Conexión
Peter pensó que ya tenía demasiado con sus propios asuntos como para pensar en los de alguien más. Así que cerró de nuevo con llave el diario de la desconocida. Apagó la lámpara y se acostó a dormir.
Lo contrario a lo que le pasaba a Elena que sentada en la cama miraba la maleta de aquel desconocido sin saber qué hacer con ella.
Primero pensó en dejarla en la recepción del hotel ¿Pero a nombre de quién?
Luego en regalarla a la caridad. Pero ¡no era suya!- ¿Tirarla? -- ¡No! ella no era capaz de hacer algo así -- ¿Abrirla y buscar alguna identificación o algun número donde localizarlo? ¡Podría ser! -- Se dijo a sí misma.
La abrió lentamente como si le fuera a saltar algo si la abría a toda prisa.
Sigilosamente empezó a buscar algo que pudiera llevarla a su dueño.
Halló el cuaderno y lo abrió para leer, pero le bastó leer las primeras dos líneas para no querer leer más --¡Demasiada información para mí! -- Dijo y volvió a poner el cuaderno dónde lo encontró.
Hasta que halló un neceser portátil que llevaba el nombre de un tal: ¡Peter Makcartur!
¡Este debe ser su nombre! -- ¡Peter!
Pero no hay nada más. Entonces ¿Qué hago? -- ¿Me deshago de la maleta o la llevó conmigo a casa de mi tía?
Pensando y pensando, el cansancio le llegó hasta quedarse dormida sobre una camisa que había sacado de la maleta para tomar el pequeño neceser.
Al despertar estaba abrazada a la camisa y sus primeras palabras fueron: ¡Qué bien huele!
Abrió los ojos y se encontró entre sus brazos la camisa del extraño y como si fuera un delito, la tiró al piso.
¡Noooh! -- ¡No fue una pesadilla! -- ¡Esto es real! -- ¡Haré una cosa! Se la daré a mi primo Morís cuando desayunemos hoy en el restaurante del hotel -- ¡Él sabra que hacer! Estoy segura.
Preparó la maleta y la llevó con ella al restaurante. Su primo llegó y con un beso en la mejilla se saludaron.
Hablaron por un rato y después de terminar de desayunar, Elena le contó a su primo toda su odisea. Y le dijo que pensaba entregarle la maleta del desconocido a él. Pero su primo le dijo que no podía llevarsela ahora, porque almorzaria con el hijo del socio de su padre.
Si quieres Elena ven a eso de la una. Me esperas en la recepción y me das la maleta. Con gusto me la llevaré y trataré de hallar a su dueño -- Le propuso su primo
Te lo agradeceria mucho Morís y aún más si me ayudas a recuperar la mía
-- No te preocupes Elena. Esto no es tan extraño como se ve .
¡¿Ah no?! -- Yo creí que algo así solo a mí me pasaba -- Dijo Elena algo incómoda -- Jajaja, ¡No! -- No eres la única despistada en este mundo.
¡Burlate!-- ¡Que solo eso me faltaba!
Con tu permiso entonces, Jajajaja
-- ¡Eres malo Morís! -- Le dijo Elena haciendo un gesto gracioso con sus labios
¡No! -- Sólo que me imagino tu cara al abrir la maleta y encontrar ropa de hombre. Pero a de haber sido más graciosa la del hombre que se encontró con la tuya -- Jajajaja..
Al escuchar a su primo reírse a carcajadas con la situación no le quedó más que unirsele, imaginando al pobre hombre al abrir la maleta y hallarse con sus medias a rayas rojas que contra su voluntad su madre habia metido en su maleta por si le daba frío por las noches --¡Eran horribles!
La risa relajó la situación y puso en su corazón la esperanza de volver a encontrar su diario y la Biblia que le había regalado su abuelo.
Morís se marchó en busca de su padre, para traerlo a almorzar al restaurante del hotel dónde se encontraria con el hijo de su socio.
Elena se fue a su habitación de nuevo con la maleta del extraño que ahora sabía que se llamaba: Peter Makcartur.
Mientras Peter en su departamento acababa de terminar de desayunar y se disponía a lavarse los dientes. Cuando sonó su teléfono: ¡Peter! -- Se escuchó la voz de su padre
¡Hola papá! -- ¿¡Que deseas ahora!? -- Le respondió -- Quiero que le adviertas a Arturo que no voy a cambiar los términos del contrato. Pero hazlo ¡Como lo haría Alex! y ¡Convencelo! -- ¡Traeme ese contrato firmado! Lo quiero en mi escritorio ¡mañana!
¡Como digas! Y si no te molesta voy a colgar -- Voy a desayunar papá.
¡Esta bien! -- Pero no olvides nada de lo que te dije. Hazlo como te expliqué -- ¡Lo hare papá! -- Hasta mañana -- Sin dejarlo decir nada más, terminó la llamada.
¡¿Cuándo terminará esto?! -- Se dijo con fastidio. Dejando su teléfono en el desayunador, se fue al baño. Después de salir le faltaban un par de horas para verse con Arturo el socio de su padre y con su hijo, que también era su amigo.
Se sentó en la cama para darle un último vistazo al contrato y meterlo en su maletín.
De pronto observó el diario de la mujer de la maleta equivocada y sintió curiosidad por leer que más había escrito.
Jiro la llave y lo abrió y leyó: Cada día siento entender menos esto de la fe. Mi abuelo me enseñaba lo bello que era Dios, su misericordia para con los hombres y su inmesurable amor. Yo no logro comprender como siendo mi madre su hija sea tan diferente a él. Ella me ostiga y me cansan sus comparaciones cada vez que llega mi hermana con su flamante esposo y sus perfectos hijos.
¡Perdón Señor! Sé que no debo sentirme así en cuanto a mi hermana. Aunque odie ver su risita al entrar a la cocina y alardear de lo bien que le va en su tienda. Sé que tienes planes de bien para mí. O eso me enseñó mi abuelo. Pero necesito que me ayudes a ver esos planes de bien que tienes para mí, porque me estoy cansando..
¡Tienes razón!. La mucha espera agota las fuerzas. ¡Puedo comprenderte!
Hablaba consigo mismo y sentía hablar con ella. Sin pensar en lo que hacía, guardó el diario en el cajón al lado de su cama y tomando su saco se lo puso; arreglando su solapa salió del departamento para encontrarse con Arturo y con su hijo Morís.