Capítulo 6
Miradas de un De Luca
Sofía
No puedo creerlo. Solo falta que Iván empiece a tratarme como lo hace su hermano y todo terminará de romperse. Me niego a pensar que él sea igual. No quiero creerlo. Sí, tiene ese aire duro, frío, como alguien acostumbrado a mandar y a no recibir respuestas, pero conmigo… conmigo ha sido distinto. No amable en el sentido cálido de la palabra, pero diferente. Controlado. Como si midiera cada gesto, cada palabra, como si algo lo contuviera.
Si tuviera que describirlo, diría que Iván es peligroso incluso cuando guarda silencio. No grita. No humilla abiertamente. No necesita hacerlo. Su presencia basta. Y aun así, cuando me mira, no siento el mismo desprecio que con Dante. Siento algo peor: atención.
Eso me asusta.
Sacudo la cabeza para apartar esos pensamientos. No quiero analizarlo. Pensar demasiado en Iván solo me trae problemas. Bajo las escaleras con rapidez y entro a mi habitación. Me quito el vestido, me tumbo en la cama sin siquiera apagar la luz y el cansancio me vence de inmediato. No recuerdo haber cerrado los ojos, solo el alivio momentáneo de dejar de pensar.
Al día siguiente despierto temprano, antes de que la casa cobre vida. Hoy es uno de mis días favoritos. Dos veces por semana acompaño a Abel a hacer las compras. Es mi única salida real. El único momento en el que puedo caminar sin sentir paredes invisibles cerrándose a mi alrededor. Los mercados, las tiendas, el ruido de la gente… todo eso me hace sentir normal, aunque sea por unas horas.
Me cambio rápido y bajo a la cocina.
—Ven aquí, Sofía —me llama Abel desde la puerta—. Ya se nos hace tarde, y Dante me encargó que no demoráramos.
—Ya voy —respondo, apurando el paso—. Sabes que me encanta salir de esta casa.
Abel sonríe. Siempre lo hace. Tiene un semblante tranquilo, confiable. Además de chofer, es guardaespaldas y nunca va desarmado, pero conmigo baja la guardia. Me trata como a una hermana menor. A diferencia de mí, Abel tiene una familia fuera de la mansión De Luca. Una vida real.
Subimos al auto y, mientras avanzamos por el camino, apoyo la frente contra la ventana. El paisaje cambia poco a poco y con él mi respiración. Me relajo.
—Abel… —digo de pronto, sin mirarlo—. A veces pienso en cómo habría sido mi vida si todo hubiera sido distinto.
Él no responde de inmediato. Me deja hablar.
—Me habría gustado estudiar como cualquier persona —continúo—. Tener un título, trabajar en algo que me guste. He estudiado a escondidas, tú lo sabes… pero no puedo retirar mi certificado. No puedo existir fuera de aquí.
Abel aprieta un poco el volante.
—Lo sé, Sofía —dice al fin—. Y créeme, lo hiciste muy bien. Nadie conoce ese secreto tuyo. Ni Dante. Ni Iván.
Asiento. Él me ayudó a conseguir mis certificados de estudios. Él fue quien, con contactos y cuidado, logró que pudiera inscribirme en una carrera de diseño de interiores. Siempre fui buena dibujando, pintando, imaginando espacios distintos. Lugares que no se parecieran a esta casa.
—A veces pienso que fue una tontería —murmuro—. ¿De qué sirve estudiar si no puedo salir?
—No fue una tontería —responde con firmeza—. Fue valiente. Y te prometo que algún día te servirá.
—Eso espero —susurro—. Solo que no entiendo por qué soy la única a la que tienen así. No tengo familia, no tengo a nadie que venga a reclamarme. Nunca hice nada malo.
Abel suspira.
—No siempre se trata de culpa, Sofía —dice—. A veces se trata de control.
Llegamos al mercado y bajo del auto con una sonrisa involuntaria. El olor a frutas, a pan recién hecho, a carne fresca me envuelve. Caminamos entre puestos, revisamos listas, hablamos poco, pero lo suficiente para que el mundo se sienta menos pesado. Nadie me observa aquí como si fuera propiedad de alguien. Nadie me recuerda quién soy.
Durante un instante, casi me siento libre.
De regreso a la mansión, la realidad vuelve a imponerse. La casa De Luca aparece imponente, silenciosa, como si nunca hubiera permitido una salida real. Ayudo a descargar las bolsas y me dispongo a volver a mis tareas habituales cuando siento una mirada fija sobre mí.
Iván está al final del pasillo.
No dice nada. No se mueve. Solo observa.
Siento el impulso de bajar la mirada, pero me detengo. Recuerdo sus palabras. Cuando yo te llame, no bajes la mirada. Así que sostengo sus ojos solo un segundo, lo suficiente para demostrar que lo intenté.
Iván asiente apenas y se da la vuelta.
No sé por qué ese gesto mínimo me acelera el corazón.
Subo las escaleras con las bolsas más livianas y me repito, como un mantra, que no debo confiarme. Que nada ha cambiado. Que sigo siendo la misma chica entregada como pago de una deuda.
Y aun así, mientras ordeno las compras y recuerdo el mercado, la conversación con Abel, los planos que dibujo a escondidas por las noches, algo dentro de mí se resiste a apagarse.
Quizá no soy libre.
Pero todavía sueño con serlo.
Y eso, en esta casa, ya es peligroso.