I Capítulo
El piloto acababa de tomar el intercomunicador para dar el anuncio de aterrizaje a los pasajeros, la cordial bienvenida a territorio Chileno, el peculiar agradecimiento por su preferencia y un hermoso deseo para el disfrute de su arribo. De inmediato las luces de neón de los pasillos, cabinas, entre otras se encendieron. Los pasajeros empezaron a removerse en sus asientos, los más presurosos desabrocharon sus cinturones y empezaron a recoger sus pertenencias; un señor obeso se dedicó a recoger y apilar el montón de revistas turísticas impresas en francés. El viaje fue extenuante a pesar de tener el privilegio de viajar en la cabina de primera clase. Para Ethan Madinson la privacidad resultaba importante. Su asiento era preferencial entre los VIP y no contaba con compañía. Solo trajo consigo un portafolio de cuero que extrajo de la cabina superior. Una hermosa aeromoza le colaboró en el descenso, le sonrió y con una de sus manos en el hombro le manifestó el agrado de su compañía con la Aerolínea Air Canadá. Su elegante traje rezuma la exquisita vainilla de Madagascar combinada en un maravilloso elixir propio de la canela de Sri Lanka que Nicole Mather, la cotizada perfumista, creó y vistió en un frasco de suntuosos metales con diamantes. Una fragancia única e irresistible con la que cualquier humilde persona podría remodelar su casa por completo. Se caracterizaba por sus exigentes gustos, afinidades intensas, deportes extremos y la poesía del violonchelo en carne propia. Amante sin duda alguna, capaz de conquistar los corazones más indomables y seductor con experiencia en el qué hacer bajo las sábanas, estaba dispuesto a bajar peldaños, descender hasta la plataforma, nada ínfima, de quien fue su vecina y ahora, rival y socia de los negocios de su familia. Abir Abdallah Taylor siempre estuvo en su mente. Su padre, Don Hafid Abdallah nunca le permitió fraternizar más allá de la acera del frente de su negocio, desde donde la contemplaba cada vez que podía.
Había llegado a Chile por las referencias de una amiga de su esposa, la madre de Abir. Carolina mantuvo años de comunicación alimentando una amistad de infancia que realmente duró lo que duran los tulipanes en florecer. Una amistad que para la señora Taylor era muy valiosa. Cuando su esposo perdió parte de su dinero en una mala inversión, su amiga comenzó a distanciarse. El trámite migratorio llevaba su tiempo y sin un documento de residencia que respaldará sus actividades las vicisitudes crecieron. La amiga quien antes apreciaba empezó a justificar sus ausencias hasta reprocharle que con su llegada estaba poniendo en riesgo el bienestar de su familia. El último de sus préstamos no pudo ser cubierto dentro de las fechas estimadas y el cobro consecuente de su amiga los estaba enloqueciendo, a tal punto que la señora Taylor cayó en profunda depresión y consideró el suicidio como parte de su salida. Una tarde recibió una llamada de su antiguo empleador en Londres, era el momento de recibir su viejo pago, pero debía ser transferido a una cuenta bancaria y sin documentación le era imposible contar con la apertura de una, así que invitó su amiga a casa. Quizá, está vez pudiese ayudarle. Su visita y trato frío y distante le entristeció. Incluso dudó en solicitar su apoyo. Pero no contaba con nadie más. Mantuvo la mirada fija en el cristal de la ventana y por intervalos sacaba las manos de los bolsillos del pantalón para acariciar la cortina traslucida que, según ella misma, había cocido, bordado y atada con bellos lazos de satén para su arribo. Era su forma de darle la bienvenida. Ese gesto le llenó el alma como tanto se llena el estómago de un hambriento vagabundo con tan solo un trozo de pan. Esa noche durmió con el corazón rebosante de alegría al saber que su gran amiga se había tomado el tiempo para confeccionar un detalle tan bello. Las cortinas de seda se convirtieron en su pañuelo de lágrimas cada vez que las cosas salían mal. Olía a primavera cada hilo y en ella saltaban los recuerdos de una infancia alrededor de árboles, de arañas e insectos, de sueños y planes, de letras y canciones. Rondas infantiles alrededor del árbol de mango con las que sonreía al
atisbarlas en sus sueños, promesas de infancia de una amistad eterna, cartas de viaje, telegramas atrapados en un pueblo en donde todo quedó en las murallas del tiempo. Le contaba anécdotas a su hija Abir y se mostraba como ejemplo de la amistad…«Fui la única de mi generación que uso el telégrafo y la única boba que se gastaba toda su mesada en diez palabritas para una amiga que vivía en el pedestal del mapamundi »decía sonriente la mamá de Abir. Y se justificaba. «Es que la ansiedad me quemaba. Es como cuando no has comido y tu estómago empieza a gruñir y pasadas las horas, te llega arder. Así, igualito era esperar seis meses para que mis cartas llegarán y otros seis para que ella contestará. ¡Bueno! A la final el telégrafo tampoco sirvió. Ella no podía contestar». Y se hundía en una sonrisa triste. Quizá Abir la entendía. Ella también se alegraba con las cartas que su amigo del frente le lanzaba desde la ventana. Y las esperaba con mucha ansiedad. Cuando escuchaba a su mamá recordaba las palabras del Principito, uno de sus cuentos preferidos y las murmuraba: “era más que un zorro semejante a cien mil otros, pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo”. «Sí, hijita. Tal cual. Me dejé domesticar por mi amiga y cuando tuvo que marchar, salí herida. ¡Tan Boba! Si así es la vida. ¿Has visto a alguien que se quede para siempre?».
***
El día de su visita, ella intuía que su amiga Anabella Taylor pediría su apoyo. Sabía que la única manera de no poder ayudarla era no contar con su documento de identificación Chilena, así que esa tarde, frente a la ventana, acariciando la sedosa cortina que ella misma había confeccionado se precipitó a contarle sobre la pérdida de su documento. Sin duda alguna la señora Taylor se sintió sin salida. Los negocios no resultaron como esperaban, los gastos los atormentaban, el arrendatario estaba molesto por los tres meses de atraso, su dispensa estaba vacía y el alma se le iba cada vez que inventaba una razón para continuar comiendo
espaguetis al natural y bebiendo agua hervida porque el botellón de agua mineral se terminó, respiraba profundo, parpadeaba para no llorar, esa semana también debía enviar los útiles escolares y ese dinero que necesitaba recibir era su única salida.
—No sé en dónde deje mi cédula. Quizá lo perdí en la furgoneta del colegio en la última salida de campo o en la calle, por ahí. No lo sé. —Sacudió las manos y las volvió a hundir en los bolsillos traseros del jeans—debo tramitar un nuevo documento amiga y has de saber lo difícil que es la espera, pero lo más difícil es: que, sin mi documento, estoy atada de manos. No puedo hacer nada. Ningún trámite. Ningún retiro. Nada amiga.
Apesadumbrada quiso asirse de las cortinas, debió quedar muerta porque ni el cristal se empañó con su aliento y solo volvió en sí tras unos segundos. Sonrió de nuevo, como siempre trató de sonreír. Ni los ladrillos más pesados le oprimirían el pecho. Respiró profundo, como si esa bocanada de aire le insuflara vida.
—¡Cuanto lo siento amiga! pero ten fe en que aparecerá. Lo que no sé es qué hacer, bien tu sabes que todo lo hago con tu run. Compras en el supermercado, pagos de servicio, arriendo y todas esas pequeñas cosas tan importantes.
—No olvides el pago del internet. Debe ser puntual, justo el día que corresponda, de lo contrario amiga, te comen los intereses, y no me gustaría que mi esposo se enterase de que se cargan intereses a nuestra cuenta.
—No, Carolina, tranquila. Lo que menos deseo es perjudicarte. Es solo que, ¿recuerdas que te comenté que tenía unos cobros pendientes por mi trabajo en Londres?
Las manos abandonaron la rugosidad del Jean para retomar la sutileza de la seda y la belleza de la transparencia.
—Necesito una cuenta para transferir dos mil dólares.
De inmediato su semblante resplandeció. Las pupilas opacas que hace un momento estaban acunadas en unos parpados achinados, se dilataron. Un brillo apareció en ellos como quien ve por primera vez un amanecer.
—Pero tranquila, amiga. Da mi número de cuenta. Ya veremos qué hacer.
Por primera vez desde su arribo a Chile habló con tal vigorosidad que sintió cómo se hinchaban cada uno de sus alvéolos pulmonares.
—No, amiga. ¿Cómo cree? Me acaba de decir que te has quedado sin run. Sin eso no puede hacer nada. Estás tan indocumentada, como nosotros.
***
“Los amigos deben ser como la flor de cempasúchil, no solo guían al sendero de la luz, sino que además brindan belleza a tus ojos y el mejor perfume a tus días”.
***
Ethan Madinson y Abir Abdallah Taylor cultivaron una bonita amistad. Incluso cuando ella cumplió los quince años se atrevió a visitar a Don Hafid Abdallah solicitando su permiso para dar una serenata en su cumpleaños.
—Tienes valor muchacho para venir hasta acá—continuó atornillando y ensamblando el mueble que tenía a sus pies—¿Tú padre sabes que has venido?
—No señor. Aprecio mucho a su hija y deseo…—se inquietó al ver que Don Hafid dejaba el destornillador eléctrico para escucharlo. Verlo frente a frente lo intimidaba—deseo tocar para ella esta noche.
—¿Y qué tocarás?
—Si me lo permite, es una sorpresa.
De brazos cruzados apoyó el cóccix en un escritorio—¿Tú sabes que mi hija está amparada por nuestras costumbres y religión, ¿verdad?
—No es musulmán señor. Aunque conozco poco de la religión Drusa, no veo nada de malo en mi deseo por hacerla feliz en su día.
—¿No temes morir muchacho? — Sonríe de buena gana—.
—Mi padre dice que los hombres no debemos temer, señor.
—Tú padre está equivocado. El hecho de ser varón no te convierte en Samson... —respiró profundo al observar como aquel joven le mantenía fija la mirada—Escucha Ethan, conozco a tu familia y a ti. Sé que eres un buen muchacho y también que eres el único amigo de Abir que no he podido espantar, ni siquiera con el cuento de haber amputado el brazo de uno que
osó a tomar su mano —Ethan pasó un grueso trago por su garganta y la manzana de
Adán se hizo perceptible. Continuó sosteniéndole la mirada—pero es bueno que sepas que cuando Abir culminé sus estudios, ella regresará a mi país y cumplirá su compromiso.
—¿Compromiso?
—Sí, Abir Abdullah será la esposa de un m*****o de mi familia.
Don Abdullah parecía disfrutar la escena y saborear la ansiedad que le estaba causando a ese muchacho.
—Abir no merece eso.
—¿Qué quieres decir Ethan?
—Es una chica talentosa. No merece ser la esposa de alguien quien la destinará al servicio de un hogar.
—¡Por Dios! No sabes nada de nuestra cultura, de nuestras vidas…—un breve silencio ralentizo el tiempo— Lo mejor es que te marches y olvides por completo la idea tonta de venir a perturbar el día más importante de mi hija.
—Pronto las leyes me otorgarán el rol de hombre, hasta entonces vendré a conversar de amor y compromisos con usted Don Abdallah y le haré cambiar de idea.
—Por favor, qué dices: si en estos países el amor de un hombre por una mujer se desvanece
como la luna; esta juventud de hoy en día no sabe cómo hacer
perdurar el amor por una mujer —Respiró profundó para serenarse— más, el amor de un hermano, ese amor, sí perdura. El amor de hermano es permanente como las estrellas. Es eterno. Ya pronto olvidaras todo. Irás a tu Universidad y harás tu vida. Y mi hija. Mi hija hará la suya.
—Entonces seré como un hermano para Abir don Abdallah, mientras usted me permite merecerme su aprecio.
Desde entonces verla fue una odisea. Y el día de su cumpleaños Don Abdallah lo recibió con una manguera de agua fría que lo baño de pies a cabeza. Por ella aprendió el arte de la cocotología quien se convirtió durante años en una manera de comunicación. Cisnes, tortugas y hermosos pegasos de papel que terminaba coloreando en el despacho de su padre, que nunca dejo de teclear; recibir y enviar mensajes digitales y físicos como soporte administrativo a lo que era la gran empresa familiar M&T Muebles. «¿Cómo llegó ella a ser dueña de casi toda la empresa?» Es algo que no dejó de preguntarse. No lo comprende., pero
¿Dedicarse a los negocios? ¿Y con tantas empresas en el mundo fijarse solo en la de su familia?... Nunca dudo de sus capacidades. Jamás. Recuerda con gracia la vez que en resolvió en menos de cinco minutos el cubo de Rubik 3 por 3. Lo resolvió con una gracia y una soltura única, como si lo hubiese hecho muchas veces antes. Sonrió complacida y alzó los hombros demostrando la simpleza del caso y terminó diciéndole que era un juego de niños. Tomó una cuerda con puños con contador manual y empezó a saltar como una gimnasta experta.
¡Diablos!, Si a esa edad pesaba cuatro veces lo que pesaba ella. Su panza de infante solía hacer volar los últimos botones de su camisa y su mamá vivía telefoneando a su amigo sastre para que viniese a confeccionarle sus propios trajes que además debían cubrir las exigencias sociales de los que a su parecer eran: aburridos encuentros.