CAPITULO *2*

869 Words
**ALESSIA** Dante se inclinó hacia mí, apoyando una mano en la columna, justo al lado de mi cabeza, atrapándome en su propia red de poder y magnetismo. Su cercanía era una presión física que me robaba el aliento, obligándome a respirar su mismo aire viciado de arrogancia. —Deseo lo que siempre me fue negado por el simple hecho de no haber nacido con tu linaje —susurró, y pude sentir el calor de su aliento rozando mi mejilla—. Quiero la joya de la corona. Te quiero a ti, arrodillada, suplicando que salve a ese anciano que llamas padre. Mi corazón latía con una fuerza inusitada, cada golpe resonando en mis oídos como un tambor de guerra. La humillación, un sabor acre y desagradable, amargaba cada rincón de mi boca, extendiéndose como un veneno lento. Sin embargo, a pesar de la intensidad de estas sensaciones negativas, la profunda desesperación que sentía por salvaguardar y proteger a mi padre se alzaba por encima de todo. Esta necesidad apremiante, este anhelo ferviente de mantenerlo a salvo, eclipsaba por completo cualquier atisbo de orgullo herido que pudiera sentir. La urgencia de su bienestar era un fuego que consumía cualquier otra emoción, impulsándome a actuar sin importar el costo para mi propia dignidad. —Eres un monstruo —logré articular, aunque el insulto carecía de fuerza ante su inminente triunfo. —Soy el único monstruo que puede hacer que todos los cargos contra tu familia desaparezcan con una sola llamada —replicó él, esbozando una sonrisa que jamás llegó a sus ojos—. La pregunta es: ¿cuánto estás dispuesta a sacrificar para que eso ocurra? Dante se alejó lo justo para extraer un sobre de cuero del bolsillo interior de su chaqueta. Con una parsimonia que me resultaba exasperante, lo depositó sobre el piano de cola, que permanecía en el centro del salón como un ataúd de madera oscura. El contraste entre su elegancia letal y el polvo que cubría el instrumento era una metáfora perfecta de lo que estaba ocurriendo: el depredador reclamando su botín entre las ruinas. —Aquí tienes la salvación de tu estirpe, Alessia —declaró, deslizando un fajo de folios con el sello de su bufete de abogados. “Es un contrato de venta, aunque el lenguaje legal intente disfrazarlo de acuerdo de servicios”, pensé, acercándome al piano con las piernas de plomo. Mis dedos rozaron la superficie fría y descuidada, sintiendo la ausencia de la música que alguna vez llenó este hogar. Leí las cláusulas con la vista nublada por la indignación. No había menciones a intereses bancarios, ni planes de pago, ni hipotecas de rescate. El documento hablaba de “exclusividad absoluta”, de “residencia obligatoria” y de una “cesión total de autonomía personal”. Era una subasta de un solo postor donde el precio era mi existencia misma. —Si rubrico este documento, los cargos contra mi padre serán retirados inmediatamente —afirmé, buscando una confirmación verbal que me otorgara el valor que mi alma ya no poseía. —Mañana mismo será trasladado a la clínica privada más prestigiosa de Zúrich como un ciudadano libre de toda sospecha —prometió Dante, tendiéndome una estilográfica de oro que pesaba en mi mano como una sentencia de muerte—. A cambio, tú me acompañarás a Milán esta misma noche. Sin preguntas, sin condiciones y sin posibilidad de retorno hasta que yo decida que la deuda ha sido saldada. “El precio de su último aliento es mi propia asfixia”, concluí amargamente, observando la punta de la pluma. Miré a Dante a los ojos, buscando un ápice de compasión, pero solo encontré un brillo de satisfacción gélida, la mirada de un coleccionista que finalmente ha acorralado la pieza más rara de su catálogo. Tomé el objeto. Mi mano vibraba con tal fuerza que temí no ser capaz de trazar mi propia firma. Sin embargo, la imagen de mi padre, pálido y rodeado de agentes en aquella lúgubre habitación de hospital, fue el impulso definitivo que aniquiló mi resistencia. Deslicé el trazo sobre el papel con un movimiento rápido, casi violento. El sutil sonido del plumín rasgando la fibra del documento marcó el fin de mi libertad y el inicio de mi cautiverio. Dante recogió los folios de inmediato, guardándolos con la presteza de quien teme que el trato se evapore. Se aproximó una última vez, pero ya no había burla en sus rasgos, solo una determinación posesiva que me hizo retroceder hasta quedar atrapada contra el piano. —Bienvenida a tu nueva realidad, Alessia —susurró, y por primera vez, su voz no sonó como una amenaza, sino como una declaración de propiedad absoluta—. Ahora, camina hacia el coche. No te lleves nada de este lugar. A partir de este segundo, solo usarás lo que yo decida que cubra tu piel. Caminé hacia la salida sin mirar atrás, sintiendo que las paredes de la villa me observaban con lástima. Afuera, la lluvia seguía cayendo, borrando las huellas de la mujer que yo solía ser, mientras la puerta del vehículo de Dante se cerraba tras de mí con un golpe seco y definitivo.
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