4- Tentador

1128 Words
Capítulo 4 Tentador Antes de entrar a la casa, se detuvo junto a una de las amas de llaves, la misma mujer que horas antes había sacado a Sofía del cobertizo. —¿Ya comió? —preguntó, directo. La mujer bajó la voz de inmediato. —No, señor —respondió—. La joven Charlotte dio la orden de que no probara bocado. Dijo que, si lo hacía… la castigarían.. Iván no mostró reacción. Solo asintió. —Gracias. Entró a la casa, pero no fue directo a la cocina. Se quedó en un punto desde donde podía verla sin ser visto. Sofía acomodaba platos en una de las mesas largas, concentrada, meticulosa, como si cada movimiento fuera una forma de mantenerse en pie. El vestido claro caía holgado sobre su cuerpo delgado, marcando apenas una figura contenida, digna. Caminaba despacio, sin llamar la atención, sin mirar la comida que pasaba frente a ella. Iván se quedó allí. No fueron minutos. Fue casi una hora. La fiesta avanzó sin él. Durante ese tiempo, Iván no apartó la mirada. Observó cada gesto, cada pausa, cada bandeja que Sofía entregaba sin probar nada. Pasó pan caliente. Pasó carne. Pasaron copas llenas. Ella no tocó nada. Ni una miga. Ni siquiera cuando creyó que nadie la miraba. Bebió agua. Solo agua. Y siguió trabajando, cuando decidió moverse, lo hizo sin ruido. —Sofía. Su voz fue baja, firme. Ella se sobresaltó apenas. Lo justo. Se giró y, al verlo, bajó la mirada de inmediato. No por miedo consciente, sino por costumbre. —Sí, señor —respondió. —Ven conmigo. No fue un pedido. No fue brusco. Fue una orden dicha con la naturalidad de quien está acostumbrado a ser obedecido. Sofía dejó lo que tenía en las manos y lo siguió. Entraron a la cocina principal. Iván cerró la puerta detrás de ellos y caminó hasta una de las mesas vacías. Se sentó con calma, apoyando los antebrazos sobre la madera. —Siéntate —ordenó. Sofía se quedó de pie. —Todavía tengo trabajo que hacer —murmuró. Iván levantó la vista. —Siéntate. Ella obedeció despacio. Se sentó en el borde de la silla, rígida, con las manos juntas sobre el regazo y la mirada fija en el suelo. Iván señaló la mesa, donde aún quedaban platos servidos que no habían sido llevados a la fiesta. —Come. Sofía alzó los ojos, sorprendida. —No puedo, señor. —Sí puedes. —No tengo permiso —dijo en voz muy baja. Iván apretó la mandíbula. —¿Quién te dijo eso? Ella dudó un segundo. —La señorita Charlotte. El silencio se tensó. —Aquí no estás con Charlotte —dijo Iván—. Estás conmigo. Sofía negó apenas con la cabeza. —No es necesario —respondió—. Puedo seguir trabajando. Iván se inclinó un poco hacia adelante. —No te estoy preguntando si es necesario. Ella tragó saliva. El miedo era visible en la forma en que evitaba mirar la comida, como si tocarla pudiera traer consecuencias inmediatas. —Come lo que quieras —continuó Iván—. Pan, carne. Lo que quieras. —Yo… —Sofía apretó los dedos—. Si después me castigan… —No va a pasar —la interrumpió él. Ella levantó la vista, insegura. —Usted no puede garantizar eso. Iván sostuvo su mirada. —Sí puedo. Sofía dudó. No estiró la mano. No tocó nada. Iván dejó salir el aire despacio. —Sofía —dijo, con voz baja—. No es una sugerencia. Ella bajó la mirada otra vez. —No quiero problemas. Iván se incorporó apenas en la silla, lo suficiente para que ella sintiera el peso de su presencia. —Es una orden. El silencio fue absoluto. Sofía respiró hondo. Sus dedos temblaron cuando al fin tomó un trozo de pan. Lo sostuvo unos segundos, como si esperara que alguien irrumpiera en cualquier momento. Luego lo llevó a la boca. Masticó despacio. Con cuidado. Con miedo. Iván no apartó la mirada. Observó cómo tragaba, cómo su cuerpo parecía relajarse apenas, cuando Sofía tomó un segundo bocado, Iván supo que ya no se trataba solo de corregir una injusticia. Darle permiso había sido fácil. Hacerla obedecer, en cambio, despertaba algo distinto y tentador. Ella tomó otro bocado, luego otro más. El hambre, que había permanecido contenida durante horas, comenzó a imponerse. Sin darse cuenta, cortó una porción más grande. Luego otra. Cuando levantó la vista, el plato estaba casi vacío. Se detuvo de golpe. La vergüenza la alcanzó tarde. Iván la estaba observando con detenimiento, con una atención silenciosa que la hizo sentirse expuesta de una forma distinta. Sofía sintió el calor subirle al rostro. Se sonrojó. Bajó la mirada de inmediato, como si la comida pudiera delatarla. —Perdón —murmuró—. No me di cuenta, estoy comiendo demasiado, es que está delicioso. Iván no respondió enseguida. Su mirada recorrió el plato vacío, luego volvió a ella. Sofía apretó los labios, consciente de algo que nunca antes había sentido: no culpa por comer, sino pudor por haber sido vista haciéndolo. —Está bien —dijo él al fin. Dos palabras. Secas. Suficientes. Sofía asintió, aún con las mejillas calientes. Se limpió los labios con cuidado y retiró las manos del plato, como si tocarlo un segundo más fuera un exceso. —Gracias —dijo en voz baja. Iván la observó sin reaccionar. Su rostro permaneció impasible, serio, vio la forma en que Sofía se limpiaba los dedos con cuidado, como si temiera ensuciar algo que no le pertenecía. Y esa sonrisa… esa expresión graciosa, casi inocente, no encajaba con la imagen que él se había construido de ella. Eso le molestó. Porque no era la sonrisa de alguien calculador. No era la sonrisa de una ladrona. Era la sonrisa de alguien que había pasado hambre. Sofía, consciente de que él seguía mirándola, dejó que la sonrisa se apagara lentamente. El rubor volvió a sus mejillas. Bajó la mirada otra vez, más por pudor que por obediencia. Iván no dijo nada. Se limitó a incorporarse despacio de la silla. Su presencia volvió a imponer silencio. —Cuando termines —dijo, con voz neutra—, regresa a lo que estabas haciendo, y no andes por ahí escuchando lo que no debes. Asintió una sola vez. Sofía respondió con otro gesto breve de cabeza, aún con el eco de esa sonrisa latiéndole en los labios. Cuando se levantó, lo hizo con más firmeza que antes. Pasó junto a él sin mirarlo directamente, pero con la certeza de que había sido vista. Iván se quedó solo en la cocina unos segundos más, inexpresivo, frío, preguntándose por qué esa sonrisa, tan simple, había logrado desordenarle algo que llevaba años manteniendo bajo control.
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