El acusado me miró con una mezcla de arrogancia y desesperación. —¡Yo se los dije! Estoy loco, pero no me creían. Ahora sí, ya lo demostré. —Sonrió con superioridad. —Pueden soltarme las esposas. Me molestan. ¡Oh, qué iluso! La Dra. Black y yo intercambiamos una mirada. Ambas sonreímos con ironía. Me acerqué lentamente al acusado y me incliné hacia él. —Grave error, señor. —Mi voz fue baja, controlada, pero letal. —Al parecer, no está tan loco como decía. ¡Qué fácil cayó en la trampa! El color de su rostro se desvaneció. —¡Pero… pero esto es ilegal! —El abogado de ese asqueroso protesto. Reí suavemente. —¿Ilegal? —Enderecé la espalda y lo miré con fingida curiosidad. —Dígame, ¿en qué aspecto es ilegal? Dejé una pausa dramática antes de continuar. —Inclusive los policías mienten e

