Accedí a quedarme en su apartamento. Me puse lo primero que encontré: la camisa que había usado el día anterior. Me quedaba enorme, tanto que ni siquiera se notaba que llevaba ropa interior debajo. Cuando salí, Raphael se sonrojó al verme. —Bien… prepararé el desayuno. Tú pon la mesa —dijo, desviando la mirada. Desayunamos en silencio cómodo, entre sonrisas cómplices. Luego fui a darme una ducha. El resto del día transcurrió entre videojuegos, risas y un sinfín de piques. Raphael, por más maduro que se mostrara a veces, era un niño cuando tenía un control en las manos. —Por cierto —dijo sin apartar la vista del juego—, mañana entregan el collar de tu mamá. —¿Me vas a acompañar? —Sí. Llamaré a Arthur y a Selene para avisarles que no iré. —Gracias… por ayudarme y por estos días tan mar

