Capítulo 14 Sombras que no se redimen

1357 Words
El rechazo no era algo a lo que Adrian estuviera acostumbrado. A lo largo de su vida, había aprendido a conseguir todo lo que deseaba: con dinero, con poder o con la voluntad inquebrantable que lo había convertido en un hombre temido. Pero Amara no era una de sus conquistas. Y por eso, cuando ella lo rechazó, el golpe fue mucho más profundo. No hería su orgullo, sino algo que no sabía que existía dentro de él. Algo que dolía en lugares que no tenían nombre. No gritó. No rompió nada. Solo se quedó en silencio, con la calma exacta de quien está a segundos de quebrarse. Grayson lo observaba desde el otro lado del escritorio. Había pasado suficiente tiempo a su lado como para reconocer ese tipo de silencio: el que precedía a una tormenta. Se mantenía quieto, con la espalda recta, el vaso de whisky entre las manos y la mirada fija en Adrian. —Vuelve a contarme exactamente lo que te dijo —pidió al fin, sin levantar la voz. Adrian no respondió de inmediato. Giró lentamente la copa entre los dedos, observando cómo el ámbar se reflejaba en la luz tenue de la oficina. Un reflejo perfecto, tan engañoso como la paz que intentaba proyectar. —Dijo que no podía casarse conmigo —murmuró al fin, sin apartar la vista del vaso—. Que su pasado la perseguiría siempre… y que lo que fue no desaparecerá solo porque yo quiera borrarlo. Grayson asintió despacio. No había sorpresa en su expresión, solo la resignación de quien ya conocía la respuesta antes de hablar. —Y tiene razón —dijo con calma, como si pronunciara un hecho inevitable. Adrian levantó la mirada. La intensidad en sus ojos era suficiente para hacer temblar a cualquiera, pero Grayson se mantuvo firme, como siempre. —¿Vas a justificarla ahora? —preguntó con esa voz grave que contenía más furia que ruido. Grayson dejó la copa sobre la mesa. —No. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Voy a decirte la verdad. Sabes que somos amigos. No, sabes que somos más que eso. Somos hermanos. Y precisamente por eso tengo que decírtelo, aunque no quieras escucharlo: lo que hiciste fue una pésima idea. —¿Qué demonios hice mal? —replicó Adrian, con una chispa peligrosa en la voz. Grayson lo sostuvo con la mirada, sin retroceder ni un milímetro. —Intentar casarte con ella —respondió, sin adornos—. Querer salvarla de un pasado que no necesita redención, sino respeto. No puedes borrar lo que vivió solo porque te duele imaginarlo. El silencio cayó entre ellos como una losa. Adrian dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco y respiró hondo, intentando no romper algo… o a alguien. La tensión en su mandíbula era visible. —No la estoy tratando como una víctima —dijo finalmente, en voz baja—. Solo quiero que deje de cargar con una culpa que no le pertenece. Grayson suspiró, negando lentamente con la cabeza. —Y ese es precisamente el problema, hermano. No puedes luchar contra los fantasmas de otra persona. Algunos solo se irán cuando ella decida enfrentarlos… y otros simplemente se quedarán con ella. Sus palabras resonaron en la habitación, golpeando más fuerte que cualquier reproche. Adrian no respondió. Lo miró fijamente, con esa mezcla de desafío y rabia contenida que lo había llevado a construir imperios… y a destruirlos con la misma facilidad. Grayson bajó el tono, como si temiera que incluso las paredes escucharan. —Hay algo más que debes saber. Adrian alzó una ceja. —¿Qué cosa? —El nuevo jefe de la Bratva la está buscando —dijo despacio, probando cada palabra—. Personalmente. Dice que ella es su mujer. El silencio se volvió espeso. Por un momento, Adrian no supo si había escuchado bien. El aire se sintió más denso, cargado de algo que no era miedo, sino una furia contenida, pura y helada. —¿Quién te dijo eso? —preguntó finalmente, con una calma tan peligrosa que hizo que Grayson apartara la mirada solo por un segundo. —No importa quién —respondió—. Lo que importa es que es real. Está moviendo contactos en Chicago. Dicen que no descansará hasta encontrarla. Supiste lo que le hizo a Andrei y su familia. Lo hizo por ella. Adrian apoyó los codos en la mesa, entrelazó los dedos y se quedó mirando a la nada. Por primera vez en mucho tiempo, no supo qué responder. El silencio se alargó entre ambos, cargado de pensamientos no dichos. Era una tregua tensa, el tipo de pausa que se siente antes de un desastre. Grayson lo conocía demasiado bien. Sabía que en esa quietud se gestaban las peores decisiones. Adrian alzó la mirada lentamente, y su voz sonó distinta: más baja, más oscura. —Entonces tendré que casarme con ella antes de que la encuentre. Grayson se enderezó de golpe. —¿Estás escuchándote? Eso sería una locura. Adrian sonrió, una sonrisa sin humor. —Lo que sería una locura es dejar que la reclame. —No puedes salvarla, Adrian. —Grayson lo observó con una mezcla de rabia y compasión—. No puedes luchar contra el mundo solo porque no soportas verla sufrir. —No estoy luchando contra el mundo —replicó con frialdad—. Solo contra quien crea que puede tocar lo que es mío y ella es mía. Grayson cerró los ojos unos segundos, como si buscara paciencia. —Amara no es tuya, él bebe que esta junto con ella no es tuyo y si sigues viéndola como algo que debes proteger, vas a terminar destruyéndola. Adrian se puso de pie. El movimiento fue lento, medido, pero cargado de autoridad. Caminó hasta la ventana que daba a la ciudad, las luces reflejándose en el cristal como brasas. —Chicago respira bajo mis pies —dijo en voz baja—. Cada negocio, cada calle, cada trato pasa por mis manos. Si ese ruso se atreve a poner un pie aquí, lo haré desaparecer antes de que pronuncie su nombre aun y que sea el nuevo jefe de la Bratva no deja de estar por debajo de mí. Grayson lo miró de espaldas, y por un momento no vio al amigo que conocía, sino al hombre que el mundo temía. El CEO. El depredador. El que no perdonaba errores ni emociones. —Y aun así, con todo tu poder —dijo con un hilo de voz—, no puedes controlarla a ella. Si ya te dijo que no se casara contigo, ¿qué planeas hacer? Adrian no respondió. La lluvia empezaba a golpear los ventanales, amortiguando el peso del silencio. Cuando finalmente habló, su tono había perdido toda emoción. —No necesito controlarla. Solo necesito mantenerla viva y a mi lado. Grayson se levantó también. —¿A costa de qué, Adrian? Las calles son un caos y sabes que ella es la razón. Adrian giró lentamente, con esa calma helada que lo volvía impredecible. —A costa de lo que sea. Hubo un largo momento en que ninguno habló. La lluvia seguía cayendo, marcando un ritmo lento, casi hipnótico. Grayson sabía que cualquier palabra de más sería inútil. Adrian ya había tomado una decisión. Y cuando Adrian Marchand decidía algo, no había poder en la tierra que lo detuviera. —Entonces que Dios los ayude a los dos —dijo Grayson finalmente, recogiendo su abrigo del respaldo de la silla—. Porque tú no sabes amar sin destruir. Adrian no se movió. Solo escuchó la puerta cerrarse tras él y se quedó allí, frente al ventanal, con el reflejo de su propio rostro devolviéndole una mirada que no reconocía. Amara. El nombre flotó en su mente como una plegaria. No podía perderla. Si aquel ruso la encontraba, la reclamarían como propiedad, como un cuerpo que alguna vez le perteneció. Y él no lo permitiría. Apretó los puños y dejó que el pensamiento se clavara en su mente como una orden irrevocable: Se casaría con ella.
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