13- Ella es mía

1266 Words
Capítulo 13 Ella es mía Flashback... (Hace una hora.) Iván cerró la puerta de su despacho con un golpe seco. El sonido resonó en la estancia vacía, pero no fue suficiente para descargar la furia que le quemaba el pecho. Caminó unos pasos sin rumbo, con la mandíbula apretada, las manos temblándole apenas. Entonces perdió el control. Tomó lo primero que encontró y lo arrojó contra la pared. Luego otro objeto. Y otro más. El ruido de cristal rompiéndose, de madera golpeando el suelo, llenó el espacio como una explosión contenida durante demasiado tiempo. Su respiración era irregular, violenta, como si el aire se negara a entrarle en los pulmones. —¡¿Quién demonios se cree ese maldito de Dante?! —rugió, pasando una mano por su cabello—. ¿Piensa que esto es divertido? El nombre de Sofía apareció en su mente como una herida abierta. Ahora todos la habían visto. Ahora todos sabían. —¿Te das cuenta? —añadió, hablando con nadie y con todos—. La expuso. La mostró como si fuera… como si no valiera nada. Abel permanecía de pie cerca de la puerta. No se había movido desde que Iván entró. Observaba en silencio, con el rostro tenso, consciente de que cualquier palabra podía ser una chispa más. —Iván… —intentó decir—. Tranquilízate. Esto no se arregla así. Iván ni siquiera lo miró. —¡Cállate! —espetó—. No entiendes nada. Se acercó a la mesa, tomó una botella de whisky y la destapó con un movimiento brusco. Bebió directo del pico, sin pausa, sin respirar entre un trago y otro. El alcohol se derramó por la comisura de sus labios, empapándole la camisa. No le importó. No sentía el ardor, ni el sabor. Solo necesitaba algo que lo mantuviera en pie. —Ahora qué demonios… —murmuró, con la voz cargada de rabia—. Ahora tengo que ir a buscarlo. Abel dio un paso al frente. —Escúchame —dijo, intentando mantener la calma—. Si haces algo ahora, todo va a empeorar. Dante quiere eso. Quiere verte perder el control. Iván soltó una risa corta, amarga. —Ya lo perdí —respondió—. En el momento en que la puso ahí, bajo esas luces. Apretó la botella con fuerza. —No voy a dejar que la toque —dijo con voz baja, peligrosa—. No voy a permitirlo. —Iván, piensa —insistió Abel—. No es solo Dante. Hay demasiados ojos encima ahora. Iván se giró de golpe, clavándole la mirada. —Por eso mismo —respondió—. Porque ahora todos creen que pueden mirarla. Creen que pueden imaginarla. Creen que tienen derecho. Se llevó la botella a los labios una vez más, vaciándola casi por completo. El líquido cayó por su camisa, pero siguió bebiendo hasta que no quedó nada. —Ella es la única —dijo, con la voz más grave, más rota—. La única que me ha visto sin máscaras. Y él lo sabía. Abel bajó la mirada, entendiendo por fin la magnitud de lo que ardía en Iván. —Esto no es solo orgullo —dijo en voz baja. Iván cerró los ojos un segundo. —No —admitió—. Es guerra. Dejó caer la botella vacía al suelo, donde rodó hasta detenerse contra la pared. —Y Dante acaba de cometer el peor error de su vida. Cuando abrió los ojos de nuevo, ya no quedaba rastro del descontrol. Solo una decisión fría, definitiva. No iba a permitir que nadie la tocara. Ni siquiera a costa de todo lo demás. Abel rompió el silencio con cautela, como si cada palabra pudiera detonar algo que apenas había logrado contener. —Señor… —empezó, y luego corrigió—. Iván. Dante me dijo lo que iba a hacer. Iván no reaccionó de inmediato. Seguía de pie junto a la mesa, con la camisa manchada de whisky y la mirada fija en un punto inexistente. El pulso aún le latía con fuerza en las sienes. —¿Qué cosa? —preguntó, sin girarse. Abel respiró hondo. —Me dijo que pensaba llevar el asunto demasiado lejos. Que quería exponerla. Yo… hablé con ese hombre —añadió—. El mayor. Le pedí que ofreciera ese dinero. Iván se quedó inmóvil. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Lentamente, se giró hacia Abel, con una expresión ilegible. —¿Lo sabías? —preguntó—. ¿Y no me dijiste nada? Abel sostuvo su mirada sin bajar la cabeza. —Sabía cómo podía desarrollarse —respondió—. Y también sabía que, si interveníamos antes, Dante cambiaría las reglas. Tenía que dejar que todo siguiera su curso. Iván lo observó con detenimiento. Confiaba en Abel. Siempre lo había hecho. No era un hombre impulsivo ni ambicioso. Si había tomado esa decisión, era porque creía que era la mejor opción. —Jugaste con fuego —dijo Iván, con voz baja. —Lo sé —admitió Abel—. Pero era la única forma de sacarla de allí sin que Dante reclamara nada más… al menos por ahora. Iván volvió a quedarse en silencio. Caminó hasta la ventana y observó la ciudad durante unos segundos. Cuando habló de nuevo, su tono era más frío, más controlado. —Hiciste bien en una cosa —dijo—. No permitiste que se la llevaran. Abel asintió, aliviado. —Sabía que no lo tolerarías. Iván apretó la mandíbula. —Nadie toca lo que es mío. La frase salió sin que él mismo la midiera del todo. Abel frunció apenas el ceño, pero no lo contradijo. Conocía a Iván desde hacía demasiado tiempo como para ignorar lo que se escondía detrás de esas palabras. —Entonces… —dijo con cuidado—. ¿Qué hacemos ahora? Iván se giró hacia él con una calma inquietante. —Muy bien —respondió—. Entonces sigue tu juego. Abel parpadeó, sorprendido. —¿Mi juego? —Sí —confirmó Iván—. Llévala a ese hotel. Abel abrió la boca de inmediato. —¿Quieres que yo la lleve? La pregunta salió atropellada, casi nerviosa. Iván lo miró con atención, notando algo que hasta entonces no había querido ver del todo. —¿No era ese tu plan? —preguntó. Abel dudó. —Bueno… eso… —vaciló—. No pensé que llegaría tan lejos. Iván alzó una ceja. —¿Qué parte no calculaste? Abel bajó la voz. —Tus intenciones. Eso fue suficiente. Iván no respondió enseguida. Comprendía demasiado bien lo que Abel intentaba decir. Él había querido proteger a Sofía. Sacarla del centro del conflicto. Mantenerla a salvo sin comprender del todo la oscuridad que despertaba en él. —No la lastimaré —dijo Iván finalmente—. No de la forma que temes. Abel lo observó con una mezcla de alivio y desconfianza. —Solo quiero que esté a salvo —dijo—. Nada más. Iván se acercó hasta quedar frente a él. —Lo estará —respondió—. Pero a mi manera. Abel asintió despacio. —Entonces… ¿la llevo? Iván sostuvo su mirada durante unos segundos más, evaluándolo, reafirmando la confianza que siempre había tenido en él. —Sí —dijo al fin—. Llévala. Abel respiró hondo. —Estaré cerca —aseguró—. Por si me necesitas. Iván volvió la vista hacia la ventana. —Siempre te necesito —respondió—. Solo que no siempre lo digo, hiciste bien... Fin del flashback
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