Se llega el viernes y Margaret se siente algo extraña, porque por tres días seguidos la ha esperado en su oficina un detalle diferente, y ya casi es la hora de salida, lo que le recuerda que por dos días no tendrá nada de eso. Todos con una nota con escasas líneas, pero lo suficientemente románticas como para hacerla suspirar como si fuera una quinceañera. Su mente ha tratado de poner a todos los hombres de la empresa en un podio imaginario, es que ni siquiera el señor de casi sesenta años encargado de la correspondencia se ha escapó de su escrutinio. Puede parecer algo totalmente descabellado, pero el hombre es viudo y no le extrañaría que quisiera compañía más joven. —Me estoy volviendo loca con todo esto —dice mirando las flores en su cajón—. Creo que en lugar de pensar quién es, mejo

