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1713 Words
*** Acababa de celebrar sus veinticinco años y a su memoria bailoteó el recuerdo del cumpleaños número doce. Quizá desde entonces don Habid Abdallah le hizo la cruz. Lo veía como todo un demonio. Se había atrevido a invitarla, a pesar de que su madre se negó a ello; como era su cumpleaños, su deseo fue cumplido. La fue a buscar con el chofer de la familia y había asistido con su padre, ambos elegantemente vestidos. Nunca supieron que tuvieron que adquirir un préstamo con el colombiano cuenta a gotas, como así le llaman en Chile a las personas de Colombia que trabajan como prestamistas. Su padre tenía buenas relaciones comerciales y sabía ganarse el aprecio de los demás. Sin duda alguna contaba con ellos en cualquier momento. Y el hecho de que una de las familias más ricas, o pitucas, como así suelen decirse en chile invitase a su hija al cumpleaños de alguien, era algo que no merecía menos, así que se gastó una fortuna en el mejor vestido de fiesta y zapatos dignos de una princesa que su bolsillo pudo conseguir. No sabía nada de estilos, así que le pidió a una de sus clientes quien con el tiempo había terminado siendo parte de la familia, la importante ayuda. Vistió como una princesa, zarcillos de plata con shawrosky, era lo más hermoso y al alcance de su bolsillo, hasta un delicioso perfume de niñas le compró para la ocasión. Su traje fue elegante y de buen valor, no lo volvió a usar hasta que su hija se había coronado en al mercado de los muebles. Fue el día en que la compra de las acciones de M& T se habrían concretado, realizadas de forma anónima y a cargo de un abogado de confianza. Realmente su presencia física no era frecuente. Implementaba equipos de supervisión remota en cada una de las plataformas de su negocio. Bastaba un móvil, un teclado y la conexión con un empleado de confianza para solventar y ejecutar acciones. En lo personal no se le conocía pretendientes. Sus padres se habían retirado de los negocios y gracias a todo el amor dado en su infancia ellos disfrutaron del descanso tan merecido de su propia jubilación, así que viajar era lo típico en ellos. Sin responsabilidades maritales podía dedicarse con plenitud a sus negocios y cada vez que sus arcas financieras ascendían un peldaño, su júbilo crecía, incluso apareció en la lista de Forbes de las mujeres jóvenes más adineradas, noticia que causaba revuelo al punto de mantener un avispero alborotado casi todo el tiempo, repleto de caza fortunas que no solo ansiaban meter mano a sus arcas sino que también deseaban llevarse a la cama a quien fuese considerada la solterona más deseada de todo Chile. Sus costumbres familiares se acoplaban perfectas a la nación que le había abierto las puertas, y ella, toda una reina con sus piernas esbeltas, perfiladas, perfectamente definidas en una estatura de miss universo se acoplaba a la contorneada cintura en forma de guitarra. Su cintura delgada y ese busto turgente que enloquecía a cualquiera junto a sus ojos negros que continuaban brillando como la noche y así, deseó, él, verlos siempre. Al descender del avión sostuvo su portafolio en mano y a ella en su mente. Recordó que debía retirar la valija de viaje y se dispuso a ello en la espera de la banda de equipajes. Aguardó varios minutos y mientras lo hacía en una espera que parecía eterna no dejo de contemplar la pantalla táctil de su Apple sostenido de forma impaciente entre su mano y el traje de confección italiana. Su calzado importado hablaba de su estatus y algunas mujeres mayores y no tan jóvenes lo miraban indiscretas observando su atuendo y su belleza masculina. Una figura de Adonis. De ángel en la tierra. Una vez recuperado su equipaje se retiró rodándolo de medio lado y a su salida digitó el número de alguien que figuraba en su pantalla como: “amigo Fabián”. Fabián es un nombre común en Chile y era el nombre de su mejor amigo de infancia, era hijo de un comerciante famoso por las ventas retail y esa tarde se había ofrecido a buscarlo en el aeropuerto, en honor a los años de amistad. Fabián sabía sus secretos y de su amor platónico, ese que siempre fue y nunca había sido. Se sorprendió de que su amigo continuará siendo el mismo, salvo su cabellera; había perdido una parte de ella en el centro y le brillaba de lisa la piel de su cuero cabelludo y una rara cicatriz en una de sus orejas, que prefirió no cuestionar; usaba gafas correctoras de marca y vestía tan elegante como siempre lo hizo. La última vez que lo vio, había sido en sus vacaciones en Montreal fue en donde se puso al tanto de los avances de los negocios de Abir Abdallah Taylor. En esa ocasión rememoraron su cumpleaños, ese en donde por poco, según su propia y sofisticada madre, Abir lo destruye. La verdad del caso es que verla vestida como toda una princesa del brazo de su padre le hizo sentir retorcijones en el estómago, hasta empalideció y no supo si darle su mano o pasarle el brazo para que ella se sostuviese tal como dictaba las reglas de protocolo. Su madre no dejaba de observarlos como si se tratase de un bichito de laboratorio. En una ocasión él niño Ethan hizo que derramase la copa de licor de su mano. Boquiabierto se disculpó ante ella argumentando un accidente y se abrió camino entre los presentes hasta donde estaba ella, quien desde su llegada había llamado la atención de los demás invitados: niños de su edad que ansiaban una pieza de baile. Ella no se apartó del lado de su padre y tampoco le sonrió a ninguno. Solo a él. A Ethan Madinson. También fue a él a quien le concedió el primer baile y el último. Resulta que uno de los invitados a la fiesta quiso sacar a relucir los fondos con los cuales habría adquirido su traje y esto la hizo enardecer tanto que luego de respirar una profunda bocanada de aire argumentó tener sus reservas financieras menos públicas que las suyas. Una respuesta muy tenaz para una niña de su edad. Orgulloso de ella la invitó al parque en un costado del jardín. Su padre quien había escuchado la sabia respuesta se quedó a su espera desde una mesa en donde pudiese darle alcance visual a los jovencitos. Un mozo le sirvió una copa de coñac y la aceptó por decencia, pues los licores nunca formaron parte de los anaqueles de su dispensa familiar, apenas la llevaba hasta los labios y con disimulo sorbió algo del licor ofrecido. Los mariscos, pulpitos, camarones, langostas, anchoas y sardinas en aceite de oliva entre los demás y exóticos platos tampoco fueron su deleite. Así que cuando ofrecieron los snacks y la bandeja de quesos madurados con jamón serrano no se despegó de ellas. Hablaba poco. Escuchaba mucho. Por un momento los anfitriones se acercaron a estrechar su mano y en muestra de cortesía darle la bienvenida. —Es un placer verlo en nuestra humilde morada, estimado caballero. —El placer es mío caballero. Es muy hermosa su humilde morada. —A de ser mejor que la suya, creo—se sonrió mientras veía a su entorno y sonreía con ironía. —Bendito sea a Dios, cuento con lo que necesito para la felicidad de mi familia y la propia. ¡Salud estimado Madison Fuller! — extendió la copa al aire y esta vez bebió un grueso trago de coñac que le obligó apretar sus labios y capturar su mejor sonrisa. —¡Salud por ello! — dijo un poco más serio—nuestros hijos se llevan muy bien, por lo visto. —La pureza de los niños es una dimensión ajena a la nuestra. ¿No lo cree? —Pero las dimensiones nunca se unen señor Abdallah. —A Dios gracias, por ellos. Las dimensiones tienen sus propios límites de intercepción y unión. —Matemática cierta. Matemática Cierta. —No aspiro a que mi hija se vinculé más de lo presente con personas tan superfluas como usted, caballero —en ese preciso instante pasó un mozo con una bandeja de plata y sobre ella dejo reposar su copa con el resto del coñac—Esta conversación ha terminado. Con su permiso señor. Se sacudió el traje n***o con la corbata del azul oscuro más hermoso que su hija haya escogido y se retiró con la postura de un rey camino al jardín. Era el momento de retirarse y se dispuso a buscar a su hija. El jardín era amplio y contaba con inflables y hasta con un carrusel eléctrico entre las dos fuentes de chocolate gigantes, los niños iban corriendo de un lado a otro, se tropezó con uno de ellos a quien terminó expresándole disculpas en lugar de hacerlo el infante. Al fondo estaba su hija, de espalda a él. Despacio se acercó a ella, puso la mano en su hombro para darle vuelta y cuando la vio su alma se le hizo pedazo. Una masa de pastel cremoso y crema chantillí con lo que parecía restos de helado con lluvia de maní se chorreaba desde el cuello de su hermoso vestido hasta el ruedo de su falda. Su padre se inclinó aturdido, boquiabierto, mirando a todos lados, pero ningún niño parecía importarle lo que a su hija le estaba ocurriendo. A lo lejos vio venir a Ethan con una caja de pañuelos blancos, lucía azorado y llevaba el traje desaliñado. Se quedó petrificado contemplando uno los ojos del otro. Su padre apretó sus labios, frunció el rostro y pasando su mano por el hombro de su hija se dio la vuelta. ¡Era el colmo de la humillación! Se irían en ese preciso instante. Ethan salió corriendo para darle alcance, pero su padre lo retuvo con la excusa de ser momento del pastel y lo llevó al interior de la casa. Ese fue el peor de los cumpleaños de Ethan Madison, quien no sonrió y ni siquiera sopló las velas de su pastel. Su único deseo había sido destruido.
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