Igor despertó con el corazón golpeándole el pecho. Algo estaba mal. Lo supo incluso antes de abrir los ojos. El silencio era demasiado perfecto, demasiado limpio. Giró la cabeza. La cama aún tenía la forma de su cuerpo, pero el lugar donde ella dormía estaba vacío. Frío.
Amara no estaba.
Se sentó de golpe, los músculos tensos como si esperaran una pelea que nunca llegó. Caminó por la habitación, buscó rastros, huellas, una nota. Nada. Solo ausencia. Una ausencia que dolía como un balazo en el pecho. El sol ya no brillaba. No importaba si afuera era de día o de noche, todo dentro de él se había apagado.
Sasha aún estaba a su lado. De pie junto a la puerta, con los brazos cruzados, el rostro endurecido por la culpa. No dijo nada al principio. Solo observaba, como si supiera que cualquier movimiento podía romper lo poco que quedaba en pie.
Igor no lo miró. Se quedó de pie frente a la ventana, viendo sin ver.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que se fue? —preguntó al fin, con la voz rasgada.
—Cuatro horas —respondió Sasha en voz baja.
—¿Y por qué demonios lo permitiste?
Sasha apretó la mandíbula.
—Porque es igual de terca que tú —respondió al cabo de unos segundos—. Tomó la decisión y no pude detenerla.
Igor giró lentamente, la mirada encendida de rabia.
—Eres mi hermano. Y después de lo de Lev, sabías que esto me destruiría. Ella lo es todo para mí.
—Ella no se fue por miedo —espetó Sasha—. Sabes muy bien por qué se fue.
El silencio que siguió fue brutal.
Igor cerró los puños. Lo entendió todo de golpe. No había escapado… se había ido para salvarlo. Lo que le hizo creer que debía amarlo con la misma intensidad con la que él la amaba a ella. Al entregarse, estaba volviendo al infierno.
—Tenemos que darnos prisa —dijo Igor con frialdad—. Tengo que rescatarla.
Pero el cuerpo de Igor dijo lo contrario. Colapsó en cuanto intentó levantarse. La herida seguía abierta. El daño era profundo.
Pasaron semanas. Igor no hablaba mucho, pero planeaba. Desde la habitación que usó como cuartel, reorganizó sus recursos. Cuando por fin pudo moverse con libertad, supieron que ya no habría marcha atrás. Iba a buscarla.
Pero Andrei, había dispuesto todo para que ni Igor ni Sasha pudieran acercarse al perímetro del burdel. Guardias reforzados, patrullas disfrazadas, calles cerradas. El mensaje era claro: que no se metieran.
Igor no obedecía mensajes.
Comenzó a mover sus propias fichas. Hombres leales, viejos aliados, miembros de la vieja guardia que despreciaban el liderazgo de Andrei por sus políticas suaves, por hacer tratos con los de afuera, por convertir la organización en algo que no reconocían. Fue así como se formó una red dentro de la Bratva misma. Intrigas, traiciones, choques armados. En cuestión de días, la ciudad estaba dividida.
Chicago ardía.
La policía no sabía cómo manejar la situación. Las calles eran zonas de guerra. Pero Igor no se detenía. Andrei intentó razonar con él reuniendose una sola vez pero fue inútil.
—No te la voy a entregar, Igor. Olvidate de ella.
—¿Estás seguro de eso? —preguntó con una sonrisa ladeada—. ¿Te gustaría que yo te quitara a tu mujer que me metiera con tus hijos?
Andrei no volvió a hablarle.
Días después, Igor tomó el control total de la zona donde estaba ubicado el burdel. Lo hizo con estrategia y sangre. Cuando por fin entró, nadie habló. Los clientes fueron despachados sin explicaciones. El ambiente era denso, tenso. Los trabajadores sabían a lo que venía.
Uno a uno, Igor apuntó y disparó a los guardias que no respondían. Un balazo en la cabeza. Sangre en las paredes. Miedo en cada rincón. Hasta que uno, temblando, cayó de rodillas.
—Ella… ella ya no está —balbuceó—. Se la llevaron hace unas horas por orden de Andrei por un incidente.
—¿Qué clase de incidente? —preguntó Igor, con la voz tan baja que dolía más que un grito.
El guardia dudó. Y eso fue su sentencia. Igor lo mató sin pensarlo.
Entonces, una de las chicas se armó de valor.
—Encontraron un bebé en su habitación —dijo, temblando—. Un recién nacido. Amara lo escondido, pero lloro… mientras estaba con un cliente. Y se la llevaron junto con él.
Un silencio helado se apoderó del lugar. Igor no se movió. Por fuera era hielo, por dentro, un volcán.
—¿Tuvo un hijo? —preguntó con voz neutra.
Otra chica habló.
—No parecía estar embarazada, pero… ¿de qué otra forma llegó con ella?
Igor apretó los dientes. Miró al último guardia de pie.
—¿Estaba embarazada? ¿El bebe es suyo?
El hombre tragó saliva. Sabía que estaba condenado.
—S-sí —mintió. No porque lo creyera, sino porque no podía admitir que la verdadera madre había sido madame Escarlata. Que tras ser abusada en grupo, la habían dejado en aislamiento. Y que fue Amara quien atendió el parto y escondió al niño.
Fue lo último que dijo. Igor le disparó sin vacilar.
—Vamos a la residencia de mi hermano —ordenó a sus hombres—. Si ese hijo de perra forzó a mi mujer a prostituirse estando embarazada… entonces yo me voy a divertir con su familia.
Cuando estaba por irse, algo llamó su atención. Uno de los cocineros, escondido tras un mueble, llevaba colgada la cadena que él le había dado a Amara. Caminó hacia él, paso a paso, con la calma que precede al terror.
—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó sin levantar la voz—. Sabías que era mío, ¿no?
El hombre asintió, aterrado.
—Amara me lo dio… lo cambió por leche para el bebé. Supongo que ella todavía no tenía suficiente.
Igor rió. No era una risa de alivio. Era una carcajada rota y oscura.
En el trayecto hasta la residencia Moretti Igor hizo un solo llamado. Uno que encendió toda la red de alianzas que había formado en semanas.
El convoy avanzó por las calles como una sombra de muerte. Al llegar a la mansión, no hubo advertencias. Las explosiones comenzaron sin piedad. Las balas rompieron los cristales antes que el silencio. Gritos, sirenas, disparos en ráfaga. El cielo se cubrió con el humo del infierno.
Los guardias cayeron uno tras otro. Algunos ni siquiera alcanzaron a levantar sus armas. Las paredes de mármol se mancharon de sangre. La fuente del jardín fue el primer lugar donde dejaron cuerpos. Sasha dirigía a los hombres desde la retaguardia mientras Igor abría camino con rabia silenciosa, imparable. Nada le importaba. Solo quería una cosa: a Amara.
Horas después, cuando el último disparo se apagó, Igor caminó por el pasillo principal con paso firme. Su traje estaba manchado de sangre. La suya, la de otros. No importaba. Habían asegurado la casa. Los sobrevivientes estaban esposados o llorando. Algunos, rogando.
Andrei estaba en el suelo, atado, con la cara partida y el orgullo hecho trizas. Su esposa y sus tres hijos —dos jovenes y un adolescente— también estaban en la sala, vigilados por los hombres de Igor.
Andrei levantó la cabeza, jadeando.
—¿Cómo demonios entraste…?
Igor se inclinó sobre él y le susurró con una sonrisa helada:
—No solo la gente que te odia me ayudó a entrar, Andrei. ¿Ves a tu esposa? Resulta que tu reina del yoga es una zorra barata. Una que se revuelca con uno de mis hombres en sus “retiros espirituales”. Fue tan fácil conseguir los accesos… tan fácil.
La mujer palideció. No dijo nada. No negó nada. No podía.
—Estás enfermo… —gruñó Andrei, furioso.
—No, Andrei. Estoy motivado —dijo Igor, enderezándose—. Y ya que tu mujer está tan dispuesta a traicionarte… será una buena adquisición para mi burdel. Es hermosa. Tiene estilo. Seguro sabrá sonreír para los clientes.
Andrei rugió de rabia, intentando levantarse. Lo detuvieron de inmediato.
—¡No te atrevas, malnacido!
—Tienes dos hijas ¿Quieres que se las lleven también? —interrumpió Igor, con la mirada clavada en él—. ¿O ya estás listo para entregarme a Amara?
Andrei tragó saliva, derrotado.
—Está… está en mi despacho —dijo al fin—. Ella y el bebe.
La sola mención del bebé encendió algo en Igor. Deseo. Impaciencia. Ansias. Lo tomó por el cuello de la camisa y lo obligó a levantarse.
—Llévame.
Subieron por las escaleras. Los cuerpos seguían esparcidos por toda la casa. El lujo no ocultaba el desastre. Igor caminó como un depredador, con Andrei tambaleando delante de él. Cuando llegaron al despacho, Igor le indicó que abriera.
La puerta se abrió.
El aire se detuvo.
El despacho estaba vacío.
Amara no estaba.
El silencio duró solo segundos. Y luego Igor ardió.
No por el engaño. No por la ausencia. Sino por la esperanza que lo había mantenido en pie. Había soñado tantas veces con ese reencuentro, con verla allí. Creerlo, desearlo, imaginarlo… para encontrarse con nada. Esa burla le partió el alma. Y cuando eso pasaba, Igor no lloraba. Mataba.
Arrastró a Andrei de nuevo por el pasillo, como si fuera un saco de carne inútil. Bajó con él hasta la sala, donde sus hijos seguían esperando. Nadie se atrevía a hablar.
Igor lo arrojó frente a sus hijos mientras Andrei sangraba por la boca. Apenas podía respirar.
Igor desenfundó el arma.
El hijo menor, de unos doce años, alcanzó a gritar un "¡Papá!" cuando la bala le atravesó la frente. Cayó sin emitir más sonido. Andrei no pudo contenerse y rompió en llanto.
—Bien —dijo Igor con la voz más fría que el acero—. Vamos de nuevo.
Se agachó frente a él, la pistola aún humeante.
—¿Dónde está mi mujer? ¿Dónde está mi hijo?