5

4277 Words
Faltaban ocho personas más para llegar. En ese ínterin, un grupo de chicos vestidos iguales, con suéteres de colores neutros, y todos perfectamente peinados, pasaron por el medio de la fila, empujando a Nina en el trascurso. La vi quejarse y frotar su hombro izquierdo, pero no les dijo nada. Cuando los encontré mirándola y riéndose, fruncí el ceño. Estaba claro que lo hicieron para molestarla y eso era algo nuevo. Un grupo de intelectuales burlándose de una indefensa chica que casualmente usaba un suéter similar al de ellos. El que parecía ser el líder, llevaba una insignia en el pecho, tenía algo escrito pero era muy pequeño para saber que decía. — ¿Estas bien Nina? —Le preguntó Larry saliéndose de la fila para atenderla. —No duele tanto, estoy bien. —Nos dijo Nina, con una débil sonrisa. No le creí un pelo porque el golpe había sido brusco. Respire hondo, debía calmarme. —Esos idiotas pertenecen al club de matemáticas. —Dijo Larry entre dientes. Su rostro angelical y tierno se transformó por el enojo y entendí que esos chicos significaban un problema. —Son creídos y humillan a los que saben menos que ellos. Oh vaya. Juegos invertidos. Pensé. — ¿Y qué tienen que ver con Nina? —Fui parte de su grupo, no sabía que ellos hacían esas cosas porque son muy discretos. Entonces los deje y los expuse, ahora todo el mundo sabe quiénes son y me tomaron a mí para saciar su enojo. —Explicó Nina en un hilo de voz. —Ya veo. —Murmuré. — ¿Tuviste problemas con ellos Larry? —Me vienen molestando hace dos años. —Contestó en voz baja, con vergüenza. El grupito seguía cuchicheando entre ellos, ahora sentados en una mesa. Eran unos completos nerds, ninguno pensaría que fueran tan endemoniados. Se ven hasta inofensivos, y esa era su mejor arma para hacer sus maldades y no ser sospechosos. Finalmente fue mi turno. La señora regordeta con un delantal de rosas abrió los ojos grande cuando me vio, la cuchara que usaba para servir funciono como señalador, y estiro una sonrisa. Mire la punta de la cuchara y luego la señora, un vaivén de miradas más, hasta que me canse. — ¿Ocurre algo? —Le pregunté. —Eres la otra hija de Charly. Bienvenida cariño. Otra hija. Me disgusto, no era “otra” hija de Charly, era la hija de Charly. — ¿Tienes una hermana? —Saltó Larry por detrás. Sin decir nada espere a que la señora me sirva la comida y cuando lo hizo me aparté de la fila, y espere junto a Nina a que Larry terminara de pedir. — ¿Cómo se llama tu hermana? —Teresa. —Le contesté a Nina. —Escuche que son hermanastras, ¿Eres la mayor? Volví a respirar hondo. Definitivamente dios no me había congraciado con la paciencia. —No, ella nació primero. —Le dije con voz monótona. —Eso significa que está en undécimo grado, es por eso que Angus Lennon te llamo. Debe conocer a tu hermana. Asentí. Estaba en lo correcto. Tessa nació en 1992, un 13 de abril, y yo nací en enero 5 del siguiente año. Ahora las dos teníamos dieciséis años, pero solo hasta un mes más. Larry termino de pedir su comida, y los tres comenzamos a buscar con la mirada una mesa vacía. Encontré una al fondo en la esquina, y le señale el lugar a mis dos… ¿Amigos? Teníamos que pasar por el frente de la mesa de los idiotas intelectuales. ¿Ya mencione lo gracioso que era eso? Al final lo inteligente no te quita lo idiota, y no tenían nada que ver una con otra. Nina se apegó a mí, y la miré un segundo desconcertada por ello, supuse que le asustaban, así que la agarré del brazo y la moví hacia el otro lado, para que mi cuerpo la cubriera al pasar y no se sintiera tan expuesta. Cuando la toque Nina se tensó y alzó la mirada para verme, le sonreí. Mientras este cerca y mis ojos lo vean, no permitiría a nadie sentirse intimidado por brabucones. —Miren quien viene, Nina Simpson.  —Intervino un rubio con peinado de lamida de vaca, bloqueándome el paso. Era unos centímetros más alto que yo, y me miraba como si eso lo hiciera superior. Una sonrisa jocosa atravesó su cara. — ¿Tienes guardaespaldas ahora Simpson? Miré de reojo a Larry, y vi como la mitad de su cuerpo protegía a Nina. —No queremos problemas… como te llames. —Le dije. Claro que no quería, pero si me provocaba haciéndose la gran cosa en medio del pasillo lo conseguiría. —Me llamo… —No me interesa. —Le corte. Por cómo se desencajo su rostro, supe que eso no le había gustado. Entonces su manada de nerds se levantaron de sus asientos y la cafetería se sumió en silencio. — ¿Eres una de las nuevas verdad? —Me preguntó con asco. —Sí, Linn Olson. —Me presenté y mis labios rojos se estiraron hacia arriba en una coqueta sonrisa. —Deberás saber quién manda, no permitimos que vengan niñas de ciudad a faltarnos el respeto. Este ya no es tu reino princesita. Rodé los ojos. — ¿Es todo lo que dirás? Conozco los de tu tipo, humillan a la gente para sentir que tienen el poder. Dio un paso hacia a mí, amenazante y Larry intento ayudarme pero fue tomado por la espalda por uno de ellos. El caos avanzaba peligrosamente, y nos convertimos en el centro de atención. Nadie hacia más que mirar y me pregunte que tanto poder tenían estos idiotas en el instituto. —No me conoces Olson. —Lo hago muy bien, créeme. — ¿Te crees muy amenazante princesita? —Elevó su comisura izquierda, en una provocadora y arrogante sonrisa. —Reina suena mejor. —Su sonrisa se borró al ver que ni me inmutaba por él. Me puse seria y lo miré desafiante. El chico soltó el aire de manera pesada, cuando me acorté aún más nuestra distancia. —Déjate de juegos rubio, solo no vuelvas a cruzarte en mi camino. —Le susurré. Volví a alejarme y ensanché una sonrisa. Su rostro se endureció. — ¿Piensas que eres ruda niña bonita? Puedo aplastarte si lo deseo. — ¿Vas a golpearme?—Me reí.  —Eres el único que saldrá perdiendo. —Actúas como un chico, pero a la primera que dé un paso te pondrás a llorar y a victimizarte. Así con las mujeres como tú. —Sus ojos entonces se pasaron a Nina y chasqueó la lengua. —Se hacen las valientes y se acobardan, no pueden hacer más que eso. Solté el aire por mi boca, indignada y ofendida. Este era el cliché del chico malo que no soporta que le hagan frente, y que humilla a los demás para sentirse mejor. ¿Acaso no tenía un argumento menos absurdo y estúpido que ese? — ¿Sabes que es más peligroso que una mujer enfurecida? — Cuestioné con fuerza. Me picaban las manos de volarle la cara. Apreté los dientes y forcé una amable sonrisa. —Un hombre cobarde que humilla a las mujeres solamente para sentir que tiene valor. —Le clave mi dedo en el pecho. —Y tú eres inservible. Su brazo me tomo por la cintura y me arrastró hacia su pecho. Reaccioné enseguida, y alcé la rodilla impactando con fuerza en su entrepierna. Me dejó libre y trastabilló inclinado sobre sí mismo, gimiendo de dolor. Afilé la mirada, ahora si estaba furiosa. —Te metiste con la persona equivocada. —Gruñí. Alargué la mano para tomarlo pero unos dedos delgados y blancos se aferraron a mi muñeca y desviaron mi acción. Miré con enojo a la persona que me había detenido y choque con los ojos cafés de Tessa.  —No causes problemas Linn. —Me dijo. Su agarre era fuerte, pero no tanto como para no poder soltarme. Así que hice el ademan de tirar el brazo, pero antes de que pudiera hacerlo volvió a hablar. —Y tú, no vuelcas a tocar a mi hermana. No somos princesitas, ni niñas de ciudad, y aunque sea así, nada, repito nada, te da derecho a tocar a una mujer. Entonces no me solté. Fue una calidez agradable la que me recorrió de pies a cabeza por las palabras de Tessa. Era algo que quería archivar para jamás olvidarlo. Sin embargo, de la nada, salió otro chico, más alto, y castaño. Se enfrentó a Tessa y ella titubeó, le apretó el brazo y oí sus dientes rechinar, quise hacer algo, pero alguien llegó a la velocidad de la luz y empujó al castaño con tal fuerza que salió casi volando y se estrelló contra una mesa, tirándole en el proceso la comida a los estudiantes que estaban ahí sentados.   Boquiabierta miré a ese alguien y vi a uno de los hermanos McAllen. Sus ojos plata relucientes, me calaron el alma cuando me miraron y contuve la respiración al percibir ese aroma. Polvo y muerte, toda mi valentía se desarmo y temblé del miedo. Atraje a Tessa hacia mí y solté el aire, de repente muy abrumada. Otra vez nació esa sensación, eso que me decía que algo malo estaba por pasar. Giré la cabeza, buscando al resto de los McAllen. Los encontré en la entrada de la cafetería, observando todo con esos profundos y aterradores ojos. Inmóviles, sin mostrar expresión alguna, solo existiendo con fuerza en una esquina, alejados del resto. —Edmund. —Pronunció en voz baja mi hermana. El tal llamado Edmund miró a su alrededor y así como llegó –que era un misterio- se fue rápido y despareció seguido de sus hermanos, que nos miraron a Tessa y a mi antes de marcharse. Algo nuevo crecía, se enredaba y se movía en mi pecho, algo oscuro y peligroso. No supe que era pero eso dentro de mí me advertía a gritos que me alejara de esa familia. Estaba apoyada contra la pared. Miraba la punta de mis pies, tratando de alinear todo y comprenderlo. La puerta de la oficina del director se abrió, salieron los idiotas intelectuales, Tyler Harris, el líder, me miró con odio y se fue junto a su grupo por el largo pasillo hacia las escaleras del fondo. Había sido la primera en hablar con el director, un hombre de traje n***o, escaso pelo oscuro y un lunar en la mejilla. Me dijo que no tendría reprimendas, que lo dejaría pasar por ser mi primer día. No estaba tan convencida de eso, sabía que estaba en observación a partir de ahora. A Larry y a Nina tampoco les digo nada grave, les tuvo más consideración por ser alumnos ejemplares. Le tocaba a Tessa y a Edmund entrar, ya que fueron los últimos en incluirse en el problema. Edmund abrió la puerta y Tessa, estando a su lado, puso su mano en mi hombro. No me dijo nada, solo elevo una pequeña sonrisa casi imperceptible, que acepte con mucho afecto. Estaba desconcertada, y tenía muchos motivos. La primera era la actitud de mi hermana. En mis dieciséis años de vida jamás había tenido tanta cercanía y unión con ella. Desde mi infancia fui una chica problemática, no podía quedarme callada y actuaba guiada por mis impulsos. Tessa jamás aprobó eso, tuviera o no la razón, ella siempre me decía que debía controlarme y no causar líos. A la hora de enfrentarme a mis rivales o a quien fuera para hacer justicia y defenderme, sabía que no podía confiar ni apoyarme en ella. Porque así era, Tessa solo observaba desde lejos, me veía combatir –y hablaba en todos los sentidos-, y no movía un pie más que para decirme lo mal que me comportaba. Pero fue diferente. Evitó que lo golpeara, y me defendió. Se enfrentó a su manera, pero lo hizo, y no podía dejar de repetir la secuencia en mi cabeza. “No somos princesitas, ni niñas de ciudad, te patearemos el trasero de ser necesario.” Siendo honesta consideraba a Tessa una princesa, no me demostraba lo contrario y con esa imagen me quede… hasta ahora. La visión de Tessa miedosa y frágil se hacía una rajadura y sorprenderme era poco, confusión era lo que sentía. ¿Por qué en ese momento? ¿Por qué ahora? ¿Qué diferencia había entre el hoy y el pasado? ¿Por qué me protegió en vez de acusarme? La puerta se abrió. El chico de ojos raros salió primero, se veía enojado, o asqueado, o como si no respirara. Quise hablar con él, quería agradecerle por defender a Tessa, pero a la primera que abrí la boca el chico siguió de largo a grandes zancadas. Estaba apurado, eso sin duda. —Ignóralo. —Me dijo Tessa. —Conmigo ha hecho lo mismo. Se cruzó de brazos con molestia. La espalda del chico desapareció y me volteé a ver a mi hermana.  —Es mejor así. —Le dije con cierto alivio que hasta a mí me desconcertó. — ¿Por qué dices eso? —Hazme caso, huelo algo en él y sus hermanos que no ningún buen presagio. — ¿Desde cuándo confías tanto en tus presentimientos? Suspiré, ¿Qué le diría? No tenía forma de verificarlo pero estaba segura que nada normal podía venir de los McAllen. —Por eso mismo Tessa, si te lo digo yo es porque es preocupante. —Insistí. — ¿Cómo conociste a Edmund? —Tengo clase de biología con él. Nos sentamos juntos, pero no me ha dirigido la palabra hasta al final de la clase, cuando me dijo su nombre. No me dio tiempo a decirle el mío porque había desaparecido. —La tendencia del fantasma. ¿Acostumbra a ser tan maleducado? —Me burlé. Tessa negó sin una gota de simpatía. —No sé pero, quiero averiguarlo. Era mejor que no lo haya confesado, porque ahora que lo sabía me rehusaba a dejar que se entrometiera en la vida del “ojos raros” nada bueno saldría de ahí y otra vez, mis instintos lo decían. —No lo hagas, abandona por un momento tu arrolladora curiosidad. —No me vengas con tus presentimientos Linn. —Se quejó. —No sé de dónde eres tan desconfiada pero no puedes juzgar a las personas así, es grosero. Además ni siquiera lo conoces, solo por verle la cara a alguien no puedes determinar cómo es realmente, ¿Te gustaría que alguien haga lo mismo…? —Tessa dejo de parlotear cuando golpeé su frente con el nudillo de mi dedo del medio y formó una mueca de desagrado profundo. — ¡Oye que haces! —Piensa lo que quieras, pero ten cuidado con Edmund McAllen. —Le advertí. No me gustaba, y cuando algo no me gustaba era imposible que cambiara de opinión. Miré la hora en el reloj que colgaba al costado de la puerta, en el otro lado de donde estaba apoyada con anterioridad, y vi que casi era la hora de entrar a la siguiente clase. Física, un fastidio. —Tenemos clases, nos vemos después. —Les dije a las dos y me fui rápido. Ya estaba asqueada del instituto y ni siquiera había pasado mi primer día. Entre a clases mostrando la mejor cara posible, tratando de borrar la negatividad que se me había pegado como pulga desde el comienzo de la mañana. Analicé las posibles razones de mi irritación sensible; la incomodidad de la primera noche, las malas miradas en las escaleras, la discusión en la camioneta, el incesante acoso, la pelea en la cafetería y por ultimo McAllen ojos raros. Enumerándolos en orden, caí en cuenta de que había tenido un pésimo día. Me senté en el único lugar vacío que había, y no hablé ni miré a nadie el resto de la hora. La profesora Walker tenía una voz chillona que no te permitía pegar un ojo, estaba aburrida y cansada, últimamente todo lo que podía decir es que era un fastidio. Al irme de la clase en dirección a la siguiente que era Arte, me sentí como Tessa -una gruñona y pesimista-. Suspiré, nada estaba yendo como esperaba. Me encontré con Larry en Arte, eso mejoro mi humor. Hablamos la mitad de la clase sobre sus anécdotas más raras, me conto que su tío se emborrachaba los viernes y solía escaparse desnudo. La carcajada que eché fue tan fuerte que la profesora me llamó la atención. Larry era una persona muy interesante, de fuera parecía ser un nerd aburrido, pero la realidad es que Larry ni siquiera era tan bueno y culto con sus estudios, entonces le pregunte porque el director le dijo que era un alumno ejemplar. Y me contestó que era por ser el ganador seis veces consecutivas del concurso anual de ajedrez y que el director era un gran fan del juego. La otra mitad de la clase nos tuvimos que callar y dibujar al estilo libre, Larry escogió dibujar a  Darth Maul, mientras que yo trazaba líneas sin sentido por toda la hoja, con la mente nublada y las ganas por el suelo. No tenía un hobby, y tampoco tenía un talento. Nunca reparé en ello tampoco, sabía que quizás debía tener alguno que aún no descubría. Era un ser humano común sin nada en que sobresalir. Entonces cuando la profesora nos preguntó sobre lo que nos gustaba hacer pensé que sería ridículo decirle “comer”. Debía haber algo en lo que destacara. Algo que me gustara, o mejor aún, una cosa que me guiara a mi futuro. Si tan solo tuviera un sueño como todo el mundo, lejos o cerca, un sueño al cual aferrarse. Tessa quería ser escritora, la veía escribir y leer todo el tiempo, jamás había leído alguno de sus escritos pero tenía fe en que era buena. Mi abuela me decía que si iba a la universidad todo iba a estar bien, que al final el dinero era la llave para tener una vida feliz. Pero quería un sueño, apestaba vivir el día a día sin saber que iba a ser en el futuro. Por primera vez levanté la mano por voluntad propia. La profesora me señaló con el lápiz que tenía y me sonrió sorprendida. — ¿Quiere decir algo Olson? Todos se voltearon curiosos. — ¿Cómo sabes cuál es tu sueño? Uno de los cuestionamientos más importantes, del cual no tenía  idea de cómo responder. Pensarlo me generaba un malestar en el pecho, estaba intrigada por descubrirlo. —Bueno Linn, los sueños nacen a partir de las cosas que te gustan o de lo que desearías hacer para cambiar algo de tu vida o la vida de los demás. — ¿Y cómo sabes que cosas te gustan? Algunos se rieron, otros en cambio estaban en silencio, tal vez tenían la misma duda que yo. —Experimentas, pruebas y te descubres. Es un proceso que depende de cada persona si es largo o corto. Algunos nacen con algún talento, otros lo descubren con el tiempo, pero siempre hay algo que nos hace especiales. —Creo que puedo entenderlo. —De ahí a llevarlo en práctica era un salto enorme, pero su respuesta me servía. La profesora volvió a sonreírme y dirigí mi vista a la pizarra de corcho a mi izquierda, había varios folletos, uno en especial llamó mi atención. Vi un avión de papel caer en mi pupitre y mire a mi costado, Larry me regaló una sonrisa y señaló el avión. Lo abrí y leí lo que decía “Puedes unirte al club de ajedrez para empezar tu autodescubrimiento”, estire una pequeña sonrisa. No sabía que tan bueno sería que alguien tan impaciente e inquieta jugara ajedrez, pero me conmovía el bello gesto de Larry. Agarré mi lápiz y escribí en la misma hoja “Gracias, pero me anotare en el taller de fotografía”, se lo envié y esperé a que lo leyera, al hacerlo elevó la cabeza y levantó el pulgar. Fotografía. Nunca me había relacionado con eso en ningún sentido, pero se veía interesante. La hora deseada había llegado. Cuando la manija del reloj marco las 3:30, casi suelto un grito de júbilo. Con la mayor alegría y la ansiedad por tocar mi dulce cama, guardé todo en mi mochila sin prestarle atención al cómo y al orden. Fui una de las primeras en levantarme y Larry se paró después de mí. — ¿Apurada por huir? —No sabes cómo lo deseo. —Le dije moviéndome por el primer pasillo, hasta llegar a la salida. —Me caes bien Olson, deberíamos mantenernos en contacto fuera del instituto. —Me dijo una vez estando en el corredor. Acomodé la mochila en mi hombro y estiré una sonrisa. —Claro, ¿Te paso mi numero o me lo pasas tú? Me moría de los nervios por dentro. Era oficialmente mi primer amigo. Sacó tu teléfono y yo saqué torpemente el mío del bolsillo interior de mi chaqueta. —Anota. —Me indicó su número y lo guardé bajo el nombre de “Amigo” para conmemorar y recordar eso cada vez que viera mi lista de contactos.   —Genial, supongo que estaremos hablando. —Que consté que no tenía idea de cómo sería esto a partir de ahora. —Claro, te llamaré si surge algún plan. Es más, el domingo iré a La Push, muchos de nosotros vamos ahí a surfear, podemos ir si quieres. La Push, el nombre de la comunidad más grande dentro de la reserva Quileute y el sitio donde estaba Firts Beach, la segunda playa más concurrida por los adolescentes de Jennings. —Acepto. —Asentí. Salimos del instituto y ya había dejado de llover. Vi a Tessa apoyada contra su camioneta junto a los mismos chicos que estaban con ella en la cafetería. Me despedí de Larry que iba en la dirección contraria a la mía y camine hacia mi hermana. En el camino mis ojos se dirigieron inevitable en el Jeep y me encontré con los hermanos McAllen observando el punto donde estaba Tessa. Fruncí el ceño, parecían hablar entre ellos pero no podía distinguir sus labios moviéndose, era escalofriante y se puso peor cuando el único que conocía de ellos; Edmund clavó sus ojos perturbadores en los míos. Elevé la mirada a pesar de estar temblando como gelatina por dentro, no me derrotaría un modelo de revista con rostro de sufrimiento perpetuo. Edmund McAllen rompió el contacto cuando quien parecía ser su mellizo le puso la mano en el hombro. Los hermanos se dieron la vuelta y se subieron a su resplandeciente Jeep. Continúe mi camino hacia Tessa, mientras la veía despedirse de sus amigos y abrir la puerta del cacharro. Cuando llegué ella se sobresaltó y extendí una burlona sonrisa. Abrí la puerta, lancé mi mochila primero en la alfombra de los pies, y me subí.  Tessa encendió el motor, que rugió llamando mucho la atención.   Tessa retrocedió, salió del lugar, y dobló a la derecha. Avanzó despacio hasta que salimos a la entrada/salida del aparcamiento. Conforme conducíamos de regreso a casa, me picaron las ganas de hablarle a Tessa. No por deseo, sino para resolver una duda que me venía persiguiendo desde lo sucedido en la cafetería. —Veo que pudiste adaptarte bien. —Dije, pellizcando con algo de nervios la tela de mis jeans. —Veo que tú también. —Me respondió, siendo una clara indirecta para lo que paso y mi entrada para conseguir lo que quería. —Si. Me sorprendió que te hayas metido. —Estabas armando mucho escándalo. Me reí. —McAllen arruino las cosas. —Tanteé para ver su reacción. —Tú hubieras sido peor. No sabría confirmarlo, no había sucedido. —Supongo. —Me mordí la lengua. — ¿McAllen y tu son amigos? Se veía bastante enojado. —Te dije que solo hablamos en la clase de biología. Lo sabía, pero presentía que era más que eso. —Me cuesta creerlo, esa familia parece estar interesada en ti, en especial McAllen y su evidente preocupación y complejo de héroe. Paramos en el mismo semáforo que a la mañana. Entonces, Tessa aprovecho para mirarme. — ¿A qué quieres llegar Linn? —Solo intento averiguar qué hiciste para ser su centro de atención. —Hablé entre dientes. —Ilumíname y explícamelo a mí también. — ¿Entonces lo notaste? —Claro que sí. Fue inevitable que no lo hiciera. Eso significaba que la cosa venia completamente de ellos y que Tessa no se había incluido por si sola. —Son raros. —Confesé. —Y peligrosos. — ¿Cómo puedes saber eso? El coche avanzó. —Mis instintos. —Oh vamos Linn, no puedes confiar en eso. — ¿Y qué te dicen tus instintos de los McAllen, Tessa? Hubo un silencio. —Me dicen que son un misterio. — ¿Y confías en ellos? —Si. —Sentenció desviando su mirada hacia mí, con seguridad. — ¿Ahora lo entiendes? Créeme Tessa, ellos son peligrosos. — ¿Realmente lo piensas? —Lo huelo. Extendió una sonrisa burlona. — ¿Eres un perro o qué? Rodé los ojos. No me estaba tomando en serio, y esto era realmente importante. —No estoy jugando Tessa. —Lose, lose. —Pero aun guardaba esa sonrisa y no pude hacer más que bufar y cruzarme de brazos.                            
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD