Capítulo 12 Porque decidió no abandonarlo

1267 Words
Furioso era una forma amable de describir a Adrian en aquel momento. De pie frente al ventanal de su penthouse, con las manos cerradas en puños y la mandíbula tensa, observaba sin ver. Las luces de la ciudad titilaban allá afuera, ajenas al caos que se acumulaba en su pecho. —¿Puedes repetirme cómo demonios pensaste que traerla aquí era una buena idea? —preguntó, cada palabra marcada por un control que se resquebrajaba. Jean Carlo tragó saliva, pero no dio un paso atrás. —La casa de Andrei Moretti está siendo atacada. Hay un tiroteo. Ella estaba allí. Sobrevivió de milagro. —¿Y eso justifica que la hayas traído a mi casa? —Estaba sola y con un bebé. El lugar no era seguro. Pensé que... —Pensaste —rugió Adrian, girando hacia él con la mirada encendida—. Te pedí que la investigaras, Jean Carlo. No que la envolvieras y la depositaras en mi vida como si yo fuera su salvador. Jean Carlo se mantuvo firme. Sabía que estaba cruzando una línea. —¿Quieres que la regrese? —preguntó en voz baja. Adrian no respondió de inmediato. Comenzó a caminar de un lado a otro como si no supiera qué hacer con la rabia, o consigo mismo. El aire le pesaba, le ardía en los pulmones. La idea de verla marcharse era absurda… pero no lograba entender por qué le dolía tanto. Ella no era suya. Ni su problema. Y sin embargo... No podía dejar de pensar en ella. En cómo lo descolocaba. En cómo lo tenía atado a una obsesión que no podía nombrar. No era amor. No era deseo. Era algo más primitivo. Como si Amara se hubiese metido bajo su piel desde el primer segundo, y ahora no pudiera sacarla de ahí. —No —dijo al fin, llevándose una mano al rostro—. No la regreses. Que se quede… por ahora. —¿Estás seguro? —No —admitió, casi en un susurro—. Pero no quiero verla lejos. No ahora. Jean Carlo asintió. Iba a marcharse cuando Adrian lo detuvo una vez más. —Quédate en la zona sur del penthouse. No es seguro salir. Y quiero tenerte cerca por si pasa algo más. —Entendido. Antes de irse, Jean Carlo dejó una carpeta sobre la mesa. Todo lo que había encontrado sobre Amara estaba ahí. La puerta se cerró tras él. Adrian no estuvo solo por mucho tiempo. Sintió una presencia. Giró. Y allí estaba ella. Sentada en el sofá más cercano, las piernas juntas, los dedos crispados sobre las rodillas. El rostro blanco. Los ojos cargados de algo que no sabía si era dolor, miedo o agotamiento. Probablemente, todo eso junto. —¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó, sorprendido. Amara no respondió. Solo lo miró por un momento antes de bajar la vista. Las lágrimas comenzaron a caerle sin que intentara detenerlas. —Si vas a devolverme… —susurró, abrazándose a sí misma—. Al menos… ayúdalo a él. Él la miró sin entender del todo. —¿Al bebé? Asintió. —Haz lo que quieras conmigo. Pero él… él no tiene a nadie más. Adrian se quedó quieto. La observó sin decir nada. Estaba rota. Se notaba. Y aun así seguía ahí, luchando por alguien más. Bajó la mirada hacia el bulto a su lado. Una pequeña cuna improvisada. El niño dormía envuelto. Y por alguna razón que no sabía nombrar, sintió algo que no recordaba haber sentido nunca. No era ternura. No aún. Pero sí un nudo en el estómago difícil de ignorar. —¿Si no es tuyo… por qué te importa tanto? —preguntó sin rodeos. Amara lo miró con los ojos rojos. —Porque sí es mío. Tal vez no de sangre. Pero ese bebé solo me tiene a mí. Me mira como si fuera lo único que conoce. Y lo soy. Es mío porque decidí no abandonarlo, aunque no tenga derecho a nada. Adrian no supo qué decir. Dio un paso hacia ella. —Amara —dijo con una calma que no le era natural—, ese bebé tiene menos de unas semanas. Si realmente no es tuyo... ¿por qué te aferras tanto? Ella cerró los ojos con fuerza. El nudo en su garganta cedió. —Porque no quiero que sufra —susurró, cayendo de rodillas—. Porque no merece esto. Puedes encerrarme, puedes matarme, puedes usarme si es lo que necesitas. Pero no lo lastimes. A él no. Temblaba. No se atrevía a mirarlo. Las lágrimas le corrían por las mejillas, y su voz apenas era un murmullo. Adrian se agachó frente a ella. Le tomó el brazo. No con violencia. Solo con la fuerza suficiente para que lo mirara. Y cuando sus ojos se cruzaron, algo cambió. —No soy un buen hombre —dijo con voz ronca—. Pero te juro algo, Amara. Nunca le haría daño a un bebé. Y mucho menos me aprovecharía de ti por eso. Ella se quedó quieta. Como si acabara de verlo por primera vez. Ni monstruo. Ni salvador. Solo un hombre. Uno marcado. Uno que cargaba más sombras de las que podía controlar. Y, aun así, acababa de prometerle algo que para ella lo era todo. Por eso le creyó. No intercambiaron más palabras. Adrian le indicó con un gesto que lo siguiera. Caminaron por el pasillo en silencio, hasta llegar a una habitación amplia. La luz era cálida. Los tonos sobrios. Nada recargado. Solo una cama grande, un ventanal cubierto y un sillón. Espacio suficiente para que se sintiera como algo más que una prisionera. —Pueden descansar aquí —dijo, sin mirarla—. Ya mandé traer ropa. Para los dos. Ella asintió, al borde del colapso. Se quitó los zapatos, acomodó al bebé con cuidado junto a ella, y cuando por fin se tumbó, el sueño la alcanzó de inmediato. Cayó sin resistencia, como si su cuerpo solo hubiera estado esperando ese permiso. Desde su despacho, Adrian no dejó de observar el expediente. Vendida para cubrir una deuda. Una que ni siquiera era suya. Entregada como mercancía. Marcada como algo desechable. Le ardía la sangre. Ordenó duplicar la seguridad del penthouse. Hizo traer todo lo que pudieran necesitar. No quería dejar ningún cabo suelto. No otra vez. Pasaron horas. Y entonces, el llanto del bebé. Se levantó, fue hacia la habitación. Empujó la puerta con cuidado. Y se quedó paralizado. Amara estaba sentada en la cama, con el pecho expuesto, dándole de comer al bebé. Lo sostenía con los brazos y con el alma. Susurraba algo mientras él se aferraba a ella como si reconociera ese cuerpo como hogar. Adrian no había visto nada igual. No se movió. Ella alzó la vista. —Si te incomoda… puedes esperar afuera —murmuró—. No tardará mucho. Él negó lentamente. —¿Cómo es posible? —preguntó, desconcertado—. ¿Cómo… si no es tuyo? Ella lo miró y luego al niño, con una ternura que dolía. —No lo sé. Supongo que no solo él piensa que soy su madre… Mi cuerpo también lo cree. Adrian tragó saliva. Recordó a su madre. A esa mujer que se fue sin mirar atrás. Que nunca volvió. Que ni siquiera se despidió. Y ahora tenía frente a él a alguien que lo daría todo por un niño que ni siquiera era suyo. Siguió allí. De pie. En silencio. Y lo supo con la misma certeza con la que sabía que el mundo era cruel. No pensaba dejarla ir. Jamás.
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