Capítulo 12
No soy tu salvador
Sofía permanecía de pie en medio de la habitación, con la espalda rígida y las manos entrelazadas frente a ella. Sentía el pulso acelerado, tan fuerte que le retumbaba en los oídos. El aire parecía más denso, como si cada respiración le costara un poco más que la anterior.
No soy capaz, pensó.
La idea de que aquel hombre se acercara, de que la tocara, le revolvía el estómago. Nunca había estado en una situación así. Nunca había permitido que nadie cruzara esa frontera. Su cuerpo lo sabía, y reaccionaba antes incluso de que ella pudiera ordenar sus pensamientos.
Mi corazón late con fuerza… ¿pero qué puedo hacer?
Dio un paso inseguro y luego otro, hasta quedar de espaldas a la habitación, mirando hacia la pared oscura. Prefería no ver. Prefería no anticipar nada con la mirada. Pensó que, tal vez, si no miraba, todo sería más llevadero.
Entonces escuchó pasos.
Lentos. Seguros.
Cada uno de ellos marcaba la distancia que se acortaba entre ambos.
Sofía contuvo la respiración.
Sintió una mano apoyarse sobre su hombro.
El contacto fue suficiente para que un escalofrío le recorriera la espalda entera. No fue brusco, pero sí firme, demasiado consciente de su presencia. Su piel reaccionó de inmediato, como si todo su cuerpo se pusiera en alerta.
—Señor… —dijo, con la voz temblorosa—. Disculpe, pero yo… yo no sé si pueda…
No terminó la frase.
De pronto, sintió cómo ambas manos se deslizaban desde sus hombros hasta su cuello, rodeándolo con una presión clara, controlada. No era un estrangulamiento, pero tampoco una caricia. Era una advertencia. El miedo le subió de golpe al pecho, afilado, inesperado.
Sofía se tensó por completo.
El pánico la atravesó.
Cerró los ojos con fuerza, como si ese gesto pudiera protegerla de lo que estaba ocurriendo. Su respiración se volvió irregular, corta, desordenada. Por un segundo pensó que iba a perder el control.
Entonces lo sintió.
Una respiración lenta, profunda, muy cerca de su nuca.
Demasiado conocida.
—¿Tienes miedo, Sofía? —susurró una voz grave, baja, peligrosamente cercana.
Ella abrió los ojos de inmediato.
El mundo pareció detenerse.
Esa voz…
La conocía.
Su cuerpo lo supo antes que su mente.
—¿Iván…? —pronunció, casi sin aire.
Las manos no se apartaron de su cuello, pero la presión cambió apenas, lo suficiente para que ella entendiera algo que la descolocó aún más que el miedo.
No era un desconocido.
Sofía se giró de inmediato, casi con brusquedad. El movimiento fue impulsivo, nacido más de la necesidad que del coraje. Cuando quedó frente a él, lo primero que la envolvió no fue su rostro, sino el aroma. Ese perfume amaderado, profundo, inconfundible. Nunca lo había dicho en voz alta, jamás se lo habría confesado a nadie, pero ese olor siempre le había provocado una calma extraña, una sensación de hogar torcida que no sabía explicar. Era caro, francés, demasiado elegante para el mundo áspero en el que Iván se movía, y aun así le pertenecía por completo.
Lo reconoció entonces con una claridad que le apretó el pecho.
—Fuiste tú… —dijo, con la voz cargada de emoción—. ¿Tú pagaste? ¿Me salvaste?
Por un instante, creyó ver algo parecido a la sorpresa cruzar el rostro de Iván. Pero duró poco. Demasiado poco. Él soltó una carcajada seca, profunda, que resonó en la habitación y la dejó descolocada.
Esa risa no tenía nada de alivio.
Nada de ternura.
—¿Salvarte? —repitió, negando despacio—. No.
La palabra cayó pesada entre ellos.
Sofía sintió cómo la confusión le ganaba terreno.
—Entonces… —susurró— ¿qué hiciste?
Iván la observó con detenimiento, como si midiera cada una de sus reacciones. Había algo oscuro en su mirada, algo que ella había visto antes, en otros momentos, cuando creía que nadie lo observaba.
—No me gusta perder —respondió—. Y mucho menos frente a mi hermano.
El nombre de Dante flotó en el aire como una amenaza latente.
—Esto no se trató de ti —continuó—. Se trató de él.
Sofía dio un pequeño paso atrás, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
—Pero… —intentó decir—. Yo pensé que…
—Pensaste que era un gesto noble —la interrumpió—. Que alguien había decidido rescatarte del abismo.
Su tono no era cruel, pero sí brutalmente honesto.
—Iván…
—Escúchame —pidió, acercándose un poco más—. Dante convirtió tu vida en un mensaje. En un desafío público. Y yo no permito que me desafíen.
Ella lo miró en silencio, intentando ordenar lo que sentía. El miedo seguía allí, agazapado, pero había algo más, algo que le dolía reconocer: decepción. No por él, sino por la ilusión que había construido en segundos.
—Entonces no te importó lo que yo sentí —dijo con suavidad—. Solo fue un juego entre ustedes.
Iván frunció apenas el ceño.
—Eso es lo que quieres creer —respondió—. Porque es más fácil.
Sofía sostuvo su mirada, desafiándolo por primera vez.
—¿Y no lo es?
Él tardó unos segundos en contestar. Se llevó una mano al cuello, como si el aire se le hubiera vuelto más denso.
—Dante pensó que podía usar lo que te rodea —dijo—. Lo que eres. Pensó que podía exhibirte sin consecuencias.
—Y tú decidiste demostrarle lo contrario —concluyó ella.
—Decidí recordarle que hay cosas que no se tocan —corrigió Iván.
Sofía sintió un estremecimiento.
—¿Cosas… o personas?
Iván no respondió de inmediato. La miró como si esa pregunta hubiera atravesado una barrera que llevaba años intacta.
—Eres la única que se atreve a preguntarme eso —admitió—. La única que me mira sin esperar que sea mejor de lo que soy.
El silencio volvió a envolverlos.
—No soy una posesión —dijo Sofía, con firmeza creciente—. No soy un trofeo para tus guerras.
Iván se acercó hasta quedar a poca distancia. No la tocó, pero su presencia era abrumadora.
—Nunca lo fuiste —dijo—. Pero tampoco eres ajena a este mundo. Creciste viéndolo desde adentro. Lo entiendes mejor que nadie.
—Eso no significa que lo acepte.
—Lo sé —respondió—. Y aun así estás aquí.
Sofía bajó la mirada un segundo, consciente de la verdad en esas palabras.
—No me salvaste —repitió, más para sí misma que para él.
Iván inclinó un poco la cabeza.
—No —confirmó—. Pero tampoco iba a dejar que te arrebataran como si no importaras.
Ella levantó la vista, con el corazón latiendo desordenado....
¿Le importo? ---pensó.