**ALESSIA**
El rugido del motor del potente vehículo de Dante era el único sonido que rompía la monotonía de la lluvia golpeando el techo de fibra de carbono. Me hundí en el asiento de cuero, sintiendo que el aroma a coche nuevo y a la colonia amaderada de mi captor se filtraba por mis poros, asfixiándome lentamente. A través de la ventanilla tintada, vi cómo las siluetas de los árboles del lago de Como se desvanecían en la penumbra, convirtiéndose en fantasmas de una vida que acababa de ser ejecutada por una firma apresurada.
“No llores, Alessia. No le des el placer de ver tu primera lágrima de derrota”, me ordené mentalmente, clavando las uñas en las palmas de mis manos hasta sentir un dolor punzante que me anclara a la realidad.
Dante conducía con una calma que me resultaba insultante. Sus manos, grandes y de dedos largos, sujetaban el volante con una firmeza que denotaba un control absoluto no solo sobre la máquina, sino sobre todo lo que le rodeaba. De reojo, pude notar cómo su mirada se desviaba ocasionalmente hacia mí, escaneándome como si estuviera verificando que su nueva adquisición seguía intacta en el asiento del copiloto.
—Has estado muy callada desde que salimos de la villa. ¿Acaso ya estás ensayando tu papel de sombra obediente? —rompió el silencio con una voz que destilaba una ironía mordaz.
—Estoy asimilando la velocidad con la que has destruido mi mundo, Dante —le respondí, sin apartar la vista del asfalto mojado—. No esperes que te entretenga con charlas triviales mientras me diriges hacia mi propia ejecución social.
Una media sonrisa, gélida y triunfal, curvó sus labios.
—No es una ejecución, es una transformación. Los Castelli eran una reliquia polvorienta; yo te voy a convertir en algo mucho más valioso bajo mi tutela —sentenció, aumentando la velocidad del bólido mientras las luces de la autopista hacia Milán empezaban a deslumbrarnos.
“Él habla de mí como si fuera una pieza de mármol que piensa esculpir a su antojo, ignorando que dentro de este cuerpo aún late un corazón que lo desprecia con cada fibra”, reflexioné, sintiendo un escalofrío al comprender que, para Dante Cavalli, mi voluntad era simplemente un obstáculo más que planeaba demoler.
Llegamos a un imponente rascacielos de cristal y acero en el corazón del distrito financiero de Milán. El ascensor privado nos succionó hacia las alturas con una rapidez que me revolvió el estómago, deteniéndose finalmente en el último piso. Al abrirse las puertas, me encontré con un espacio que parecía sacado de una pesadilla futurista: un Penthouse de techos infinitos y paredes de vidrio que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada.
El lugar era frío, minimalista y extremadamente tecnológico. No había un solo rastro de calidez humana; cada mueble de diseño y cada obra de arte moderno gritaba opulencia y control.
—Este será tu nuevo hogar —anunció Dante, caminando hacia un panel táctil en la pared que, tras su toque, activó una serie de luces ambientales en tonos ámbar—. Como verás, aquí no hay rincones donde esconderse.
Me acerqué a uno de los ventanales, observando los edificios de Milán como si fueran las celdas de una prisión mucho más grande. Me sentía expuesta, diminuta ante la magnitud del imperio de este hombre.
“Es una jaula de cristal. Puedo ver el mundo, pero no puedo tocarlo. Soy un pájaro de exhibición en el ático de un magnate obsesivo”, pensé con una punzada de angustia mientras detectaba las pequeñas lentes de las cámaras de seguridad integradas en el diseño del techo.
—¿Por qué tantas cámaras, Dante? ¿Tan poco confías en tu contrato? —le inquirí, señalando discretamente hacia arriba.
Él se acercó a mí con esa zancada depredadora que me hacía retroceder por instinto, hasta que mis talones chocaron con el borde del ventanal.
—La confianza es un lujo que no me permito, Alessia. Prefiero la certeza de saber exactamente dónde estás y qué estás haciendo en cada segundo de tu existencia —murmuró, acortando la distancia hasta que su pecho casi rozó el mío—. Además, me gusta observarte. Es un hábito que he cultivado durante años y que no pienso abandonar ahora que te tengo bajo mi techo.
Su confesión hizo que mi pulso se acelerara violentamente. No era solo control empresarial; era una vigilancia obsesiva que se remontaba a mucho antes de la caída de mi familia. El miedo, denso y oscuro, empezó a enroscarse en mi vientre al comprender la magnitud de la fijación que sentía por mí.
Dante me guio hacia una de las habitaciones principales. Al entrar, me quedé sin aliento. El vestidor, del tamaño de mi antiguo dormitorio, estaba repleto de prendas de seda, encaje y marcas exclusivas, todas en una paleta de colores que él consideraba adecuados para mí: negros, rojos profundos y cremas.
—No veo mis maletas por ninguna parte —observé, fingiendo una seguridad que no poseía.