el alimento. Lástima que tuve que volver a la escuela. Pero tenía a mi alrededor a todas mis amigas, todas ellas estaban curiosas por escucharme y yo les contaba que me había ido de paseo con el barón Aleksander Kowalski, que me había comprado un ramo de rosas rojas, que me había besado… La regenta que nos escuchaba dijo en voz alta. —Es extraño que se crean todas esas fantasías, ya que llamaron para avisar que estabas indispuesta. Al escucharla, todas mis amigas que me veían con admiración comenzaron a alejarse de mí. —Eres una mentirosa… yo sabía… —me dijo una. —Ya no te vamos a creer más nada… —Ya me sonaba a patrañas tuyas… no es la primera vez que nos tomas el pelo… Al legar a casa, esquivé a la señora Clara y fui a ver a Aleksander. —Mira la energía que tienes —me dijo al dejar el libro que tenía en las manos antes de que yo entrara. —No quiero volver a esa escuela —balbuceé completamente molesta. Pero Aleksander se preocupó. —Cuéntame lo que pasa… —La regenta me odia… se burla de mí —era una exageración, pero en ese momento no medía mis palabras, ni las consecuencias de ellas. Le conté lo que había pasado con algunos cambios en la historia. Aleksander frunció el ceño. —Tomaré cartas sobre el asunto. Salté a sus brazos agradecida. En ese momento estaba lejos de saber que en un futuro me arrepentiría, porque a la semana siguiente me hicieron el cambio de escuela y empecé en la nueva escuela para señoritas Santa Teresita de los Ángeles. Estaba emocionada porque mandaron a hacer para mí un par de espléndidos uniformes. Aleksander mandó a redactar una queja formal por el maltrato que se me había dado y la firmó, dándole peso al asunto. La nueva escuela no tenía punto de comparación con la anterior. Pero esta vez, la señora Clara me dijo: —Recuerde que nunca debe hablar de su procedencia. Si le preguntan solo diga que viene de Santa fe, y no de las laderas… Eso no era nuevo para mí, ya la había escuchado mencionarlo querían ocultar que provenía de los barrios pobres. —Recuerde comportarse con altura. Evite las habladurías —agregó, arreglándome el pelo. Debí escuchar sus consejos. Las cosas habrían sido muy distintas…
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