Capítulo 13 Una joya en medio del caos

1064 Words
Todas las noches era igual. Soñaba con él. Con tenerlo encima. Con que ambos terminaran, por fin, lo que habían dejado inconcluso en el burdel. Y cada vez que despertaba, la culpa la devoraba por dentro. Se sentía sucia, indecente… aunque, en el fondo, no le importaba. Porque Adrian era mucho más de lo que podía explicar con palabras. Habían pasado seis meses desde que llego al departamento de Adrian junto con Bruno. Y en todo ese tiempo, él la había colmado de regalos y cuidados. Se aseguró de que recibiera terapia, atención médica y todo lo necesario para que se sintiera a salvo, incluso feliz. Pero no solo pensó en ella. También se ocupó de Bruno, como si fuera su propio hijo. Mandó traerle ropa, juguetes, pañales importados y un pequeño moisés que colocó junto a la cama de Amara. Lo hizo sin preguntar, sin exigir explicaciones, como si entendiera —sin palabras— que aquel niño era parte de su mundo, y que protegerlo era otra forma de protegerla a ella. Adrian no solo era su benefactor; se había convertido en el guardián de ambos. Pero cuando Amara, movida por gratitud —o tal vez por el deseo que no lograba reprimir— intentó corresponderle de la única manera que conocía, él la rechazó. No con frialdad, sino con algo aún más desconcertante: ternura. Y fue entonces cuando comprendió que el peligro que representaba Adrian Marchand no radicaba en su poder… sino en la forma en que comenzaba a sanar lo que otros habían destruido. —¿En qué piensas? —preguntó él una noche, mientras la observaba desde el sillón, con ese tono bajo y seguro que parecía acariciar más que interrogar. Amara sonrió apenas, fingiendo serenidad. —En nada —respondió—. Solo estoy feliz de que hayas llegado a casa. Adrian asintió, aflojándose el nudo de la corbata. —Las cosas han estado complicadas en la ciudad desde hace algún tiempo —murmuró—, pero confío en que todo se calme. De cualquier forma, viajar en helicóptero hasta la oficina lo hace todo más sencillo. Ella asintió también, aunque su mente fue más lejos. ¿Y si los disturbios tenían que ver con la mafia? No sería la primera vez que las calles se teñían de sangre por disputas de poder. Igor llego a su mente como un recuerdo. Quería saber cómo estaba pero a la vez sabía que debía dejarlo ir. El estaría mucho mejor sin ella. Adrian, atento a cada cambio en su expresión, sonrió con cierta ironía. —No tienes de qué preocuparte —dijo con voz firme—. La Bratva no vendrá a molestarnos. Sus disputas internas no deben ser relevantes para nosotros. Ademas te explique mis negocios con ellos. Entonces le hizo un gesto para que se acercara. Amara obedeció sin pensarlo. Era natural hacerlo. Pero en lugar de dejarla sentarse a su lado, la tomó por la cintura y la acomodó sobre sus piernas. La sostuvo con suavidad, levantó su barbilla con dos dedos y la miró a los ojos. —Entiéndelo tengo poder suficiente—susurró—. Te protegeré. En ese instante, el suave llanto de Bruno se filtró por el monitor que reposaba sobre la mesa. Adrian sonrió, sin apartar la mirada de ella. —Y también a nuestro pequeño, desde luego. Amara intentó incorporarse para ir por el bebé, pero Adrian la contuvo con sus brazos firme sobre de ella. —No —dijo tranquilamente—. Para eso contraté a Elisa. Ella es su niñera y lo traerá en unos minutos. Lo sabes. Pero antes de que pudiera decir algo más, él se incorporó, alzándola en brazos con una facilidad que le robó el aliento. Amara se aferró instintivamente a su cuello, sin entender lo que ocurría, mientras Adrian la conducía hacia las puertas de cristal que daban al balcón principal del penthouse. Al abrirlas, el viento helado de Chicago irrumpió con fuerza, colándose entre sus cabellos y haciéndola estremecer. La vista era majestuosa: desde aquella altura se veía la ciudad extendiéndose bajo un cielo oscuro y amenazante, salpicado de luces que titilaban como si pelearan contra la noche misma. Los rascacielos parecían guardianes mudos, testigos de todo lo que allí estaba a punto de suceder. —Solo será un minuto —murmuró él, envolviéndola con su propio cuerpo para protegerla del frío. Su abrigo, abierto, la cubrió por completo mientras la sostenía contra su pecho. Amara alzó la vista, confundida, buscando respuestas en su mirada, pero lo único que encontró fue una intensidad que no lograba descifrar. Entonces, un estallido en el cielo la hizo girar. Fuegos artificiales. Primero uno, luego otro, y otro más. Destellos dorados, plateados y carmesí cruzaban el firmamento, reflejándose en los ventanales y bañando la terraza con una luz casi irreal. Su respiración se mezcló con la de él. No entendía lo que pasaba, ni por qué su corazón golpeaba tan fuerte, hasta que Adrian la dejó suavemente en el suelo y dio un paso atrás. —Amara Vanderbilt… —dijo con voz grave, profunda, casi solemne— si de verdad quieres pagarme de alguna forma… cásate conmigo. El mundo se detuvo. Amara lo observó, incrédula, mientras él se arrodillaba ante ella y sacaba de su bolsillo un estuche n***o de terciopelo. Dentro, un anillo brilló bajo el resplandor de los fuegos artificiales: una joya imposible, resplandeciente, como si concentrara en su interior toda la luz del cielo. Ella se cubrió los labios con una mano. No podía hablar. No podía siquiera pensar. La emoción y el desconcierto se entrelazaban en su pecho de una manera que dolía y, al mismo tiempo, la hacía temblar. Desde el interior, Elisa los observaba con Bruno en brazos, mientras el resto del personal se acercaba discretamente a las ventanas para contemplar el espectáculo. La escena era tan perfecta, tan improbable, que parecía salida de un sueño: una declaración de amor del hombre más poderoso del país, en medio del caos y la guerra que asolaban la ciudad. Y entonces, cuando el último estallido iluminó el cielo nocturno, las luces formaron palabras doradas que resplandecieron sobre los edificios: “Cásate conmigo.” El reflejo de esas letras brillo en los ojos de Amara, que seguía allí, muda, incapaz de distinguir si lo que vivía era realidad o un sueño demasiado hermoso para serlo.
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