5-El último piso

1111 Words
Capítulo 5 El último piso Nunca debí subir hasta allí. Eso lo sabía Sofía incluso antes de cerrar la puerta detrás de ella. El último piso de la mansión no era un lugar prohibido por reglas escritas, sino por algo peor: por costumbre. Nadie subía sin motivo. Nadie preguntaba qué había. Nadie quería llamar la atención de Dante. Pero esa noche no pudo evitarlo. Había terminado sus tareas antes de lo habitual y el silencio le pesaba más que el cansancio. Subió las escaleras con cuidado, como siempre, hasta llegar a una puerta que casi nunca estaba cerrada. La empujó y entró. El lugar era amplio, frío, lleno de estanterías antiguas. Libros. Decenas de ellos. Algunos en idiomas que no dominaba del todo, otros subrayados, gastados, usados. Ese piso no estaba abandonado. Solo estaba olvidado. Se sentó junto a una mesa, encendió la computadora portátil que escondía allí desde hacía meses y soltó el aire despacio. Dante nunca le permitió tener un móvil. Nunca explicó por qué. Solo dijo que no lo necesitaba, que no tenía a quién llamar, que no debía acostumbrarse a cosas que no le pertenecían. Así que Sofía aprendió a usar lo que encontraba. A leer. A buscar. A entender el mundo desde una pantalla ajena, en horarios robados. Estaba absorta cuando lo sintió. No el sonido. No los pasos. La presencia. —¿Siempre te escondes aquí arriba? La voz de Iván la atravesó como una descarga. Se giró de golpe, cerrando la computadora de inmediato. Él estaba apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos, observándola con esa expresión que nunca revelaba nada. —No sabía que alguien subía —dijo ella, poniéndose de pie. —Nadie lo hace —respondió él—. Por eso me llamó la atención. La miró sin disimulo. Ya no era la adolescente flaca que caminaba con la cabeza baja, sino una mujer. Delgada, sí, pero con un cuerpo promedio muy bien distribuido debajo de su ropa vieja. —¿Qué haces aquí? —preguntó el joven. Sofía dudó un segundo. Mentir siempre había sido más seguro. —Limpio —dijo—. A veces. Iván alzó una ceja. —No mientas. Caminó hacia ella despacio. Cada paso acortaba la distancia y tensaba el aire. Sofía sintió el impulso de retroceder, pero no lo hizo. Se mantuvo firme, aunque el corazón le golpeaba fuerte. —Estabas usando una computadora —dijo él—. No sabía que sabías hacerlo. —Aprendí —respondió—. No es algo prohibido. —Una de las amas de llaves le había enseñado a leer, y recibió una educación básica hasta la preparatoria, la familia De Luca cuidaba de la privacidad de su hogar a toda costa. Iván sonrió apenas. No fue una sonrisa amable. —Para ti, todo está prohibido aunque no lo digan. Se detuvo a un metro de ella. Demasiado cerca. Sofía pudo sentir su perfume, su calor, la forma en que la observaba como si estuviera evaluando algo más que su respuesta. —Dante sabe que subes aquí —preguntó Iván. —No —dijo ella— Iván inclinó un poco la cabeza. —¿Desde cuándo decides algo como esto? La pregunta no fue burlona. Fue peligrosa. —Desde que entendí que nadie iba a hacerlo por mí —respondió Sofía, sin bajar la mirada. Algo cambió en la expresión de Iván, un interés que no quiso reconocer. —Lees aquí arriba—dijo, señalando los libros—. Usas una computadora. Iván dio un paso más. Sofía no retrocedió, aunque el cuerpo le pidió hacerlo. Estaban demasiado cerca ahora. Podía sentir la tensión, esa que no tenía nombre pero quemaba igual. —Dante no te deja tener un móvil —dijo él—. ¿Sabes por qué? Ella negó con la cabeza. —Porque no quiere que hables con nadie —continuó Iván—. Porque no quiere que tengas contacto con nada que no controle. Porque le gusta que dependas solo de él, eso es algo que detesto. Sofía tragó saliva. —No es algo nuevo. —Para mí sí —dijo él— Eso dolió más de lo que esperaba. —No deberías estar aquí —dijo en voz baja. Iván la observó en silencio. Luego extendió la mano y apoyó los dedos en la mesa, a su lado. No la tocó. No hizo falta. La cercanía era suficiente. —Entonces vete —respondió Sofía. La tensión se volvió insoportable. —¿Eso quieres? —preguntó él—. ¿Que me vaya? y además me tuteas. Ella sostuvo su mirada, recordó que en una ocasión, muchos años atrás, él le había dicho que podía tutearlo. —Quiero que me dejes terminar de leer. Iván soltó una risa breve. —Sigues provocandome sin darte cuenta. —O tú sigues viendo cosas que no existen, solo quiero leer. Se miraron en silencio. Demasiado tiempo. Demasiado cerca, Iván fue el primero en moverse, pero no para irse. Alargó la mano y tomó uno de los libros. —Historia —leyó—. No encaja contigo. —No sabes nada de mí —dijo Sofía. Iván cerró el libro con lentitud. —Eso creía. Dejó el libro en su lugar y se apartó apenas, lo suficiente para que ella pudiera respirar, a unos escasos centímetros de distancia, con sus rostros muy próximos. —Ya lo sé —respondió— Ella lo miró una última vez antes de darse la vuelta. Se giró y se encontró con Iván demasiado cerca. El sobresalto la hizo retroceder hasta chocar con la pared entre dos estanterías; los libros vibraron levemente. Iván bloqueó la salida, entonces alzó la mano y le tomó el mentón, presionándolo con fuerza suficiente para obligarla a levantar el rostro. No fue un gesto brusco, pero sí firme. Dominante. Inapelable. —Mírame cuando te hablo —ordenó. Sofía contuvo la respiración. Sus ojos negros se encontraron con los de él. Sintió la presión en la mandíbula, el pulso acelerado, la pared fría a su espalda. —Te ves inocente —continuó Iván—. Callada. Correcta. —Apretó un poco más—. Pero no me engañas. Nadie sobrevive aquí sin aprender trucos. —No tengo trucos —dijo ella, con la voz tensa—. Solo hago lo que me dicen. Iván la observó unos segundos interminables. Luego soltó su mentón de golpe. Sofía inhaló con fuerza. —Eso ya lo veremos —murmuró. Se apartó sin mirar atrás, dejándola apoyada contra la pared, con el corazón desbocado y la certeza de que Iván ya no solo la vigilaba… la estaba desafiando.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD