Amara pensó que la matarían después de lo ocurrido con Adrian. No imaginaba otra posibilidad. Pero, en lugar de un final, alguien decidió llevarla a la residencia Moretti.
Ahora estaba allí, sentada en el despacho de Andrei, el hermano de Igor. Sola. Con Viktor en brazos.
No comprendía del todo cómo había sucedido, pero durante el trayecto sintió un tirón en el cuerpo, una presión extraña y profunda. Sus pechos, vacíos desde siempre, comenzaron a llenarse como si, de algún modo inexplicable, supieran exactamente lo que aquel bebé necesitaba. Y cuando él rompió en llanto, no dudó.
Deslizó la tela de su blusa y Viktor se aferró a su pecho con una calma instintiva, como si lo hubiera hecho antes. Mientras él succionaba con esa paz que solo los recién nacidos conocen cuando encuentran consuelo, Amara comenzó a cantarle. Muy bajito. Sin pensarlo. Como si esa melodía hubiera estado esperando en silencio dentro de ella, aguardando justo ese momento.
Sabía que aquello incomodaba a la escolta que la acompañaba, pero ¿qué podía hacer? Su cuerpo había hablado por ella, y Viktor necesitaba alimentarse.
Entonces la puerta se abrió sin previo aviso.
Andrei Moretti entró con paso firme, elegante, sin levantar la voz ni anunciarse. Era tan similar a Igor en ciertos gestos que por un momento Amara sintió que el tiempo retrocedía. Pero al mismo tiempo, había en él una distancia emocional que era fingida, algo que Igor jamás había necesitado simular.
—¿Te trataron bien? —preguntó Andrei con naturalidad, como si aquella escena fuera cualquier cosa menos extraña.
Amara asintió, sin apartar la mirada de Viktor, quien acababa de soltarse del pecho, adormilado.
—¿Le diste de mamar? —insistió él, observando cómo ella acomodaba con torpeza su blusa.
No lo dijo con juicio, ni con sarcasmo. Solo como una afirmación disfrazada de pregunta.
—Lo siento... —respondió ella, bajando la mirada—. Tenía hambre.
Andrei no dijo nada. Se acercó al escritorio, se apoyó levemente y la contempló en silencio por unos segundos.
—¿Es de Igor?
La pregunta no la sorprendió. Estaba escrita en sus ojos desde que cruzó la puerta. Probablemente, la escolta ya le había dado su informe. Quizá incluso la había observado desde algún monitor. Y ahora estaba allí, esperando una respuesta.
Amara bajó la mirada hacia Viktor. La pequeña criatura dormía, ajena al mundo, como si la calma se le escapara a través del calor del cuerpo de su madre postiza.
Podía mentir. Podía decir que sí. Podía abrir una puerta que no sabía a dónde la llevaría. Pero también podía cerrarla con una verdad que quizás la condenara.
—¿Y si te digo que sí... lo matarás?
La pregunta flotó en el aire con una mezcla de honestidad y desafío. Era su forma de protegerse. De proteger al bebé.
Andrei no cambió de expresión. Solo la observó con más atención, como si midiera sus palabras con exactitud antes de pronunciarlas.
—Desde luego sabes que si hay algo que valoro... es la familia. Igor es mi familia. Aunque en estos momentos estemos en desacuerdo.
Amara tragó saliva. La pregunta que realmente importaba aún no la había hecho.
—¿Está vivo?
La mirada de Andrei se suavizó, apenas.
—Sí.
No fue una palabra decorada. Solo una respuesta limpia y directa. Pero bastó.
Amara exhaló despacio, sin darse cuenta de que había estado conteniendo el aire. El alivio en su rostro fue evidente.
—Debes amarlo mucho... para haberte entregado así, mientras él estaba convaleciente.
Amara no respondió de inmediato. No porque dudara de sus emociones, sino porque no sabía si aquello podía llamarse amor. Lo que sentía por Igor era más complejo, más doloroso. Una mezcla de necesidad, de apego. Él fue el primer hombre que la trató como una persona. Pero en ese instante, la única respuesta posible era la más sencilla.
—Sí. Lo amo.
Andrei asintió, sin mostrar si aquello le agradaba o le incomodaba.
—Entiendo —murmuró—. Pero desde luego sabes que…
No terminó la frase.
Un estruendo seco interrumpió el momento. Luego otro. Y otro más.
Disparos. Cerca.
Andrei se irguió de inmediato. Su mirada se endureció y se dirigió a la puerta sin dar más explicaciones.
—Volveré. Quédate aquí —ordenó con firmeza, y salió sin mirar atrás.
Amara asintió, aunque él ya no podía verla.
El sonido de los disparos se intensificó al otro lado de los muros. Gritos. Órdenes. Caos.
Viktor se sobresaltó. Comenzó a llorar con fuerza, su llanto rompiendo el silencio del despacho como un grito antiguo, visceral. Amara lo estrechó contra su pecho, intentando calmarlo, meciéndolo con los brazos temblorosos.
—Shhh... ya, mi amor... —susurró, volviendo a cantarle con la misma voz suave de antes, solo que ahora teñida de miedo—. Ya pasó... estoy aquí...
Pero no estaba segura de que eso fuera cierto.
No sabía si el peligro estaba fuera... o si apenas comenzaba.
Algo dentro de ella le gritó que tenía que salir de ahí. Si estaban atacando la residencia Moretti, el despacho de Andrei era un blanco fácil. Tomó a Viktor con fuerza y salió del cuarto, sus pies avanzando casi por inercia.
El pasillo estaba en silencio, pero lleno de tensión. Avanzó rápido, sin mirar atrás, dobló en una esquina y se detuvo.
Dos cadáveres. Guardias. Uno con los ojos abiertos, el otro aún sujetando su arma. Amara contuvo un grito, maldijo por lo bajo.
—Mierda...
Viktor volvió a llorar.
—Shhh... por favor, mi amor... por favor...
Cruzó el corredor, intentando no resbalarse con la sangre. Avanzó sin saber a dónde ir. Solo quería salir. Llegó a un pasillo sin salida. El pánico la paralizó. No tenía escapatoria. Los disparos eran cada vez más fuertes. Cada vez más cerca.
Se giró, buscando un refugio, una rendija de esperanza... y entonces lo vio.
Un hombre emergió del otro extremo del pasillo. Alto, delgado, elegante. Sus rasgos finos, su cabello oscuro peinado hacia atrás, su ropa impoluta a pesar del caos... tenía un aire extranjero.
Sus miradas se cruzaron.
—Rápido, por aquí. Estarán a salvo —dijo con un acento suave, apremiante, pero sin perder la compostura.
Amara no preguntó. No tenía opciones. Solo un bebé en brazos y el instinto de protegerlo.
Corrió tras él. Bajaron por una escalera angosta, atravesaron una puerta lateral, y salieron al exterior. La noche los envolvió de inmediato. Afuera, el sonido del enfrentamiento era brutal. Disparos, gritos, órdenes. Se desataba una guerra.
Entre el caos, Amara creyó ver una figura conocida. Una melena que se agitaba al correr, una silueta que le pareció familiar.
¿Sasha?
Parpadeó. La figura ya no estaba. Tal vez fue su mente. Tal vez el miedo.
—¡Por aquí! —gritó el hombre, conduciéndola hacia un auto estacionado a pocos metros de la verja trasera.
Subió con ella, la ayudó a entrar. Encendió el motor y se alejaron mientras los disparos se perdían a la distancia.
Amara, por primera vez, se permitió respirar. Viktor dormía. Estaba a salvo.
—¿Quién eres? —preguntó en voz baja, todavía sin entender nada.
El hombre no la miró.
—Mi nombre es Jean Carlos. Trabajo para el señor Marchand.
Amara frunció el ceño sin poder creerlo.
—¿Adrian Marchand?