Capítulo diez: Tonta Me quedo estática por unos segundos, viendo cómo se cubre la garganta con las manos mientras que pequeños ruiditos escapan de su boca. Entonces, reacciono y me acerco para socorrerle. —¡Llamen a una ambulancia! —grito desesperada ante los jadeos de la multitud, incluyendo al rey, cuya piel comienza a ponerse roja como un tomate. Pese a su expresión perpleja, no deja de toquetearse el bolsillo del saco y no dudo en ayudarle. «¡Un autoinyector!» Lo tomo entre mis manos y sin cavilar demasiado, descubro su brazo para aplicarle la dosis. No tengo idea de cuánto tiempo transcurre: si segundos, minutos u horas, solo sé que suelto el aire contenido cuando su sibilancia desvanece para dar paso a una discreta sonrisa. —Odette… —hace el amago de alzar una mano, pero los p

