El despacho del padre de Adrian olía a poder y desconfianza.
Las cortinas cerradas filtraban apenas la luz de la mañana, y el aire parecía tan pesado que cada palabra debía abrirse paso a golpes. Elisa permanecía de pie, las manos entrelazadas frente a sí, con el corazón latiendo demasiado rápido para el silencio que la envolvía.
Aquel hombre que le aterraba y al que su familia le debía una fuerte suma de dinero estaba sentado tras su escritorio, con la mirada gris, impasible, se alzó apenas cuando ella entró.
—Espero que tengas buenas noticias —dijo sin rodeos—. Aunque por tu expresión… no parece que las tenga.
Elisa tragó saliva. —Confirmé lo que me pidió, señor. Pero no es lo que esperaba oír.
Él alzó una ceja, apoyando el bastón de madera oscura contra el escritorio. —Adelante.
—No fue Amara quien sedujo a su hijo —empezó Elisa, manteniendo la voz baja pero firme—. Es él quien se ha… encaprichado con ella y con el bebe.
El padre de Adrian soltó una breve carcajada sin humor. —¿Mi hijo? ¿Adrian? —repitió el nombre como si fuera una blasfemia—. Ese muchacho no se “encapricha”. Él compra, usa, y desecha. Siempre lo ha hecho solo que esta vez esa víbora supo aprovecharse.
Elisa respiró hondo, evitando apartar la vista. —Lo entiendo, señor. Pero le aseguro que no es así. Lo vi con mis propios ojos. La forma en que la mira, cómo habla del bebe, cómo reacciona cuando alguien siquiera pronuncia el nombre de ella. No es manipulación. Es… algo más.
El padre de Adrian se reclinó en su silla, entrecerrando los ojos. —Las mujeres como ella siempre saben cómo actuar. No necesito que me cuentes una fábula romántica. Fue entregada a la bratva para saldar las deudas de su padre. ¡No es más que una prostituta, por Dios! —Su voz resonó en las paredes de madera, como un golpe seco—. ¿Crees que alguien con ese pasado podría hechizar a Adrian?
Elisa dudó un instante, pero luego se obligó a continuar. —Pensé lo mismo al principio. Pero incluso después de la propuesta del matrimonio, la escuché rechazarlo. Claramente. Dijo que su pasado sería siempre un obstáculo, que no podía aceptar ser su esposa sabiendo de dónde venía.
Hubo un silencio abrupto.
El bastón del padre de Adrian dejó de golpear el suelo. Su mirada se endureció, como si Elisa acabara de insultarlo directamente.
—¿Estás segura de lo que dices? —preguntó despacio, con un tono gélido.
—Completamente, señor. Estaba en el pasillo cuando se encendieron los fuegos artificiales. La ciudad entera lo vio. Y ella… lo rechazó en privado antes de que el espectáculo terminara.
Los ojos del padre de Adrian se desviaron hacia la ventana, aunque no había nada que ver detrás de las cortinas. Su mandíbula se tensó.
—Entonces mi hijo se ha convertido en un idiota sentimental —murmuró más para sí que para ella—. Dispuesto a quemar nuestro apellido por una mujer que ni siquiera lo quiere.
— Su hijo es muy listo posiblemente lo supere en algunos meses. — Elisa permaneció en silencio después de aquel comentario, aquello había sido un error.
Aquel hombre tenía en sus manos a su familia y no podía fallar.
Él se levantó despacio, acercándose al mueble bar donde reposaban las botellas de cristal. Sirvió un trago, sin mirarla.
—No entiendes, señorita Wells —dijo al fin, con voz grave y un dejo de cansancio en la mirada—. Si la Bratva llega a enterarse de que esa mujer está con Adrian, no se quedarán de brazos cruzados. Su nuevo jefe ha proclamado públicamente que la está buscando… que ella y el bebé le pertenecen. Igor Sokolov no tolerará esa afrenta. La forma en que eliminó a su propio hermano —el legítimo heredero— y se adueñó del poder fue monstruosa. Desde entonces, las calles no han vuelto a ser seguras. Ni siquiera para los de nuestra clase.
—Lo sé, señor. Pero creí importante que supiera que es su hijo y no ella quien insiste en continuar esa relación.
El padre de Adrian bebió un sorbo y la observó por encima del borde del vaso.
—¿Y qué sugieres que haga?
Elisa titubeó, luego respondió con la serenidad que no sentía.
—Nada, señor. Solo… necesito saber hasta dónde debo llegar. Usted me pidió que provocara la ruptura entre ellos, pero si ella no es quien lo manipula, sino que intenta alejarse, quizá baste con dejar que su hijo vea lo que no quiere aceptar.
Un destello de interés cruzó el rostro del padre de Adrian.
—¿Y crees que podrías lograr eso? Que él se dé cuenta.
—Si. —Elisa lo miró con determinación, decidida a separar a Adrian y Amara para cubrir con eso la deuda que su familia tenía—. Pero necesito saber si debo seguir adelante o si prefiere intervenir usted.
El hombre dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—No. Él jamás me escucharía. No después de lo que descubrió que su madre nos abandonó por mis aventuras.
Elisa bajó la vista, sabiendo que había tocado un límite invisible.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Finalmente, él se acercó, apoyando ambas manos sobre el escritorio.
—Hazlo, Elisa. Pero sin escándalos. Sin rastros. Si logras que Adrian crea que fue decisión de ella… tendrás mi gratitud y la deuda que tiene tu familia conmigo estará saldada.
Elisa asintió despacio, ocultando el temblor de sus manos.
—Entendido, señor.
—Y una cosa más —añadió él, mirándola con una frialdad que helaba—. Si fallas… la próxima vez que subas a este despacho no será para darme un informe. Será para explicarle a tu padre por será enviado a la cárcel. ¿Entiendes?
Elisa inclinó la cabeza en señal de respeto, conteniendo el miedo que le subía por el pecho.
Cuando salió, el sonido del bastón volvió a llenar el aire. No eran pasos: era una sentencia que ya pesaba sobre todos ellos.
Fuera del despacho, Elisa se detuvo unos segundos, intentando recuperar el aliento. Por primera vez desde que aceptó ese trabajo, comprendió que lo que estaba a punto de hacer no solo podría destruir a Adrian y a Amara… sino también a ella misma.
Ajustó su abrigo, respiró hondo y salió del edificio Marchand con la intención de desaparecer entre la multitud que llenaba la avenida. Pero no alcanzó a dar más de diez pasos. Un vehículo n***o se detuvo junto a la acera y, antes de que pudiera reaccionar, un hombre con traje oscuros la sujetaron por los brazos.
—¿Qué…? ¡Suéltenme! —intentó gritar, pero una tela áspera cubrió su boca antes de que su voz pudiera romper el ruido del tráfico.
Todo ocurrió en segundos. El golpe seco de la puerta cerrándose, el rugido del motor alejándose y el vértigo del miedo ascendiendo por su garganta. Trató de luchar, pero un olor químico le nubló los sentidos, hundiéndola en una oscuridad espesa.
Cuando despertó, el aire era húmedo y pesado. La cabeza le zumbaba, y un sabor metálico le raspaba la lengua. Intentó moverse, pero las muñecas estaban atadas a los brazos de una silla de metal. Una cuerda áspera le apretaba los tobillos, y la mordaza seguía impidiéndole hablar.
El lugar olía a humedad y óxido. Un foco colgante brillaba sobre su cabeza, lanzando sombras que se movían como fantasmas por las paredes de concreto.
Escuchó pasos.
Una puerta chirrió, y la luz exterior se filtró apenas por el marco.
Una voz masculina, ronca y satisfecha, habló desde la oscuridad:
—Aquí está, Igor. Tal como lo pediste.
El silencio que siguió fue peor que cualquier amenaza.
Luego, una segunda voz, más fría y calculada, respondió:
—Gracias, Sasha. Como siempre… puedo confiar en ti.