Fue extraño despertar sin el sol alumbrando el dormitorio. Los primeros minutos del día mayormente me encontraba perdida y confundida. Pero esa mañana me levanté sobresaltada, me costó entender que estaba en Jennings y no con la abuela. Siendo que era mi primera noche ahí, me pegue un susto de muerte. Sentí el brazo entumecido e intente moverlo, unos leves ronquidos me hicieron girar la cabeza hacia esa dirección, Ares seguida dormido y desparramado por más de la mitad de la cama, dejé salir un bostezo sonoro, y despacio deslicé mi brazo debajo del cálido y peludo cuerpo del cachorro.
Me levanté de la cama con frio, acostumbraba a dormir descalza pero creo que sería mala idea seguir haciéndolo, así que me apresuré a abrir el cajón del medio en el armario y sacar un par de medias grises. Me las puse de pie, jugando el peligroso juego de “ponte las medias o muere de un cabezazo en el suelo”. Caminé hacia la ventana y atisbé en su costado un calendario de este año. Era viernes 6 de marzo, primavera en Estados Unidos, pero una insignificante estación más en Jennings, desde la ventana se veía exactamente igual que el verano y otoño, el único cambio era las nevadas en invierno, el resto del año se mantenía de la misma forma. El bostezo de Ares atrajo mi mirada, sus ojos azules se abrieron como faros llenos de frescura y energía, se estiró hacia atrás y se sacudió.
— ¿Cómo dormiste Ares? —Le pregunté devolviendo mis pasos hacia el armario, para sacar la ropa que vestiría en mi primer día de instituto. Revolví entre las prendas y elegí unos jeans negros y ajustados, una polera negra con cuello de tortuga, y como siempre, la chaqueta negra y las botas que me acompañaban a todo lugar que fuera. —Vamos muchacho, espérame en la cocina. —Le dije como si pudiera entenderme, le abrí la puerta y el cachorro salió meneando la cola.
Choqué con Tessa de camino al baño. Me envió una mirada de hielo, como si le molestara enormemente haber interceptado conmigo y que cubriera el angosto espacio de las escaleras. Era claro que no quería verme, por ende no le robe otro segundo, y pasé por su lado empujando ligeramente su hombro. Al doblar hacia mi derecha, a la cocina, la vi esconderse por el oscuro pasillo, el estruendo de la puerta de su dormitorio resonó por toda la casa.
—Buenos días Linn. —Saludó mi padre con dos tazas grandes de café. Se acercó a mí y me dio la taza amarilla al tiempo que le echaba un vistazo a las escaleras. — ¿Está todo bien?
Era obvio que se refería a Tessa y su intensión de derrumbar el techo sobre nuestras cabezas. Le di un sorbo al café y emití un sonido de satisfacción. Ya habíamos empezado el día con el pie izquierdo y todo por el malhumor de cierta jovencita.
—Averígualo porque me encantaría saber que sucede en su retorcida cabeza. —Le dije sin ánimos, y pasé al lado de el para buscar las galletas –por cierto eran deliciosas- que había comido ayer. Los pasos de papa me siguieron hasta desviarse a la cocina y fui a sentarme a la mesa, arrastré la canasta hacia mi lado y di el primer mordisco.
—No habrá podido dormir, ya sabes cómo se pone en las mañanas cuando eso ocurre. —Supuso papá, y me encogí de hombros.
—Hasta donde sé, Tessa es malhumorada de nacimiento.
Papá se rio y vino a la mesa con dos platos de huevos revueltos y queso. Le di un gran bocado. Los minutos pasaban, y si Tessa tardaba mucho ahí arriba no llegaría a desayunar, provocando que llegáramos tarde al instituto. Lo cual era malo si sucedía, nuestro primer día no podía comenzar con tanta desgracia. Examiné el comedor mientras masticaba, había cuadros viejos y descoloridos de pinturas colgando en la pared celeste claro, enfrente de mí. El comedor era pequeño, como toda la casa, del mismo color que la cocina, ese celeste de antaño. La mesa estaba en el centro, con cuatro sillas todas diferentes y un mantel floreado que desintonizaba horriblemente con el ambiente. Unos centímetros lejos, con una silla apegada de espaldas al sofá, estaba el mueble de madera oscura con el televisor encima, algunos libros desordenados en las estanterías de abajo, y en la pared de atrás unos cuadros de pintura viejos y descoloridos, que han estado ahí desde que tengo memoria.
—Se nos hace tarde Linn. —Dijo mi hermana haciendo resonar sus zapatillas contra los escalones, volteé la cabeza para verla e hice una mueca, por causa de mi hilo de pensamientos no pude terminar mi comida. Tessa puso los ojos en blanco, y me dejó la mochila negra en el umbral de la entrada del recibidor, por donde se fue no sin antes decir en voz alta un “Nos vemos más tarde Charly”
—Se ve apurada, es mejor que vayas. —Me aconsejó papá mirándome por el cristal de sus anteojos. Resoplé, tomando un puñado de galletas.
—Ahora seré la culpable de nuestro retraso. —Mascullé tirando la silla hacia atrás, parándome con una mala energía encima, me incliné y besé la mejilla de papá. —Te deseo la suerte que no tengo. Que tengas un buen día.
Tomé por las riendas la mochila, y la colgué en mi hombro derecho.
—Las espero en la tarde. —Me dijo. Agité mi mano en el aire y desaparecí por el recibidor.
No era muy difícil darse cuenta que nuestra convivencia se basaba en ignorar y seguir. Así que es lo que haría todo el camino al instituto. Cerré la puerta tras de mí y me encaminé a la llovizna.
—Abróchate el cinturón, iré rápido. —Me aviso Tessa apenas me subí a la camioneta. El rugido desgastado del motor era un claro indicio de su antigüedad. Me removí en el asiento, eran cómodos y altos, lo que significaban que eran nuevos, además su tapicería negra brillaba estupendamente y olía a nuevo y limón. —El cinturón Linn—Me recordó mi hermana.
Tessa apretaba el acelerador con furia, con las luces encendidas iluminando el sendero. Me agarré del cinturón, temiendo por mi vida. Siempre sospeche que su aberración a la vida era tan grande que le formaba instintos suicidas, pero si morir era lo que buscaba, que estacionara y me dejara vivir al menos.
—Oye Tessa, entiendo que te enoja estar aquí pero —El coche se hundió en un pozo, haciéndonos saltar del susto y el movimiento. — ¿Podrías manejar más despacio no? No quiero morir contigo.
—No digas tonterías Linn. Estamos llegando tarde. —Me dijo señalando con su delgado mentón el reloj que se tambaleaba de un lado a otro, como mi estómago.
—Oh, con qué era eso. —Traté de sonar aliviada cuando vi que el reloj marcaba las 7:45. Las puertas cerraban a las 8, así que la idea de volar encima de este cacharro para llegar a punto me pareció esplendida. —Si llegamos tarde o algo nos pasa, es tu culpa.
Luego de una discusión sin sentido por quien llevaba la culpa del retraso la cual claramente gane. El coche se detuvo al final de la entrada que guiaba a nuestra casa. Una larga carretera negra y lisa se extendía a los lados, Tessa esperó a que un auto azul cruzara, y dobló al sur. El motor hizo un sonido raro al dar el giro y suspiré. Claramente seguía siendo una camioneta vieja, algún defecto debía tener.
Nos adentramos en el corazón de Jennings una vez tomamos la calle que doblaba hacia la costa. Las casas eran simples –la mayoría blanca y tejados marrones- e iban a acercándose más unas contra las otras a medida que avanzábamos. El semáforo en rojo nos frenó en una esquina con una librería pequeña y a primera vista precaria, no se veía que tuvieran grandes libros, más bien tenía el aspecto que era para sacar fotocopias y encargar los libros del instituto, un extra, tal vez vendía útiles escolares.
— ¿No tienes frio? —Me preguntó con voz ronca –posiblemente por los extensos minutos de silencio-, negué con la cabeza y entonces analicé lo que Tessa llevaba puesto. Se veía casi igual a los niños pingüino, con la diferencia de que ella era más alta y no tenía ni gorro ni guantes. Solo un pesado y grueso abrigo color verde oscuro. —Esa chaqueta te salva del fresco en casa. ¿No tienes algo más abrigado?
Me mire, la chaqueta era suficiente para resguardar mi calor.
—Sí, pero no soportaría estar asfixiada como todos aquí. —Tessa hizo un sonido con la garganta, dándome a entender que me escuchaba. El semáforo se puso en verde, y avanzamos. — Y no soy tan friolenta, sufro mucho el verano.
—Otra de nuestras grandes diferencias. Tú lo sufres, yo lo añoro.
No sé a qué venia ese comentario, pero tenía razón así que asentí.
—Bueno, si hablamos de diferencias, encontraríamos que no tenemos nada en común más que tener el mismo padre. —Continúo diciendo.
Me lo tome con calma y bajé la visera para verme en el pequeño espejo. Del bolsillo pequeño del interior de mi chaqueta saque un labial mate rojo, le quité la tapa y pinté con cautela mis labios. Cuando termine los apegue y los moví esparciendo bien el color y le sonreí al espejo.
—Me alegra saber que lo tengas tan en claro Tessa. —Dije y subí la visera. —Es tan lindo que me recuerdes lo mucho que te agrada no tener nada que ver conmigo.
— ¿Estas siendo sarcástica?
—Al diablo todos mis intentos de querer ser buena contigo. ¿Qué paso con la charla de ayer? Todo eso de niña triste pidiendo perdón por intentarlo. —Se me estaba yendo de las manos, pero no había retorno, esto pasaría desde nuestro encuentro en las escaleras, tarde o temprano.
—Me deje engañar, pensé que sería más fácil.
—No es fácil porque te esmeras en ahogarte en tus “desgracias”—Hice comillas. —No es difícil Tessa, pero te empecinas en ver lo jodido de este lugar en vez de convencerte en que la situación puede mejorar.
—Si es tan fácil como dices Linn. Cuéntame de ti. ¿Por qué te sigues mintiendo y fingiendo que todo esto te gusta? ¿Por qué eres tan hipócrita y ocultas lo que te molesta?
Mi cuerpo tembló entero. Oí el rechinido de mis dientes y sentí la corriente eléctrica bajar por mi mandíbula al contacto violento en una zona tan sensible.
—No soy hipócrita Tessa. Seré una pesadilla, pero jamás una hipócrita.
Ella soltó todo el aire por la nariz, exaltada.
— ¿Entonces porque sigues intentando? —Me reprochó alzando la voz. Parpadeé varias veces sin poder despegar la mirada de Tessa. Era sorprendente lo idiota y despistada que podía ser a veces. Ayer, en nuestra charla, cuando confesé mis intenciones creí que había entendido lo que buscaba.
—Porque no me he rendido contigo. —Si a Teresa Olson no le dices las cosas a la cara, arma teorías y divaga imaginaciones, porque es incapaz -o muy distraída- para entender las indirectas. —Estoy intentando tener una familia, y lo quieras o no seguimos unidas por un hilo, y somos hermanas. ¿Lo quieres así o más claro?
—Es en vano. No funcionara.
—No me daré por vencida solo por tu estúpido pesimismo por la vida. —Me burlé. Tessa me lanzó una mala mirada, pero esa fue diferente a todas las demás porque pude rescatar una pizca de diversión en ella.
Fue fácil localizar el instituto, estaba al lado de la avenida como todo lo demás. A pesar de no haber asistido antes. Era el edificio más grande de la zona, y si no fuera por eso y por su enorme cartel que daba la bienvenida, hubiéramos pasado de largo. Las paredes eran de ladrillo rojo, con árboles y arbustos por doquier, un aparcamiento pequeño donde había unos pocos coches y ventanas que brillaban por lo pulidas que estaban. En sí, se veía como un instituto normal… o bueno casi normal.
—No luce como un instituto. —Comentó Tessa doblando y aparcando en un lugar vacío a tres coches de distancia de la entrada.
Las dos estábamos encorvadas hacia delante, viendo nuestra cercana futura casa con una mueca.
— Bueno. —Alargue la “o”— De seguro por dentro si lo parece.
Tessa fue la primera en empujar su puerta y sacar medio cuerpo afuera.
—Sí, podría ser peor. —Comentó. Me descolocó su optimismo y agarré mi mochila para salir rápidamente. Si Tessa decía que podría ser peor, era cierto y debía animarme. No podía rebajarme a tener su negativismo.
—Me sorprende el cambio de roles, deberías hacerlo más seguido sabes. —Le dije cerrando la puerta con extremo cuidado de no dañarla. Con la mano apoyada en el techo del coche le di una ojeada más clara a todo el lugar. Efectivamente no se acercaba a lo que imaginaba, pero era convincente, y con eso me bastaba. Entonces exclamé de repente, sobresaltando a mi hermana que gruño apenas me giré y la señalé.
— ¿No notas algo raro? —Le pregunté.
Tessa me miró como si fuera un bicho raro y negó pausadamente.
—No hay casi nadie. —Recalqué. Tessa proceso mis palabras y asintió. Me crucé de brazos y abrí los ojos lo más grande que pude. —Se supone que llegamos a tiempo. ¿Por qué no hay nadie?
El recorrido desde casa hasta el instituto no resulto ser tan lejos como pensábamos y contando que Tessa había manejado como una maniática, llegamos a las 7:55 y no había tanta gente como debía.
—Sí, se supone que el propósito es ser puntuales Linn. —Dijo con obviedad.
— ¿Tienes el horario de entrada y salida? —Le pregunté. —Quizás es la hora incorrecta y llegamos o muy temprano o muy tarde.
—Linn no es para tanto. Llegamos bien, ¿Por qué te pones tan paranoica? —Me dijo. La ignore y abrí la puerta para buscar entre los papeles que estaban en el tablero, el que indique el horario. Sonreí cuando la encontré y me salí del coche, desdoblé la hoja y vi anotada con una rápida y cursiva caligrafía el horario. “Entrada, 8:30 am. Salida, 15:30 pm.”
Me golpeé la frente y alcé la mirada hacia Tessa.
—Ocho y media Tessa. ¿De dónde sacaste que entrabamos a las ocho?—Mi reproche le llamó la atención y rodeó el coche para arrebatarme la hoja de la mano.
— ¿Qué? No puede ser. Juro que vi que decía a las ocho.
Me reí con sarcasmo. ¿Porque no me sorprendía? Hasta lo más inesperado puede ocurrir estando con Tessa.
—Lo bueno de todo esto es que tenemos tiempo para ir a la oficina y buscar nuestros horarios y con suerte algún plano. —Trate de verle la cara positiva, y peine con mis dedos mi cabello hacia atrás. Un gesto copiado de papá.
—Si tienes razón, es mejor que vayamos ahora que no hay tanta gente.
Cruzamos el estrecho espacio que nos distanciaba del cacharro y el pequeño edificio con el letrero de “Oficina principal” con los ojos curiosos por cualquier lado. Iba a abrir la puerta cuando escuche unas risillas no muy lejos nuestro y vi a Tessa girarse hacia el grupo de chicas que venían desde el aparcamiento -seguramente hacia el edifico del a lado- , y regresar a mí con un suspiro expulsado por lo bajo.
—Es horrible ser las nuevas a mitad del año. —Dijo avanzando hasta la puerta y empujándola. Un tintineo nos dio la bienvenida, y me adentré cerrando la puerta tras mío.
El interior nos recibió con una iluminación cegadora. Había más luz ahí adentro que en todo el noroeste de Washington. La oficina era pequeña, me sentí un gigante cuando me compare con la altura del televisor que colgaba en la esquina del techo, al lado de la entrada. Había también una sala de espera, o mejor dicho salita, con sillas sin orden, acolchonadas y forradas con cuerina amarilla, en el centro una alfombra gris, y una enredadera sin sentido en la pared blanca detrás del mostrador. Cada vez más me decepcionaba del gusto de las personas en Jennings.
El mostrador era de madera clara y alargada. Di tres zancadas y ya estaba frente a él. Tenía la encimera llena de papeles, folletos escolares y un par de cosas más. Al lado izquierdo había una repisa con fotos del equipo del instituto, unos premios colocados al azar y uno que otro diploma. Cuando regresé mi atención al mostrador me encontré con una señora de rulos, vistiendo una camisa blanca y unos aros grandes de oro. Su elegancia impecable me hicieron sentir de lugar, y cuando alzó la mirada deje que Tessa tomará la iniciativa.
— ¿Las puedo ayudar?
—Soy Teresa Olson. —Noté la dificultad con la que lo dijo y oculté una sonrisa. —Y ella es mi hermana Linn Olson. —Le informó.
La mujer paso la mirada de ella hasta mí, y nos sonrió.
—Claro. Las estábamos esperando. —Dijo dejando los archivos que tenía a un lado y abriendo un cajón debajo del escritorio. Rebuscó entre los papeles que desde mi posición se veían amontonados.
Tessa y yo compartimos miradas. Creo que debimos de ante mano saber que todos aquí esperaban nuestra venida. Era un pueblo chico, con pocas emociones y chismes gastados. Claro que aprovecharían esta novedad.
—Aquí tengo el horario y un plano para que puedan ubicarse sin problemas.
No los entrego y fui la primera en alargar la mano para averiguarlo todo. Tenía historia en la primera clase y biología en la segunda. Quise no desanimarme pensando en el aburrimiento que me llevarían esas materias.
—Gracias señora. —Le dijo Tessa amablemente, al ver que yo no hacía más que lamentarme en silencio.
—No hay problema. También deben llenar el comprobante de asistencia, se los firmara cada profesor. Al final de la clase deben devolverlo.
Tessa dijo algo como “Muchas gracias” y algo más que no escuche por distraerme con un repentino aroma que me caló el cerebro. Hice una mueca de repulsión a su vez. Pero su duración fue corta y deje de sentirlo, extrañamente lo busqué y olfateé el aire, confundida de que haya desaparecido tan rápido.
— ¿Sucede algo? —Me preguntó Tessa mirándome con sus ojos grandes y curiosos.
—Olí un olor repugnante como si hubiera un cadáver en descomposición cerca. Pero fue fugaz. ¿No lo sentiste?
—No, quizás fue tu imaginación. —Los ojos de Tessa me juzgaban como si estuviera loca. Bufe y negué, ¿Cómo algo tan putrefacto puede ser mi imaginación? Me había dejado la cabeza dando vueltas, y una horrible picazón en la nariz. Podría creer que haya sido una ilusión mía, pero se sentía tan real que aun podía olerlo, como un eco al fondo.
—Si seguro. —Le dije dándome la vuelta para irme.
Cuando salimos los demás estudiantes habían llegado. El lugar a la izquierda junto al cacharro de Tessa que antes estaba vacío, ahora estaba ocupado por un Mazda 323 blanco. Haciendo un análisis, los coches no eran exuberantes y algunos eran más viejos que otros. En los institutos de mi casa, si ibas a clases con algo así eras la burla de todos. Para nuestra suerte en Jennings no debíamos fingir diciendo que teníamos grandes cosas, porque todos estaban acostumbrados a lo justo y necesario, sin dar muchos alardes.
—Oye Tessa. Los coches son tan viejos como tu cacharro, gracias a eso ahora eres del montón. —Le dije a mi hermana con una sonrisa de lado. Por lo alto que había hablado, algunos estudiantes cercanos a nosotras se giraron a mirarnos.
Ella me dio un pequeño empujón.
—Oh cállate Linn. —Estallé en risas cuando la vi alejarse hacia el edificio de al lado dando pisotones y cubriéndose la cabeza con la capucha, avergonzada.
—Relájate hermana. —La moleste un poco abrazándola por los hombros. La considerable diferencia de estaturas, me hizo gracia. Ella era mayor, pero a mi lado parecía ser mi hermana menor. —Deberías usar tacones y quieres verte más grande.
Tessa arrancó mis brazos de su cuerpo y se volteó a mirarme furiosa.
—Tú también podrías colaborar ¿No? Eres alta y aun así usas esas botas.
—Solo tiene un centímetro de altura. —Refuté.
—Eres imposible. —Se volvió a quejar.
— ¿Es hora de sacar los trapos al sol?
Mis ojos pasaron de su rostro arrugado y amargado, a un precioso jeep n***o cherokee, que ingresaba al aparcamiento con todo lujo. Eso sin duda era algo nuevo de ver. No había visto esa carrocería en persona, solo en revistas, y a juzgar por su pintura reluciente y sus llantas negras sin ningún rasguño, se trataba nada más y nada menos que el Jeep Cherokee del 2008.
—Oh vaya, esto sí que es nuevo. —Comenté. Tessa se giró para mirar lo que mis ojos contemplaban y soltó un bajito “wow” que llegue a escuchar.
El jeep se estaciono en el espacio más cercano a la calle. Cuando las luces se apagaron, la primera puerta de atrás fue abierta, de ahí salió un chico fornido, gigante y muy intimidante. Una sonrisa blanca y socarrona surco de sus labios y me crucé de brazos. El gigantón parecía un levantador de pesas, tenía el cabello azabache y corto. Tres personas salieron al mismo tiempo, me llamo la atención el chico de cabello rizado y cobrizo, era tan alto como el fortachón pero delgado y esbelto, se veía refinado y delicado. La chica a su lado era considerablemente pequeña, quizás más que Tessa, habían tres factores que la hacían destacar, su cabello corto castaño, su enorme sonrisa, y la ropa exuberante que llevaba. Ahora sabía que los colores que le faltaban a Jennings los había robado ella, porque esos zapatos de tacón fucsia con su camisa amarilla metida hacia dentro de su falda ajustada negra no se encontraban en cualquier lado. Un estilo único y arriesgado, bastante interesante. La pelicorto se apegó al chico de rizos con rostro sereno y los dos comenzaron a caminar. La última chica que había salido fue un bum de explosiones. Era un caos, fuego y hielo sincronizados. Tenía un largo cabello lacio y rojo al compás de unos labios gruesos del mismo color en forma de corazon, un cuerpo de infarto y una sensualidad natural. No sabía que estaba sucediendo en ese jodido pueblo, pero un ángel había caído del cielo.
— ¿Tú también sientes que de repente te gustan las mujeres? —Le pregunté a Tessa sin poder salir de la ensoñación. Mi hermana solo se rio.
Si no fuera por la entrada del último chico, hubiera seguido en el mismo estado de shock. Me percaté de una similitud en él y el rizado, los dos tenían cabello cobrizo, aunque el último tenía ondas. Tenían la misma estatura, lo comprobé cuando se juntaron, y la figura de sus cuerpos era la misma. Parecían modelos de revista, sin dudarlo.
Los cinco se acercaron con tanta potencia y majestuosidad que me fue imposible no contener la respiración. Todos eran diferentes entre sí, quitando de lado los dos mencionados con anterioridad, con la piel de alabastro, casi irreal. Tessa se quedaba corta al lado de ellos. Sus ojos eran iguales a pesar de sus diferencias de rasgos, un gris plata intenso, un color que jamás había visto y dudaba volver a ver en otros. Tenían orejas pronunciadas, como si no hubieran dormido en días, pero por alguna razón no les quedaba tan mal. Era abrumador como eran tan parecidos y diferentes a su vez, con esa belleza única y arrolladora que no se les comparaba a los modelos, ni a cualquiera. Era devastador, hipnotizante, y a su vez, terrorífico.
Me miraron, los cinco al mismo tiempo. Fue confusa la manera en la que lo hacían, como si les cayera mal, como si les molestara. Entonces pasaron la vista en Tessa y vi como uno de ellos, el cobrizo de cabello ondulado, la miró asustado, por un momento pensé ver sus ojos oscurecerse como pozos sin fondo, pero corrió la vista y adelantó su paso.
Me quede inmóvil y sentí un extraño temblor recorrerme, un calor ardiente toco cada punta de mi cuerpo y suspire de manera entrecortada.
— ¿Quiénes eran?—Preguntó Tessa a nadie en específico, con el mismo tono en la voz que había usado yo anteriormente. Me sequé el sudor de las manos en mis jeans y sonreí nerviosa.
Sea lo que sea, esa sensación no me gustaba.
— ¿Entramos? —Le dije.