~ CAPÍTULO 3 ~

2594 Words
De repente Sophia estaba en medio de la nada, una tenue luz que no supo identificar la rodeó. Un extraño sonido se hizo presente en sus oídos, como una vibración y un zumbido que la incomodó. Así como una especie de lento eco de lo que parecían voces muy lejanas junto a sonidos metálicos. —No la veo —Sophia escuchó una voz detrás de ella, que la hizo girar asustada. En medio de la oscuridad se encontró a una anciana, de igual forma iluminada. Delante de ella una mesa cubierta por un largo mantel rojo, y encima de este un encaje muy detallado. Lo único que había sobre la mesa era un gran recipiente de cerámica lleno de agua. —Algo está mal —Sus ojos cerrados la confundieron. No supo si acercarse más o intentar salir de ahí. —¡BÚSCALA! —De repente pudo ver y sentir el temor que los ojos y la voz de la anciana transmitían. Sobresaltada intentó alejarse, pero algo parecía querer acercarla a la anciana, lo cual terminó por asustarla más. —¡No! —Logró encontrar su voz anteriormente muda. Sus manos y piernas se movieron por instinto tratando de huir. Sophia abrió los ojos de golpe, cegándose por la inesperada luz brillante de la habitación en la que estaba. Sintió una punzada en su cabeza por la exposición repentina a la iluminación, como por la hinchazón de los golpes que el violento atacante había provocado. —Hey, tranquila —Una presencia la sobresaltó de nuevo, volviendo a mover sus manos para alejar a quien le estaba hablando. En cuestión de segundos recordó lo que había sucedido. Los dos hombres, la fuerte pelea con uno de ellos, la herida en su cuerpo, la sangre brotando. Y de nuevo, se alteró a tal punto de no poder razonar nada. Su mente le gritó que huyera. —¡No me toques! —Gritó al sentir el contacto en sus brazos, usando sus manos para alejarlo y tirando su cuerpo hacia atrás para alejarse. Ignorando por completo la electrizante sensación que tuvo en todo su cuerpo. —Yo- —empezó a hablar una voz grave, la cual le provocó un fuerte escalofrío. Su atención sólo captó los brillantes ojos celestes de un hombre en sus veintes, los cuales expresaban preocupación. Pero Sophia no esperó más explicaciones, ni reconocer más rasgos del hombre, cuando se impulsó con una fuerza que no sabría decir de donde provino, hasta pararse sobre la superficie blanda, la misma que le hizo perder el equilibrio. Saltó de la cama hacia el suelo, pero sus pies se enredaron con las sábanas que la cubrían y que no pudo quitar completamente. Mientras un grito salía de su garganta, esperó la caída con sus manos esperando tocar el suelo. Recordó su herida más vívidamente por el dolor que esta desprendió, indicando que las puntadas se habían abierto. —¡Espera, no! —La misma voz la llamó, pero estaba distraída por el fuerte dolor que la rodeó. Ni siquiera sintió que Gideon había corrido a una velocidad inhumana hasta ella y evitó que azotara contra el suelo. —¡Ah, me duele! —gritó la mujer ya ni siquiera pensando quien la estaba rodeando en brazos. Pero su cuerpo reaccionó. Se aferró a él como si su cercanía pudiera contrarrestar el dolor y desorientación. —¿Cómo-? ¿Por qué-? —Gideon no podía terminar ninguna de las muchas preguntas que quería saber. Entre la extraña sensación de la cercanía de la mujer, la inesperada acción de ésta y en general su aparición hizo que se bloqueara. —Mierda, como duele —Sophia siguió quejándose. Lo único que hacía la mujer era pedir que el dolor desapareciera. Se aferró al cuello del hombre y ocultó su rostro en su hombro en busca de aliviar tal dolor punzante. Posición que Gideon deseaba y había llegado sin querer, mientras Sophia dejaba de lado la posibilidad de que estuviera en manos de un secuestrador o persona que le quisiera hacer daño. Él tampoco se quejaba. —Déjame ir —Pudo articular dolorida con una leve voz después de unos minutos. Intentó alejarse de nuevo y ponerse de pie, pero el agarre del hombre ni siquiera se aflojó un poco, se sentía tan rígido que asustó a Sophia, quien recobró la consciencia poco a poco. —No te haré daño —Gideon se apresuró a aclarar, sintiendo la tensión en el cuerpo de la mujer. Su afirmación la sorprendió, ya que le creyó. Y cuando giró la cabeza para verle el rostro, se encontró con su mirada atenta, preocupada y desprendiendo un brillo casi hipnotizante. En verdad eran hermosos, y no sólo sus ojos, todo él desprendía una energía atrayente. —¿Quién eres? —cuestionó la mujer al ver que no era ninguno de los hombres con quienes se enfrentó. —Yo- —la voz de Gideon salió ronca, por lo que tuvo que aclararse la voz para continuar —Yo soy Gideon. —¿Gideon...? —repitió en un susurro. Y el nombrado no pudo evitar sentir otro extraño escalofrío. Extraño porque, bueno, en teoría estaba muerto, sus nervios no funcionaban igual que cuando estaba vivo, desde hace varias décadas. Mientras él la escaneaba con la mirada, ella se daba cuenta del dolor en su ojo, que a su vez hizo presente el dolor de cabeza que aparecía de a poco. Se llevó una mano hacia esa área recordando los fuertes golpes recibidos. Desgraciado, pensó Sophia sobre los hombres que la atacaron sin razón aparente. —Sí, ese es mi nombre —respondió automáticamente, casi sin pensarlo. Todo su ser se centró en ella. —¿Eres quien apareció de la nada? —Otra pregunta salió de su seca voz. —Bueno, sí —Dudó un poco, sabiendo que querría explicación sobre eso. —¿Qué pasó con el otro hombre? —Se preocupó por saber si lo que vio fue real o estaba alucinando por la pérdida de sangre. —Tranquila, ya nadie te hará daño —Gideon intentó alejar todo temor de la mirada de Sophia, además de sentirlo en el aire. —¿Por-? —Sophia estaba por hacer otra pregunta, intentando descifrar la extraña situación. —Escucha, ¿qué te parece si reviso tu herida y te voy diciendo lo que pasó?, ¿de acuerdo? —Gideon encontró su postura profesional, obligándose a sí mismo a tratar a la mujer como una paciente más a quien debe atender. Más que nada porque se distraía. —Ah, sí —respondió rápidamente ante el dolor, apoyando sus manos en sus hombros. Sus rígidos hombros. —Ven aquí —Gideon se apresuró a tomarla lo más cuidadoso posible, y avanzó lentamente hacia la gran cama donde antes descansaba. Aún no quería mostrar lo que en verdad era, esperando que no recordara lo que hizo con el cazador. Sería difícil de explicar. —¿Dónde estamos? —preguntó entre quejidos de dolor. No sabía por qué hizo tal acrobacia. La adrenalina podría ser una explicación. —En mi casa —respondió simplemente, tomando la sábana del suelo y tapando su regazo con ésta. —¿Por qué no me llevaste al hospital? —No podía estar más confundida, todo le parecía raro, hasta creía que estaba soñando, o teniendo una pesadilla. —Soy médico —comenzó a explicar—, y mi casa quedaba más cerca que el hospital —finalizó sin dar más detalles. Se mantuvo un poco alejado de ella sin saber bien qué hacer. Por una parte, su deseo y una sensación inexplicable le pedía desgarradoramente que se acurrucara a su lado para siempre. Mientras por otra, quería centrarse en revisar sus heridas, como anteriormente había dicho. —¿Puedo? —preguntó enfocándose en su especialidad. Por el fuerte olor a sangre que había quedado impregnado en su nariz y en su memoria, sabía que se había abierto. —No —respondió tajante de repente —Quiero respuestas —se tragó el dolor, lo único que deseaba era salir de ahí e ir a la policía, para ir a casa y poder descansar. Quería su vida rutinaria. Gideon guardó silencio. Si hubiera sido cualquier otra persona, incluyendo sus hermanos, ya hubiera soltado amenazas y actuado para defender su superioridad y autoridad. Además de que su don casi que lo obligaba a curar a cualquier ser humano. Pero con ella parecía el ser más blando e inofensivo que podría existir en todo el planeta que no se atrevía a ser de esa forma. —Si me permites preguntar, ¿quiénes eran los hombres que te hicieron esto? —cuestionó aunque ya sabía quienes eran: cazadores, pero sentía la necesidad de saber por qué a ella, quién era para ser cazada y tratada de esa forma. —No lo sé —negó la mujer— Aparecieron de la nada y me atacaron, ahora creo que eran secuestradores. —¿Entonces te eligieron al azar? —Gideon comenzó a ser más insistente, sintiendo el fuego del enojo fluir por su, irónicamente, frío cuerpo. —¿Qué hacías en el bosque? —preguntó Sophia por fin, cambiando rotundamente el curso de la conversación. —Escuché gritos y me acerqué —respondió sin más. No era del todo mentira. —¿Y no desconfiaste de eso? —dudó de esa contestación. —Escucha, ya sucedió, ya fui y te salvé, ahora yo quiero explicaciones, y que sea la verdad —Encontró su tono autoritario y lo usó. —Te lo he dicho, no sé quienes eran ni por qué querían llevarme, quizá aprovecharon que estaba sola en la madruga... —la paciencia se le agotaba a Sophia. El dolor era insoportable, sentía su cuerpo hecho trizas, y tampoco confiaba en su palabra de ser médico, y sobre todo no creía que pudiera atenderla ahí. —¿Y qué hacías tan tarde fuera? —La interrumpió al parecerle extraño y, sobre todo, peligroso para ella. —No tengo por qué explicarte nada, en verdad te agradezco que hayas aparecido y me hayas atendido, pero hasta ahí –respondió mostrando su molestia e irritabilidad con el interrogatorio, dejando a Gideon algo perplejo. –Ahora quiero irme de aquí —Ya era lo único que Sophia quería en ese momento. La mujer comenzó a quitarse la sábana de encima, preparándose mental y físicamente para levantarse. Quiso evitar que le doliera el cuerpo en el intento ya que estaba aferrada a salir de ahí. —¿Cómo te vas a ir así? —Gideon se cruzó de brazos pareciendo indiferente, pero por dentro inexplicablemente se sentía temeroso de que se fuera. De que se alejara de él. De que estuviera en peligro. —Pediré un taxi al hospital —Lo que debí hacer desde un principio, pensó. Con ayuda de sus brazos se sentó, para después mover sus piernas hacia la orilla de la cama. —No —dijo Gideon con una voz ronca, parándose delante de ella y evitó que se levantara. Sophia sintió el escalofrío ante la sombría respuesta y lo que podría significar. Lo miró esperando algo más —Aquí no llegan taxis, seguimos en el bosque. —agregó percatándose de cómo le habló, sintiendo que fue incorrecto hacerlo. —¿Qué? —Sophia no podía creerle— ¿Es en serio? —Sí, pero yo puedo atenderte aquí, tengo una sala- —Comenzó a acercarse más a ella con la intención de llevarla de nuevo a la sala médica cuando fue interrumpido. —No, quiero irme —dijo firmemente, tratando de ocultar su temor ante una posible reacción violenta. De repente, la gran puerta de la habitación fue abierta, dando paso a otro hombre. Sophia dio un salto en su lugar del susto y su atención voló al recién llegado. Y en ese momento sí que sintió miedo. —Ya estuvo bueno —Intervino Leo, pareciendo aburrido y algo impaciente. Había estado escuchando la conversación, y lo único que pudo pensar es en apoyar a su hermano en su extraña misión de querer curar a la mujer. —Leo, qué- —Gideon sabía perfectamente qué haría. Iba a persuadirla, ya que ese era su don. Pero de nuevo Gideon se encontró dividido. Una parte de él quería que ella aceptara por sí sola, que quisiera quedarse, pero viendo su carácter sabía que eso no pasaría. Y la interrupción de su hermano y el uso de su poder era una manera de mantenerla a su lado. Leo se acerca rápidamente hacia Sophia, sin importar mostrarle su velocidad sobrehumana. La tomó de los brazos con cierta fuerza, empezó a susurrarle en su oído, paralizándola y haciéndola entrar en un pequeño trance en lo que pronunciaba la órden. Miró cómo su cuerpo fue cubierto por una niebla oscura mientras escuchaba lo que el hombre le susurraba, sintiendo que sus extremidades se entumecían y perdía el control de su cuerpo. Incluso su mente se nubló impidiéndole siquiera sentir miedo. —Vas a quedarte aquí hasta que Gideon diga que- —Pero sus susurros fueron interrumpidos. Ambos fueron afectados por un fuerte dolor de cabeza, que provocó que Sophia regresara a la realidad. Sintieron punzadas en todo su cerebro, acompañado de un zumbido en los oídos, que los incapacitó por un rato. Más a la mujer que al vampiro. Gritaron de dolor, tomándose la cabeza intentando detenerlo. Mientras que el hermano fue tomado de la nuca por Gideon para alejarlo bruscamente de la mujer, ella fue protegida. —¡¿Qué le has hecho?! —le exigió casi escupiendo las palabras a su hermano, evidentemente molesto por verla sufrir más. —Agh, yo no hice nada —respondió entre quejidos de dolor, mientras poco a poco se recuperaba y las punzadas desaparecían. El mayor alejó completamente a su hermano de la mujer para centrarse en ella quien yacía inconsciente sobre la cama. Pudo suponer que fue por el fuerte dolor, pero aún tenía la duda de si su hermano había hecho algo más que pudo dañarla. Decidió dejar las amenazas y preguntas hacia su hermano para después, y enfocarse en ella, en quitar el cabello que se pegó en su rostro enrojecido y lleno de hematomas. Sin embargo, su angustia podía verse aún en su expresión, en su respiración entrecortada, en el movimiento de sus ojos debajo de sus párpados. Gideon estaba tan confundido, tanto como cuando fue convertido. No entendía nada. No se entendía a sí mismo. No entendía sus sentimientos ni emociones. Pero no necesitaba encontrar una excusa o explicación para protegerla y cuidarla. —Prometo que no dejaré que nadie más te lastime —habló en un susurro, sin prestarle atención a su hermano recomponiéndose a sus espaldas, quien lo miró extrañado, y seguía intentando descifrar qué pudo haber sucedido para no poder usar su don con ella. —¿Qué pasó? —Llegaron dos de sus hermanos al escuchar tanto escándalo de repente. —No lo sé, esto es raro —respondió Leo sentándose en un sillón lejos de su hermano, mientras lo apuntaba con la cabeza. Al igual que él, los demás lo vieron desconcertados al encontrarse con tal escena: su hermano mayor, tan mandón y estricto, parado al lado de la mujer mirándola fijamente totalmente centrado en intentar sentir sus signos vitales. —Sí que es raro —agregó Tobías mirando a la mujer con el ceño fruncido. Nadie entendía las reacciones del mayor. Ni se imaginarían lo que esto iba a significar para el futuro. Su futuro.
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