Apenas puse un pie todas las miradas se clavaron en mí. Eran como búhos en medio de la noche, me sentí su presa. Caminé por el espacio entre la pizarra y los pupitres, me metí en el segundo pasillo y continúe con los ojos de mis compañeros pegados a la espalda y cuello, hasta el último asiento a la izquierda, junto al ventanal. Me senté soltando un resoplido, y me puse la capucha para amortiguar la vergüenza e incomodidad que me hacían sentir.
Era un salón mediano como todo aquí, los estudiantes se reducían a la mitad de mis compañeros en Miami. Dando un leve vistazo, atisbé las paredes llenas de cartulinas y mapas sobre la pintura gris, y repose la mirada en el ventanal. Desde esa posición veía el jeep de los modelitos, el extenso bosque verde que se cortaba con brusquedad al principio de la calle y el manto de nubes y niebla sobre ellos.
—Hey. —Escuché decir de una voz masculina. Me giré y vi un chico con acné, anteojos redondos y una cabellera chocolate desordenada. Me sonreía, no evite pensar en la linda sonrisa que tenía. — ¿Eres Linn Olson, verdad?
Estaba sentado en el pupitre de enfrente, y con el cuerpo volteado hacia mí.
—Soy yo. —Le respondí, y el grupo de cuatro personas que se sentaba en la fila siguiente a la mitad, se giraron a verme.
—Un gusto, me llamo Larry Johnson. —Me tendió la mano y la acepte.
—Un nombre un tanto extraño. —Le dije. Intentaba alejarlo, si podía ofenderlo, no sería un futuro problema. Pero fue todo lo contrario, sonrió y soltó una pequeña risa.
—Lo sé, culpa a mis padres. Son pésimos. Es una combinación entre el nombre del padre de mi madre y el padre de mi padre. —Explicó. Asentí sin mucho interés. —Disculpa a los estúpidos de mis compañeros, actúan como si vieran una persona nueva por primera vez.
—Así es.
—Casi nadie viene a Jennings, mucho menos de nuestra edad. Están entusiasmados, pero no son tan malos.
Recordé entonces a los chicos del Jeep.
— ¿Los chicos del autazo, son nuevos también? —Le pregunté con evidente intriga. Larry se acomodó los anteojos.
—Si hablas de los McAllen, ellos llegaron al principio del año. — Contestó mirando al ventanal.
¿Con que McAllen?
Me incliné en la mesa. — ¿Qué hacen chicos como ellos aquí?
—Son hijos del director del hospital, Caillen McAllen. Trabaja ahí como doctor, y trajo a sus hijos aquí junto con su esposa. —Me respondió. Asentí lentamente, aunque con una pizca de duda.
— ¿No era el doctor Smith el director?
Larry negó.
—Es el vicedirector. El doctor McAllen se fue y lo dejo a cargo. Curiosamente volvió, pero no toma su cargo completamente.
Chasqueé la lengua. Interesante. Jamás había oído de esa familia, pero se veían como gente con plata y eso aumentaba mi curiosidad. ¿Por qué Jennings? ¿Qué hay aquí que no hay en otros lugares?
—Pero son extraños sabes. —Eso atrajo por completo mi atención. —Solo vienen, estudian y se van. No han hablado con nadie y siempre están juntos.
— ¿Egocéntricos tal vez?
—Más bien diría reservados.
Dirigí la mirada a la puerta que había sido abierta, entró una chica de cabello oscuro, atado en una coleta alta. Vestía con una falda a cuadros marrón y un suéter beige. Sus ojos castaños se cruzaron con los míos y vi que se quedó prendida en mi mirada unos segundos, y luego la bajo enseguida, y se sentó en el primer asiento de la segunda fila. Regresé la vista en Larry, que parecía haberse quedado observándola también, extendió una sonrisa y supe lo que pasaba.
— ¿Se gustan? —Le pregunté cuando uní la reacción de avergonzada de la chica, con la boba sonrisa de Larry.
Él se giró con las mejillas rosadas.
—No. —Alcé una ceja. —Es decir, me gusta, pero Nina… nunca me hace caso.
— ¿Te arriesgaste a decirle siquiera?
—No, no. Soy muy tímido.
— ¿Y cómo se llama?
—Nina Simpson. —Respondió en voz baja.
Sonreí con ternura. Volví a mirar a la chica y la encontré mirando hacia nuestra dirección, se giró asustada y corrí la vista para no incomodarla demás. Los dos eran tímidos y parecía que se avergonzaban con facilidad, Nina estaba encorvada hacia delante y Larry con la cabeza gacha. Si Johnson quería que algo pasara entre ellos dos, debía vencer su miedo.
El profesor llegó unos minutos después. Vestía unos pantalones de gabardina y una camisa blanca debajo de un suéter. Su cabello color miel brillaba por la cantidad de gel que usaba. Con unos ligeros toques en la pizarra llamó la atención de todos, me fije por primera vez que el salón estaba lleno. Sus ojos se percataron de mi presencia, y me hizo levantarme para presentarme. Con latente aburrimiento les dije mi nombre y de donde venía, el profesor espero a que dijera más información, pero me senté, dejando en claro que no diría una palabra más. La clase de historia fue normal, me distraje a la mitad con las gotas que resbalaban por el vidrio. Otra vez empezaba la lluvia.
La clase de historia termino y continuaba biología. Salimos todos en manada al salón 10, al contrario del anterior salón, este tenía la ventana dando a la cancha de futbol americano, esa fila fue ocupada rápidamente por un grupito que pasaron apresurados, empujándome a mí y algunos más en la entrada. Me mantuve en silencio toda la clase, pese a que la profesora señalaba a cada uno para responder entre todos las actividades que dio con el libro. Fue un alivio que haya pasado de largo mi presencia, porque el de historia no había tenido inconvenientes ni piedad en hacerme parar y responder sus preguntas sobre la guerra fría. Por fortuna fue sencillo, ya que mi padre fue parte del ejército y participo en los últimos años de la guerra, así que la historia me la sabia de principio a fin. Esa era una de las causas por las que historia me parecía aburrido, gracias a mi papa y a sus libros en la vieja biblioteca del garaje. Un sitio un tanto extraño pero comprensible siendo que era el lugar donde guardaba su armamento, medallas y otras cosas. Era su guarida secreta de los tesoros. Otra causa que podía mencionar, era que leer me aburría.
Biología transcurrió entre charlas de la sexualidad y malos chistes por parte del grupito de la tercera fila –fichados en mi cabeza como un montón de idiotas. La clase se volvió tediosa media hora antes de terminarla, veía las manijas del reloj moverse cada vez más lento y la voz de la profesora me adormecía.
De 10:30 a 11:30 tenía Lengua. Larry y Nina no estuvieron conmigo , así que tuve que pasar por un periodo de soledad, hasta que una chica con mechones teñidos de violeta me hablo, fue una conversación corta, me hizo las típicas preguntas que se le hace a alguien cuando apenas la conoces. Me dijo que se llamaba Lisa Thompson, que era parte del club de teatro, y que yo sería perfecta para el papel en su siguiente obra. Más allá de eso no ocurrió nada de suma importancia, y nuevamente a mitad de la hora, cabeceé del sueño.
El timbre sonó, despertándome de mi embotamiento. Me estiré sobre el asiento, tenía los huesos atrofiados por la mala postura. Lisa recogió sus libros y mochila, me hizo una seña de despedida. Guardé lo poco y nada que tenía y me eché la mochila al hombro. Mientras cruzaba por el frente de la pizarra la cabeza de Larry apareció por el umbral.
— ¿Almorzamos juntos?—Me preguntó.
Llegue hasta él y asentí.
— ¿Qué tal tu clase sin nosotros?
—Conocí a una chica llamada Lisa Thompson, es simpática.
—Genial, al menos no estarás tan sola.
Una voz aguda y delicada llamó el nombre de Larry, y los dos nos volteamos hacia atrás. Nina Simpson caminaba hacia nosotros con una ligera sonrisa. Se detuvo a pocos pasos de llegar.
—Nina, ¿Qué tal? —Le preguntó Larry con notable nerviosismo. Negué la cabeza con una sonrisa.
—Bien, me preguntaba si podía almorzar con ustedes. —Nos miró a los dos. Su voz era muy fina y baja, como si susurrara. Larry se quedó quiero como piedra.
—Claro. Seguro Larry estará encantado. —Le dije y noté como las mejillas de Nina se tiñeron de un rojo cereza. Me llamó la atención pero no le di importancia. Quizás la chica se sonrojaba de forma natural, como mi hermana y su torpeza. —Soy Linn Olson.
—Nina Simpson, un gusto.
Caminamos por el pasillo, Larry a mi lado, y Nina siguiéndome por detrás con la mochila en sus brazos. En esos pocos minutos, asumí que había cosas que lamentablemente tenía que aceptar, como el hecho de ser observada, pero era difícil cuando sus miradas se tornaban tan intensas hasta el punto de irritarme.
Tenía un mal genio. No siempre podía sonreír e ignorar. Situaciones y personas me hacían enojar, cosas que no aguantaba y no entendía porque ocurrían. Como eso, como clavar sus ojos como cuchillas en cada parte de mí ¿No podían ser más discretos? Parecían acosadores, y me siguieron hasta que salirnos del edificio y la lluvia nos saludó.
Había un techo que cubría el sendero hasta el edificio de la cafetería, por lo tanto no podíamos mojarnos pero debíamos pasar con cuidado y a veces detenernos por la cantidad de gente que se amontonaba. Cruzamos la entrada de la cafetería y el aroma a café y comida me rodeo. Las mesas en su mayoría estaban ocupadas, eran rojas y largas como para seis personas. Se extendían dos largas filas hasta la mitad del lugar, y había una pila de bandejas rojas a un costado derecho de las puertas. Iba a tomar la mía pero Nina me entrego la que tenía y agarro una para ella.
—Gracias. —Le agradecí.
Nos encaminamos hasta la primera fila, y esperamos ahí. Examiné el lugar, era alto, el techo se veía lejano, y las paredes también eran grises como en el salón, intuí que quizás todo estaba pintado de gris. Había muchas personas, nadie en especial me llamo la atención, hasta que vi la cabellera de mi hermana. Estaba sentada en una de las mesas del medio con cuatro personas más, dos chicas y dos chicos.
— ¿A quién miras? —Me preguntó Larry. De pronto me vi con dos pares de ojos curiosos, como si no fuera suficiente tener las miradas del resto.
—Nadie. —Mentí. Detenerme a decir que tenía una hermana, era algo que quería evitar. Vendrían sus preguntas, y estaría metida en la presión de explicar mi vida, cosa que no quiero, al menos en este momento.
— ¡Oye Olson! —Un chico de la mesa de Tessa me llamó y agitó su mano hacia a mí. Quise que me trague la tierra cuando su grito llamo la atención de varios. Clavé mis ojos en Tessa y ella me evitó mirando su comida.
— ¿Conoces a Angus Lennon? —Inquirió Larry con un gesto de asombro.
—No, nunca lo vi en mi vida. ¿Quién es?
—Es parte del equipo de futbol americano. Es un año mayor que nosotros y la cara popular del instituto. —Me explicó Nina. — Egocéntrico y muy pesado con las chicas así que ten cuidado con él.
— ¡Olson! —Volvió a llamarme. Chasqueé la lengua y ojee la fila. No iría con él a menos que me tenga preparada una bandeja llena de comida. Dejé de mirarlo y me concentré en las quince personas que tenía enfrente.
—Solo ignóralo. Angus es el más idiota de los idiotas. —Dijo Larry fastidiado. Podía entenderlo, solo su voz era de pesadilla.
— ¿A dónde vivías antes de venir aquí Linn? —Me preguntó Nina.
—En Miami, Florida.
Ella ensanchó una gran sonrisa y sus ojos se iluminaron.
— ¿Miami? Siempre quise ir ahí. ¿El sol es tan cálido y las playas tan blancas como dicen?
Recordé tan bien el sol pegándome en la espalda, que hasta sentí su ardor. Un flashback apareció por mi cabeza. Era una tarde calurosa y unas chicas del instituto me habían invitado a la playa. No funciono cuando al intentarlo, me queme los pies con la arena y casi me desmayo de un golpe de calor.
El calor y yo nunca nos habíamos llevado bien.
—Sí, es… agradable.
—No puedo creer que hayas decidido abandonar ese paraíso por este frio y aburrido pueblo. —No sonó como un reproche, más bien como una queja de indignación.
—Te regalo mi casa, traigo a mi abuela y disfrutas de las playas. —Le dije. Ella me miró sin entender en qué sentido se lo decía. —No me gusta el sol, ni el calor, ni la arena, ni nada que tenga que ver con el verano. —Le aclaré. Ella abrió sus labios soltando un “oh” y asintió.
—Bueno, es lo explica.
— ¿Y la gente de ahí cómo es? —Fue Larry quien habló.
Busqué una palabra para responderle. Creo que las personas eran iguales, quizás haya eran un poco más superficiales, pero en realidad no había gran cambio.
—Bueno. Son un poco más superficiales y… delicados tal vez. Dudo que las chicas de mi instituto se queden un día en Jennings por ejemplo, también están bronceados, no he visto gente tan pálida desde que llegue. —Contesté, pero de inmediato me contradije al recordar algo. — Olviden lo último, siempre hay excepciones.
— ¿Y tenían coches caros? —Siguió Larry.
—Oigan, sé que la vida aquí y allá es algo diferente pero no son la gran cosa. No idealicen. No todos tenían coches caros, no todos se broncean y no todos son Barbie y Ken.
—Es lindo imaginar que sí. —Larry hizo un puchero y me reí. No podía estar tan seria con su rostro de cachorrito al frente.
Me sentí diferente. Fue extraño pero me sentí a gusto con Nina y Larry. Tenían algo agradable que me hacía quedarme.